Grandes robos, promesas y esperanzas

Jorge Gadano jagadano@yahoo.com.ar

El jefe de la Policía neuquina, Juan Carlos Lepén, entrevistado por este diario, dijo que la tasa de disminución del delito en el último año, de tan pequeña, fue imperceptible. Pero no tanto como para que una fina observación haya podido percibir que la actividad de los antisociales bajó un 1,65% en toda la provincia. En su mensaje a la Legislatura del 2003, el gobernador Jorge Sobisch habló de su “enorme satisfacción” por los resultados de su política en materia de seguridad, la que –dijo– ha servido “como ejemplo de transformación en distintos foros nacionales e internacionales”. El asesinato del maestro Carlos Fuentealba, posterior a ese mensaje, hace suponer que la ejemplaridad irradiada por la Policía neuquina ha cesado. La efectividad policial en el esclarecimiento de robos y hurtos fue nula tratándose de lo que el jefe llamó “grandes robos”. No hacía falta que lo dijera porque lo sabemos, señor, lo sabemos –algo hemos publicado al respecto– como sabemos también que no es la Policía la principal responsable de que estos delitos “grandes” no se esclarezcan sino la Justicia, en primer lugar. En segundo, el poder político, que con algunos intervalos lúcidos se ha ocupado de que, si no en toda la pirámide al menos en la cúpula, la magistratura esté atenta a los deseos del que manda y los satisfaga. Aclaro: no estamos hablando de los mismos delitos, porque Lepén se refirió a los robos del artículo 164 del Código Penal, que sumaron unos dos millones de pesos en el 2010, mientras que esta columna abordó una multitud de veces otro tipo de robos, no los de ese artículo, que son los llamados “de guante blanco”. La posibilidad de que se haya cometido algún delito de gran tamaño y sin fuerza en las cosas o violencia en las personas es lo que está investigando sin apuro la fiscal Sandra Ruixo, que quiere saber si en los contratos del Plan Integral de Seguridad puesto en marcha en el 2004 se pagaron “sobreprecios” (coimas, en lenguaje popular). Hay motivos para sospechar que eso sucedió. El diputado provincial Ariel Kogan denunció que ese plan sirvió de sólida y generosa plataforma para el lavado de dinero y no es descartable que el presidente del Tribunal Superior de Justicia, Guillermo Labate, quien recibió la denuncia de Kogan cuando era juez federal, se haya referido a esos mismos fondos –la inversión fue de 150 millones de pesos– cuando transmitió a este diario su sospecha de “ciertas inversiones” de dinero sucio en la provincia. Si bien no es una muestra de virtuosismo en un juez decir que un delito no se puede investigar, la declaración sobre el lavado de Labate tuvo sí la virtud de generar un debate que se metió en el medio de las banalidades que se plantean en la campaña electoral ya iniciada, en estos días con el protagonismo de la interna emepenista. Veníamos viendo que con Sapag estamos “juntos” y que con Sobisch “vuelve la esperanza” cuando el magistrado soltó una bomba de 500 kilos. De inmediato le cayeron encima el gobernador, Lepén, los diputados Kogan y Marcelo Inaudi y la fiscal federal Cristina Beute, ésta para pedirle que le dijera lo que supiera. La polémica quedó ahí porque, terminado el año, empezó la feria judicial de enero. Si hay alguna respuesta de Labate o si al fiscal del TSJ Alberto Tribug se le ocurre algo, eso será en febrero, cuando los ánimos estén más serenos. O no tanto. Porque en febrero, el 20, es la interna del MPN, que venía tranquila hasta que algunos inadaptados ensuciaron los bigotes de Sobisch. Él, que está por encima de esas cosas, no dijo nada, pero sus apoderados hicieron una denuncia penal y culparon a la otra lista. Cuesta creerlo, porque Sapag parece incapaz de hacer una cosa así, siendo como es el más educado de los hijos de don Elías. Sobisch, en cambio, es capaz de hacer muchas