Historias bajo cero: Ocaso indígena en Choele Choel 9-8-03





Si bien esta historia debería comenzar mucho antes -atrás queda un riquísimo mundo que apenas se nos descubre en la multitud de restos depositados en los mil «picaderos» zonales y aun en aquellos últimos años en los que ya la influencia blanca había transformado notoriamente estas sociedades primitivas-, en esta oportunidad resulta interesante tratar los años de desamparo y olvido que le siguieron a la ocupación militar del territorio y en los cuales esta zona del Valle Medio tampoco estuvo ausente en la vida de los otrora grandes jefes del desierto. A medida que se consolidaba la ocupación de estas tierras muchos grupos indígenas fueron sometidos a las fuerzas nacionales. Como ya era costumbre en nuestro Ejército, en muchos casos pasaban a revistar en la categoría de indios amigos o indios auxiliares y como tales acompañaban a las tropas, ya sea como baqueanos o como lanceros, actuando incluso contra sus propios hermanos de sangre. Ya en diciembre de 1878 el coronel Liborio Bernal, en el reconocimiento previo a la campaña del general Julio Roca, saliendo desde Patagones dice llegar hasta Malal Huaca -río por medio con el actual Chelforó- y en la oportunidad da cuenta de su tropa: «cuarenta hombres de infantería y diez de caballería a más de la tribu de Catriel». Tribu ésta que al año siguiente se instaló en Conesa, población que en delante sirvió de enlace con las fuerzas instaladas en Choele Choel. Durante la marcha de 1879, Olascoaga dio cuenta en su diario de la presencia de un «piquete explorador a las órdenes del inteligente y activo oficial indígena Pichi-Huinca (El Cristianito)». No son muchos más los detalles y posterior destino de este indígena, pero al parecer -según relata Prado- permaneció por un tiempo en el entorno, pues al fundarse el pueblo de Choele Choel, su tribu se hallaba presente en el acto. Casi veinte años más tarde, en 1900, «Caras y Caretas» anunció el fallecimiento de Pichi Huinca -ya octogenario y cristianizado como Manuel Ferreyra- en General Acha, La Pampa. Según el referido artículo, «guía del Ejército nacional, donde ascendiera hasta el grado de mayor». Otro interesante testimonio de la presencia indígena lo aporta de manera gráfica Antonio Pozzo -fotógrafo de la expedición-, quien retrató a los misioneros bautizando indígenas y a un grupo de lanceros de Linares, conocido grupo de indios amigos instalados en San Javier, que como baqueanos del río Negro acompañaron a las fuerzas nacionales en distintas oportunidades. A partir de la campaña de 1879 la resistencia aborigen se concentró en lo que se denominaba «El Triángulo» -hoy Neuquén-, buscando refugio en los contrafuertes cordilleranos. Hacia allí se dirigieron las últimas campañas y como resultado de estas incursiones nuevos grupos de nativos fueron sometidos y se incorporaron a las tropas nacionales. Así, durante la denominada campaña al Nahuel Huapi (1881) el comandante Evaristo Ruiz dio cuenta al general Conrado Villegas de la presentación, entre otros, de los capitanejos Purrayan y Traiman, los que fueron trasladados a Choele Choel, asiento de la Tercera División y a su vez Comandancia de la Línea del Río Negro y Neuquén. Para 1883 estos indígenas -ya como teniente Traiman y alférez Purrayan- se hallaban al mando del Escuadrón Indios Auxiliares, que con cincuenta hombres participó de la siguiente Campaña de los Andes al Sur de la Patagonia. En ella, como baqueanos y soldados, tuvieron importante participación en el sometimiento de varios otros caciques como Curruhinca, Huincaleo y en Apulé -suroeste del Chubut-, donde llegaron incluso a combatir bajo el mando del mayor Adolfo Drury frente a las huestes en retirada de Inacayal y Foyel. Según parece, después de aquellos últimos combates retornaron a Choele Choel, pues figuran en los partes militares con los que concluye la operación y en 1884 el padre Espinosa de paso por este pueblo lo confirmó al decir: «Fuimos a las tres indiadas después de confirmar en el pueblo»; grupo éste que poco antes otro misionero -Milanesio- identificó con más detalles cuando dijo: «Los indios de este campamento pertenecen a tres tribus distintas: la de Puragán, de Traiman y de Pereira». Vale recordar que aquel mismo año Ramón Lista testimonió una importante presencia indígena en Choele Choel: «…allí se vocifera tanto en español como en araucano», diría el conocido explorador a su paso por el pueblo. Y seguramente han de haber permanecido en el entorno pues, sin precisar ubicación, figuran también entre las primeras marcas de ganado del Territorio las de Julio Traiman y Pedro Purrayan junto a las de varios otros conocidos personajes que veremos en adelante como los Namuncurá y los Sayhueque. Este último cacique, que según algunos autores -como por caso Harrigton- habría pasado