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Los Cuppari, de Aluminé: el secreto familiar para hacer el mejor pan en esta región de Neuquén

La familia Cuppari, de larga tradición panificadora en su Roca natal, lleva casi dos décadas instalada en Aluminé. Allí combinan recetas con firma propia e innovación. Cómo es sostener un negocio así y cómo se fusionan la panadería clásica con la moderna.

“La conclusión es que no hay receta. No hay una única forma de hacer algo. Cada uno llegará a su propia manera. La que más le guste. La que más lo convenza. La que más lo identifique. Las combinaciones de ingredientes y harinas que más prefiera, en las cantidades que quiera. No hay discusión ni mejor argumento. Hay miles de manera de hacer lomismo, miles de caminos para llegar a un mismo lugar”.


Con esta poesía escribe Germán Torres su camino entre la harina, los fermentos y el fuego en su último libro, “Pan de campo” (editorial Planeta). La idea es hacer y repetir, repetir y repetir hasta encontrar la mejor expresión de algo.

“Te puede gustar o no. Hay búsquedas, muy variadas. Personales y de tendencia. Para muchos puede funcionar buscar que todos los panes les salgan iguales, Y eso en sí es un logro enorme. A mí me gusta que salgan todos distintos. Bien, pero distintos. Así que busco eso, poniendo primero el sabor: el alma de un pan. (…) Que cada uno haga lo que le haga feliz y haga feliz a los que lo rodean. Este es el camino a un mejor pan”, escribió este talento de la panificación argentina.

Y es en este punto, que tenemos acá nomás, en la región, a uno de los hombres que más sabe de cómo generar un pan con alma. Es de Roca y vive desde hace 17 años en Aluminé, donde ejerce este noble oficio junto a su familia y asegura, desde esos días, mucha felicidad por estos lares neuquinos. Hablamos de Raúl Cuppari.

El último fin de semana largo, él y su familia se deslomaron una vez más en su panadería “El Tano” para ofrecer un producto fresco y de buena calidad, tanto para Aluminé como también para vender en Pehuenia. Junto a sus empleados Raúl hornea todas las noches y su mujer Adriana Monti trabaja en el mostrador. Pablo, su hijo, también es decisivo en este emprendimiento con su trabajo diario. En un descanso tuvo la generosidad de compartir con RÍO NEGRO este momento de su vida y oficio.

P – En qué año llegaron a Aluminé y por qué motivos.
R –
Llegamos a Aluminé por tandas. El 15 de diciembre de 2005 llegué y comencé a trabajar en la panadería, con la intención de emprender un nuevo negocio y mejorar nuestra situación. Con Adriana, mi esposa, siempre quisimos venirnos a vivir a la cordillera; eventualmente se nos presentó esta oportunidad. Al año siguiente ella consiguió unas horas en la escuela secundaria así que empezó a trabajar un poco en Aluminé, otro poco en Roca de forma simultánea; fue un año de muchos viajes. Y en 2007 llegaron los hijos: Pablo con 14 años; Lourdes 13 y Rosario 8. A partir de entonces nos instalamos y manejamos el negocio familiar, en el cual participamos todos hasta el día de hoy.


P – La familia Cuppari viene de una larga tradición en la panificación en Roca.
R –
Cuando mi papá Aurelio y sus dos hermanos llegaron de Italia se asentaron en Roca y emprendieron tres negocios: una carnicería, un bar y una panadería. Todos mis hermanos y yo trabajabamos ahí; era el negocio que nos sostenía. Hoy en día solo dos de nosotros continuamos con el oficio: mi hermano Jose, que sigue trabajando la panadería familiar en Stefenelli y yo acá en Aluminé. De todas formas, independientemente de sus respectivas profesiones, mis otros hermanos entienden el negocio y de alguna forma es algo que nos sigue uniendo.

P – Ahora bien, esa cultura de la panificación vivida y heredada de la familia en Roca, ¿cómo fue continuada en Aluminé?
R –
Mi viejo nos enseñó a trabajar y un compromiso con el oficio que uno disfruta. Así que eso hicimos cuando llegamos a Aluminé. En la panadería ya trabajaban muchos de los chicos que, al día de hoy, siguen siendo empleados así que lo primero que hicimos fue enseñar nuevas recetas y métodos de preparación de los productos. Transmitir y enseñar las reglas del oficio tal como nosotros las aprendimos. Con el tiempo pudimos comprar algunas máquinas nuevas y mejorar las instalaciones; nos hicimos de una clientela fija, pequeños negocios que nos compran productos para revender en el barrio. Es una forma de llegar a todos los rincones del pueblo. También nos animamos a probar cosas nuevas.

