Historias mínimas
Viaje. El micro súper-re-súper-cama y un frío-que-te-congela-por-más-frazadita-que-te-den. El glamour de un viaje que atraviesa la Pampa se destiñe cuando vemos la Villa 31, llegando a Retiro.
La gente se junta en las calles. Hay chicos y bolsas de basura. No se respira. Y, sólo por unos segundos, algunos agradecen haber podido pagar ese micro, haber comido ese pollo medio hediondo y hasta haberlo repetido toda la noche. Segundos de conciencia que se evaporan en cuanto la imagen se transforma en un Retiro repleto de gente expectante y deseosa de irse o de abrazar a un ser querido.
Teatro under. Mujeres desnudas (totalmente desnudas) pelean en un ring lleno de barro. Otras dos se besan en un rincón. Una, con rasgos orientales y piel de seda se baña en un barril lleno de agua (sí, también está como Dios la trajo al mundo). Una pareja se levanta horrorizada y se va. La obra «Catch» -del joven Muscari-, hace reír. Aunque, en otros momentos, muestra demasiado, tanto, que muchos cierran lo ojos o desvían la mirada.
Provoca. Transgrede. Violenta. (No apto para impresionables. En el Lorange, en plena Avenida Corrientes de la city porteña).
Dogma 95. Una película que no se puede acompañar con pochoclo. Apenas empieza a él lo pisa un auto. Queda cuadripléjico. La cámara en mano de «Corazones abiertos» no marea pero sí la historia logra que los espectadores se retuerzan en la butaca. (No apta para personas vulnerables).
Después un grupo discute sobre el «género Dogma»: que ahora se desdibujan las reglas, que en esa película hay música y no debería utilizarse de esa forma, bla bla.
Chica material. En distintas revistas, la rubia Leticia Brédice intenta explicar por qué rozó su lengua con la de Juanes y Charly Alberti. O por qué se tocó la cola en los premios MTV: «Provoco porque quiero vender discos de rock & roll». Confiesa que su madre le dice «¿No es mucho Cecilia?». (Habría que averiguar si realmente vendió algún disco más en este último mes de escándalo).
Punchi Punchi. Cientos de jóvenes saltan de un lado a otro. La música electrónica se les mete por los pies. Algunos hacen piruetas de una forma que en una época no tan lejana se llamaba «breakdance». Pero ahora no. Ahora es lo más moderno. Tanto como llevar lentes de sol al boliche, como tomar pastillitas de colores con agua mineral o como que las chicas se toquen o se besen adelante de todo el mundo. (Es un juego ¿?).
24 horas. En la mítica Avenida de Mayo hay un restaurante en el que se sirve comida durante 24 horas. Ellos llegan a las 5.30 de la mañana y, mientras amanece, están terminando su pollo a la Valenciana. La moza ofrece una copita de jerez, como para hacer la digestión. A ellos les agarra un ataque de risa: risa de chancho, risa muda, risa de cotorra, risa que no quiere reírse, risa cortita… Hasta lloran de risa.
Es de día y cada uno vuelve a su casa. El rímel corrido, el olor a cigarrillo estampado en la ropa, el insomnio y el rayo de luz que entra por la hendija de la persiana que no cierra del todo.
Final abierto. El libro de Cioran («Silogismos de la amargura») corona el regreso. «Cuando se me ocurre pensar que los individuos no son más que gotas de saliva que escupe la vida, y que la vida no vale mucho más frente a la materia, me dirijo al primer bar que encuentro con la intención de no salir más de él. Y sin embargo, ni siquiera mil botellas me darían el gusto de la Utopía, de esa creencia que algo aún es posible».
Nuria Docampo Feijóo
ndocampo@rionegro.com.ar
Viaje. El micro súper-re-súper-cama y un frío-que-te-congela-por-más-frazadita-que-te-den. El glamour de un viaje que atraviesa la Pampa se destiñe cuando vemos la Villa 31, llegando a Retiro.
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