Frente a un nuevo ataque del fundamentalismo islámico
Mirando al sur
El asesinato de 49 personas perpetrado el pasado domingo 13 de junio por un joven fundamentalista islámico, Omar Siddique Mateen, adherente a Estado Islámico, en una discoteca gay de Orlando, EE. UU., se suma a las tantas masacres llevadas a cabo por los Estados y organizaciones que participan de este mismo movimiento, como la República Islámica de Irán, cuyo anterior primer mandatario, Mahmoud Ahmadinejad, declaró en el 2007, en la Universidad de Columbia, que en ese país no existen los homosexuales. Las repetidas decapitaciones, incineraciones y lanzamiento de personas vivas desde terrazas a la muerte por parte de EI, los secuestros seriales de Boko Haram, la adscripción a Al Qaeda de los ejecutores de la masacre de París, Estado Islámico en Irak y Siria, Hezbollah en Líbano, Hamas en Gaza e Irán en el Golfo Pérsico representan, con sus disensiones violentas o teóricas, un movimiento transversal con un común odio contra el Occidente democrático.
No se trata de una rivalidad o un equilibrio de poderes, como se pudo haber derivado del Tratado de Westfalia en el 1600 o durante la Guerra Fría entre los soviéticos y las democracias liberales; es una guerra a muerte que estas organizaciones y Estados fundamentalistas le han declarado al modo de vida democrático. Dentro de su población, imponen una interpretación facciosa de la sharia –la ley islámica– que incluye en todos los casos el asesinato de los homosexuales, la represión y asesinato de mujeres, la prohibición de la libertad de expresión y la injerencia del Estado hasta en las más mínimas costumbres.
Ya sería suficientemente malo si no atravesaran sus propias fronteras, pero es un movimiento totalitario que no concibe la posibilidad de permitir formas de vida radicalmente distintas en el mismo planeta. En eso se parecen mucho más al nazismo que al stalinismo que, incluso en su barbarie, al menos era capaz de resignarse a una esfera de influencia.
Según narra Bernard Lewis, reconocido como uno de los máximos eruditos occidentales en la asignatura mundo islámico, en su libro “La crisis del islam”, Sayyid Qutb, un egipcio nacido en 1916, destacado militante de la Hermandad Musulmana (el más renombrado y articulado de los grupos fundamentalistas) y en sí mismo un ideólogo rector del movimiento, vivió en Estados Unidos entre 1948 y 1950; al regresar a Egipto y escribir sobre su experiencia, advirtió escandalizado acerca de los principales peligros que entrañaba Norteamérica para el mundo: la libertad sexual, la libertad de pensamiento, la libertad en las costumbres. Lo alarmaron en especial la vestimenta de las mujeres y el comportamiento de ambos sexos en los salones de baile. No era el colonialismo, ni la posibilidad de una invasión militar su principal preocupación, sino el contagio de las costumbres liberales.
¿De qué modo podría Occidente negociar con estos enemigos autodeclarados sino fuera a través de renunciar a su propia idea de libertad?
A menudo los intelectuales y políticos occidentales actúan bajo la influencia de una suerte de síndrome de Estocolmo: ¿qué habré hecho yo para merecer esto? Frente al salvajismo de EI en Irak y Siria, se preguntan cuál de las políticas de Occidente en la región originó semejante aquelarre. O cuál de las medidas de la Unión Europea invitó a perpetrar la masacre de Charlie Hebdo.
Hay en estas autoflagelaciones occidentales una suerte de paternalismo racista: las declaraciones de los propios ejecutores de las masacres son desestimadas como si fueran incapaces de expresarse. EI, Al Qaeda, Hezbollah, Hamas, la República Islámica de Irán, siguiendo los mismos lineamientos de Qutb en 1950, reiteran que la sola existencia de las democracias occidentales es ofensiva.
Según las acusaciones de la Justicia argentina, el país ha sido golpeado en dos ocasiones por el largo brazo de esta confluencia terrorista: en 1992, por Hezbollah, con el atentado contra la Embajada de Israel; y en 1994 en el atentado contra la AMIA, por el cual son acusados ocho altos funcionarios iraníes. Las sombras que envuelven la muerte del fiscal Alberto Nisman con un tiro en la sien resaltan la capacidad hegemónica de este movimiento fundamentalista para alterar el funcionamiento de las democracias en cualquier parte del mundo. No necesariamente el resultado de esta provocación terrorista debería acabar en un Armagedon militar.
Si las democracias occidentales abandonan su sentimiento de culpa y destacan como valioso el sistema plural y la diversidad, en oposición al totalitarismo fundamentalista; si mantienen la resiliencia y la seguridad en su sistema de vida con que supieron enfrentar al nazismo, es muy probable que esta nueva amenaza sea mucho menos poderosa y más fácil de mitigar de lo que fue la avanzada hitleriana en la primera mitad del siglo pasado.
Ya sería malo si no atravesaran sus fronteras, pero es un movimiento totalitario que no concibe la posibilidad de permitir formas de vida distintas en el mismo planeta.
A menudo los intelectuales y políticos occidentales actúan bajo la influencia de una suerte de síndrome de Estocolmo: ¿qué habré hecho yo para merecer esto?
Datos
- Ya sería malo si no atravesaran sus fronteras, pero es un movimiento totalitario que no concibe la posibilidad de permitir formas de vida distintas en el mismo planeta.
- A menudo los intelectuales y políticos occidentales actúan bajo la influencia de una suerte de síndrome de Estocolmo: ¿qué habré hecho yo para merecer esto?
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