FMI: el plan A

Se atribuye al ex primer ministro británico Winston Churchill (entre las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo anterior) opiniones contrarias al desarrollo como potencia regional de la República Argentina. En un discurso pronunciado en la Cámara de los Lores (diputados) en 1955, tras el golpe de Estado que derrocó a Perón expuso: “Es la mejor reparación al orgullo del imperio y tiene para mí tanta importancia como la victoria de la II Guerra Mundial”.

El retorno anunciado de nuestro país al FMI por cierto tiene vinculación con aquella pretensión de repetir en la historia, antes por medios militares (los viejos golpes de Estado) y ahora políticos (mediante representantes internos que apliquen políticas con el mismo resultado) nuestro destino no industrial, de meros exportadores de materias primas, fuga de divisas y endeudamiento externo.

Aludimos a ello desde estas páginas incluso antes de las elecciones cuando advertíamos la pretensión de los candidatos opositores de volver al endeudamiento en dólares (“El bocado argentino: endeudar al país”, 22/10/15) o del riesgo que significaba el retorno del FMI para nuestro desarrollo nacional (“Ahí vienen los dólares”, 17/11/15) , y por cierto inmediatamente asumidas las nuevas autoridades (“La vuelta al fondo en 60 días”, 26/1/2016).

No había en aquellos comentarios pretensión alguna de ejercer el oficio de adivino, sino una conclusión lógica en tanto los antecedentes políticos e ideológicos de quienes pretendían asumir la primera magistratura. Confieso que me sorprendió la velocidad de ingreso y caída “al Primer Mundo” retornado, pero también advertir que en realidad la gran farsa fue una secuencia construida en dos etapas. La primera, un endeudamiento externo en dólares con altas tasas de interés. Esto generó una adición de deuda que se retroalimentaba rápidamente porque esos dólares salían del país mediante fuga de capitales o remisión de ganancias y no se reponían, necesidad a la que se arribó mediante la eliminación de la obligación de liquidar exportaciones (no ingresar los dólares de las exportaciones) desfinanciando de divisas al país. Asimismo la eliminación de retenciones a las exportaciones y el mayor endeudamiento en dólares (y por cierto en pesos) profundizaba el círculo vicioso de mayor necesidad de endeudamiento.

El aumento de la inflación promovida por las fuertes devaluaciones del peso y la falta de controles sobre los mercados monopólicos y oligopólicos sobre los que se construye la matriz económica de la Argentina fue licuando los gastos del Estado pero “los tambores mediáticos” nos decían que eran los salarios, jubilaciones o planes sociales (advierto sí que se requieren revisar ciertas jubilaciones y regímenes impositivos de privilegio).

Este proceso no estuvo ajeno a importantes negocios derivados de la colocación de deuda (fue llamativa la maniobra de grandes bancos internacionales e inversores que vendieron Lebac y compraron dólares a $ 20,5 para luego de la devaluación venderlos a $ 25,5 y comprar nuevamente Lebac con tasas de interés aumentadas al 40% anual) a través de entidades financieras del exterior donde trabajaron varios integrantes del equipo económico. Se calcula que esos movimientos costaron al país $ 40.000 millones. Tal vez un día –con suerte– algún programa de la tele con alta audiencia tratará el tema o un juez federal investigará sobre el otorgamiento de información privilegiada respecto las medidas financieras adoptadas en esos momentos.

La segunda y actual etapa irrumpe por efecto inmediato de la suspensión de crédito externo por los inversores de Wall Street y la aparición –varios meses atrás había abierto oficinas en Buenos Aires– del FMI aplicando políticas públicas que aseguren el repago de la deuda que se tomó en tan solo... ¡28 meses! Esta etapa evidencia un proceso en marcha de desindustrialización y caída del nivel de ingresos de una parte sustancial de la población, incluidos vastos sectores de las clases medias. Aquello ingresos perdidos no eran prestados ni mentirosos, sino que tomaron otro camino: se fueron a cubrir el déficit público por el pago de intereses de deuda o aumentar los ingresos de los sectores económicos más poderosos del país.

Esto es justamente la redistribución de la renta nacional. El monto acordado de u$s 50.000 coloca a la Argentina como principal deudor mundial del FMI y fue otorgado con participación no sólo del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, sino también del Departamento de Estado. Ello, dada la importancia geopolítica para los Estados Unidos de que el gobierno argentino sea mantenido, frente al riesgo del retorno de una administración “populista” (referido a los gobiernos irresponsables que distribuyen dinero a los sectores de menores ingresos para favorecer el consumo, los servicios básicos y la distribución del ingreso sosteniendo la convivencia social). En realidad, nunca hubo un plan económico distinto al actual porque, como vimos, el destino estaba marcado, como los nuevos billetes sin la imagen de los próceres que construyeron la nación.

En esto estamos hoy, como cuando Churchill arengaba sobre la evitabilidad del desarrollo argentino, soberano e independiente.

*Abogado y docente de grado y posgrado de la Facultad de Economía de la UNC

La gran farsa fue una secuencia en dos etapas. La primera, un endeudamiento externo en dólares con altas tasas. La segunda, la suspensión de crédito externo de Wall Street y la aparición del FMI.

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