En este punto de la conversación interviene Lourdes, su hija.

– Lourdes: También nos animamos a probar cosas nuevas. A mamá le gusta la repostería y siempre trata de innovar; desde los inicios insistió en buscar recetas novedosas para ofrecerle a la gente algo diferente. Y es un entusiasmo que compartimos en casa. En nuestra familia siempre se cocinó; tanto las mujeres como los hombres. Nos gusta cocinar, pero más nos gusta comer. No le tenemos miedo a la cocina. Así que creo que toda esta intención de trabajar, probar recetas nuevas y ofrecer productos ricos y de calidad tiene un poco que ver con eso, con una especie de cosa de familia, con un gusto construido en el hogar. Y trabajando con materia prima de primera calidad y en condiciones óptimas, se cumple cualquier fantasía culinaria; éxito asegurado.

P – ¿Cómo fueron todos estos años desde el oficio y lo económico ya instalados y asentados en Aluminé?
R (Raúl) –
Como todo emprendimiento familiar, tiene sus altos y bajos; igual desde el primer momento confiamos muchísimo en la comunidad que nos recibió. Siempre rescaté que, a pesar de no tener estudios secundarios completos, pude desarrollar una profesión y perfeccionar un modo de hacer las cosas dentro del rubro; pude crecer. También aprendí a compartir lo que sé; siempre conté con la buena onda de Adriana, su apoyo incondicional y su visión para el negocio; de la familia en general, porque los hijos también siempre estuvieron ahí ayudando con lo que podían. Pablo aprendió a manejar la masa y a elaborar; Rosario aprendió repostería con Adriana. Por supuesto vinimos a Aluminé con la esperanza de crecer y acomodarnos económicamente, pero los resultados no llegan de inmediato. Se requiere persistencia y trabajo. También buscábamos una vida más tranquila, sin las inseguridades de la ciudad. A los chicos les costó un poco adaptarse, pero con la escuela socializaron rápido.

El local está muy bien puesto y recibe varias visitas diarias.


P – ¿También cubren con sus productos Pehuenia y Moquehue?
R –
Sí, más que nada durante la temporada turística de verano. Tuvimos un local de venta durante un tiempo en Pehuenia pero las circunstancias nos obligaron a cerrarlo. De todas formas, parte de nuestra rutina laboral veraniega es viajar dos o tres veces por semana a la villa y Moquehue a dejar pan y otras cosas.

P – ¿En qué momento está el comercio desde la oferta y la competencia?
R –
Tenemos la suerte de contar con una clientela grande de pequeños y medianos negocios e instituciones públicas y, sobre todo, con el apoyo de los vecinos del pueblo que nos eligen día a día. Es la clave de nuestro éxito creo y siempre estamos muy muy agradecidos con todos ellos. Podemos decir que, después de 15 años, más o menos, estamos bastante asentados y eso nos da tranquilidad. Yo diría que, más que una amenaza, la competencia siempre fue para nosotros un estímulo, algo que nos obliga a pensar diferente y a innovar de alguna forma. A cambiar. También el pueblo creció muchísimo desde que llegamos. Es bueno saber que la gente lo elige para vivir y trabajar, que ve el potencial que nosotros vimos en su momento. Eso también nos afecta. Se ha instalado mucha gente de distintas ciudades que quizás están acostumbrados a comer ciertos productos, o a comprar de determinada manera, así que hemos intentado adaptarnos a esas exigencias también.

P – ¿Sienten que aún les quedan más sueños?
R –
Aluminé nos ha permitido crecer y desarrollarnos. No solo en lo económico sino que también acá pudimos sentirnos más tranquilos y relacionarnos de otra forma con la comunidad. La vida es tranquila, sencilla dentro de todo, nos rodea la naturaleza. Eso te predispone diferente ante muchas cosas.

Ahora tenemos ganas de empezar a disfrutar un poco de los resultados de tantos años de esfuerzo. Viajar un poco, poder conocer otros lugares del país. Creo que es algo que nos merecemos. También esperamos desconectarnos de a poquito del caos que es manejar un negocio. Poder tomarnos vacaciones, bajar un cambio, descansar más. Hacernos un tiempo para dedicarnos a otras cosas, porque la panadería a veces puede ser muy absorbente y uno necesita algo que lo distraiga.


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