cosas sin cuidarse de los modales. Pero puede, no obstante, tentar la vena poética, como cuando nos dice que con él vuelve la esperanza. Es como decir que se fue con él cuando, en pos de una coronación gloriosa para su carrera política, emprendió esa infausta aventura hacia la Casa Rosada de la que prefiere no acordarse. Entonces volvió a posar su mirada sobre el sillón que ocupó durante doce años y el viernes 17 de diciembre de 2010 proclamó su precandidatura a gobernador por cuarta vez. La información que publicó este diario fue titulada “Sobisch en una noche de promesas”, porque en su discurso el precandidato dijo que dedicaría el diez por ciento del presupuesto a construir viviendas y que recuperaría la escuela pública, a cuyos contenidos agregaría la preparación en oficios. Tal vez la promesa de mayor significación (por la crítica que implica al gobierno actual) haya sido la de “habilitar los seis hospitales que están parados”. Particularizó en el de Plottier, del cual dijo que la parálisis ya lleva tres años, lo que es decir que los trabajos iban bien hasta que él dejó el gobierno y cesaron después de que asumió Sapag. Como quiera que haya sido, a Sobisch no le alcanzaron los cuatro años de su último mandato para hacer ese hospital, cuya construcción anunció en octubre del 2003. O sea que entre él y su rival se las arreglaron para que en ocho años la obra del hospital que esperan los habitantes de Plottier todavía no esté terminada. No está de más, porque la esperanza es lo último que se pierde, recordar algunas otras promesas, grandes promesas, que hizo Sobisch. Nadie puede dudar de que la primera en orden de importancia es el ferrocarril que, cruzando la cordillera, nos llevaría a Chile desde Neuquén, reproduciendo la hazaña sanmartiniana pero sobre rieles. De todos los viajes que Sobisch hizo por el mundo –y que costaron de acuerdo con un prudente cálculo que hicimos unos 500.000 dólares– en sólo unos pocos no se habló de este grandioso proyecto que, como el comunismo en el siglo XIX, recorrió Europa. (También, como lo dijeron del comunismo Marx y Engels en el Manifiesto, fue un fantasma) Dijimos en este diario el 19 de junio de 2007 que, después de viajar a Brasil en mayo del 2000 con un alegre séquito de 38 personas para buscar algún banco que le prestara 250 millones de dólares que se destinarían a construir un “corredor bioceánico”, Sobisch se había ido a Madrid (eran tantos los viajes que uno tenía la impresión de que, al revés, de vez en cuando aparecía por aquí). En la capital española le dijeron que el del Trasandino era “un negocio muy apetecible”. También lo era invertir nada menos que 750 millones de dólares en un parque de energía eólica. Pero, comentamos entonces, lo único apetecible en la península resultó ser la prórroga por diez años de la concesión de Loma de la Lata a Repsol. Hubo tres viajes a Estados Unidos, otro a Rusia. En todas partes hubo “interés” en los proyectos. En Portugal el Trasandino fue una realidad. Estaban la empresa que haría la obra y el banco Sancti Spíritu, que pondría la plata. “Los resultados de esta acción están a la vista”, dijo Sobisch. Lo que pasó después es historia conocida. Llegó Jorge Sapag sin la esperanza y paró todo. El proyecto quedó en la vía. La recorrida planetaria trajo un mundo de promesas. Hubo también otras locales, no menos importantes, entre las que queremos destacar una que concierne al BPN. Se construiría una nueva sede del banco provincial, que incluiría un hotel cinco estrellas, un centro comercial y bancario y una inversión de Repsol en el edificio de cinco millones de dólares. Algo más del banco: “No sólo pudo sortear airoso” la crisis del 2001 “sino que la transformó en una oportunidad de negocios”. Yo diría más: el BPN siempre ha sido una oportunidad de negocios.

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