buena parte de su infancia en esta región, volvió a estas tierras que le eran familiares con posterioridad a 1885, año de su sometimiento. Vale recordar que en esta comarca del Colorado y del Negro y en aquel duro año de 1833, siendo aún un niño, fue salvado heroicamente de una patrulla rosista por su padre Chocori, con quien fugó en el conocido incidente, que con asombro, relató el mismo Darwin. Si bien pocas y escasas son las referencias que hoy se encuentran, es por los misioneros salesianos que tenemos mayores datos de la presencia indígena en nuestro ámbito y en aquella época. Sabemos así que, a poco de su presentación, el mismo cardenal Cagliero visitó a Sayhueque y Ñancuche en Chichinales. Pero es por el padre Bonacina, que aparece por aquí hacia 1888, que tenemos una crónica detallada de la presencia en la zona del jefe manzanero. Decía Bonacina ese año: «lo vi al Norte de la Isla Grande de Choele Choel: su rancho estaba rodeado de otros menores […] había declinado su estrella y en la pobreza extrema […] viene acompañado de sus tres mujeres y de su hijo menor con traje de policía. Vestía Sayhueque chiripá, poncho y ceñidas las sienes con una vieja vincha. Usaba botas de potro. Montaba, eso sí, un lindo tordillo…». Dos años más tarde volvió a encontrarlo, esta vez en Castre, y como bien dice el religioso, «de paso para Valcheta». En agosto de 1893 tuvo lugar en Conesa un importante camaruco que reunió a la dispersa indiada de toda una amplia región durante más de una semana. Según Bonacina, de paso por el punto, estaban entre otros Sayhueque y la «Tuerta Bibiana» de los catrieleros. Seguramente éste fue el último encuentro de este tipo en esta parte del valle, pues la dispersión continuó; en 1894 el mismo Bonacina visitó a los catrieleros aguas arriba del paraje La Florida, costas del Colorado, seguramente ya en marcha hacia su asiento definitivo en el actual Catriel. En tanto Sayhueque, y en sentido contrario, hacía lo propio con su gente hacia el viejo paradero de Henno (Chubut) donde, como se sabe, habría de morir en 1903. En los antiguos registros de marcas territoriales según hemos notado figuran tanto Truquel, hijo del cacique, como éste mismo -Valentín- pero ya en el departamento Nueve de Julio. Estos traslados y reubicaciones que el gobierno y las necesidades imponían a estas tribus fueron continuos, por lo que resulta frecuente encontrarlos en lugares diferentes en el transcurso de muy pocos años. No cabe duda de que por aquel tiempo el personaje más relevante que sentó sus reales por el Valle Medio, y al que más se recuerda, fue el cacique Manuel Namuncurá, hijo de Cafulcurá, quien a poco de su presentación en 1884 fue ubicado en el Chimpay, por entonces una denominación más amplia de lo que hoy entendemos por tal, ya que en realidad, y así lo atestiguan distintos hechos, las tolderías de cacique salinero se ubicaban río por medio con el establecimiento del coronel Pablo Belisle, es decir, sobre la margen sur del río Negro, en lo que hoy es la estancia Tripahuey. Allí precisamente nació el más conocido de sus hijos: Ceferino, que fue bautizado por el padre Milanesio en 1888. Siguiendo numerosos documentos y testimonios, el historiador R. Entraigas demostró que Namuncurá, contrariamente a lo que se creyó en su momento, recién abandonó la zona en 1900, después de la gran creciente. Asientos de nacimientos y bautismos, entre otros documentos, confirman esta permanencia, al igual que los referidos registros de marcas que lo citan en el departamento Avellaneda. Pocos meses después, para cuando el ingeniero Pedro Vinent realizó la mensura de San Pablo -la estancia del coronel Belisle-, ya figuraba el lugar como abandonado, pues donde se ubicaban los salineros una nota en el plano aclara: «antiguas tolderías de Namuncurá». Así que para cuando este cacique -aquel que en su momento exigiera al gobierno de Alsina los doscientos millones de pesos o el desalojo de Carhué- cruzó por ultima vez el río Negro en el paso de La Paloma, arrastrando consigo el clima de humillación y miseria, ya todo era ajeno a sus recuerdos del Choele Choel indígena. Para entonces y con el nuevo siglo, el ruidoso ferrocarril se presentaba en el valle rompiendo el virginal silencio de la comarca; con él llegaba gente extraña que comenzó a poblar y transformar la vieja isla y su entorno. Aun así, según la tradición choelense y en momentos en que llegaba a cobrar sus haberes de coronel, el viejo jefe indígena alcanzó a compartir algunas apuradas copas en el hoy centenario Hotel Río Negro.

Omar Norberto Cricco

Bibliografía principal: «El ángel del Colorado», Raúl Entraigas, Ed. Don Bosco, 1958; «El Mancebo de la Tierra», Raúl Entraigas, ISA G 1970; «Fortines del Desierto», Tomo II, Juan M. Raone. T. G., Ed. Lito,1969.


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