Graciela, la última clienta antes del horror

Días antes, dice, había notado una enorme grieta en la columna central del local.



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“La primera vez que volví al supermercado, se cayó un cajón y salté como si fuera una bomba”, relata Graciela, lesionada en la vista.

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“Me di vuelta y no había puertas ni ventanas y mi changuito estaba en la calle”, contó.

Yamil Regules

Laura Frank

“Cuando todo terminó de caer no había gritos y hubo un silencio como si estuviéramos en el desierto”, relató la mujer que reclama responsabilidad a la cooperativa.

Yamil Regules

NEUQUÉN (AN).- El 25 de octubre a las 19:44 la sucursal 84 de la Cooperativa Obrera atendió a su última clienta. La mujer, Graciela, sobrevivió. Y se llevó consigo el último ticket emitido tan sólo unos segundo antes de que la tragedia se desatara.

“Río Negro” habló con Graciela, quien pidió que su apellido no se publique, aunque dio su consentimiento a las fotografías.

Ella es uno de los testigos clave en la investigación. Una semana antes, Graciela vio la grieta que atravesaba la columna central del supermercado y junto con su pareja se lo habían hecho saber a un empleado. Además, la trágica tarde del derrumbe fue ella quien mejor vio todo, dado que estaba parada de frente hacia el sector que colapsó.

“Yo vi las rajaduras unos diez días antes. Habíamos ido con mi pareja a comprar pan y cuando saco el pan del canasto, él ve que está un empleado poniendo un blister, de esos de cartón que uno despega el producto, y lo estaba poniendo en la rajadura”, contó.

“La grieta venía de arriba, donde tenía como tres centímetros de ancho, y había llegado como al metro y medio del piso y estaban aprovechándola para poner el blister”, dijo. “Mi pareja le dijo al empleado qué hacía y le señala la grieta. Y entonces le dice bien fuerte, ‘acá no tenés que venir más porque esto en cualquier momento se cae’”.

El 25 de octubre Graciela fue dos veces al supermercado. Primero a la mañana y luego a la tarde. Volvió a llamarle la atención la misma columna, ubicada entre las góndolas, las heladeras y la carnicería. Esta vez fue porque a su alrededor había una pila de latas de duraznos.

Graciela relata con total claridad que ese día había unas 35 personas haciendo compras, “muchas, para lo normal” y explica que “había una oferta buenísima en la carnicería, con los cortes a unos veinte pesos”.

“Yo fui a la caja del oeste, porque sólo estaban abiertas ésa y la de la otra punta”. Allí la tragedia la encontró justo cuando estaba recibiendo el cambio.

“La explosión fue terrible, como una bomba. Pensé que era un atentado. La cajera me agarra del brazo y quedo ahí trabada con ella y viene la onda expansiva. Veía las cosas que volaban y era una nube marrón grisácea que venía como un tornado, venía todo pulverizado. Quedé de costado tirada y por eso las esquirlas me dieron en el costado de la cara, algo me golpeó en la sien, en la espalda, en el ojo y en el oído”, cuenta.

Casi como si lo estuviera reviviendo asegura: “Pensé que era un tornado. Sentía que de atrás se desprendían cosas y eran las ventanas y las puertas que volaron para la calle”.

En ese momento Graciela y la cajera se quisieron parar, pero entonces explica que “veo frente a mí que se empieza a abrir el techo y veo el cielo. Porque no cayó de golpe, se fue abriendo lentamente frente a nosotras. Se veía el cielo celeste y ahí me hizo el click, de que había visto la columna rajada, de que mi marido me había dicho que iba a suceder”.

Unos segundos después vio que “el techo se fue bajando derecho pero había mamposterías como de paredes que estaban como apoyadas y que se iban cayendo hacia el centro desde los costados, eran pedazos de paredes inmensas que caían y yo no podía hacer nada”.

“Cuando terminó de caer se hizo una oscuridad tremenda y un silencio como si estuviéramos en el desierto. No había gritos”, dice estremecida.

Graciela asegura que miraba a su alrededor buscando a la gente que había visto segundos antes. “Era como que estábamos solas, no estaba el resto de la gente que estaba en la cola tampoco”, explica y agrega que “cuando me doy vuelta veo que no había más vidrieras, ni ventanas. No había nada. Y mi changuito, que estaba al lado mío, estaba en el medio de la calle”.

Recién entonces Graciela salió. “Pasó otra cajera a los gritos diciendo que sabía que esto iba a pasar, que les dijo que esto iba a pasar. Y entonces yo me sentí terriblemente mal porque yo también había visto esa rajadura”.

vICTORIA tERZAGHI

victoriat@rionegro.com.ar

Tragedia en el supermercado


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