Hogar transitorio, lazos para siempre

Forman parte del programa Familias Solidarias.



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“Cariño es lo que sobra”, dice José, que hace hasta lo imposible junto a Angelina para dar amor a todos los niños que pisan su hogar.

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Florencia Salto

CIPOLLETTI (AC).- José abre la puerta con una sonrisa, la misma que usará para despedirse. Un rico olor a comida casera llega desde la cocina. Allí está Angelina con un delantal controlando un banquete que abre cualquier apetito. Un par de minutos más tarde se sumará a la mesa para contar su experiencia.

José y Angelina forman parte del programa Familias Solidarias. Una herramienta del Ministerio de Desarrollo Social de Río Negro para trabajar con niños y adolescentes en situación de riesgo. La iniciativa tiene como finalidad involucrar a la sociedad en la problemática cada vez más naturalizada.

La estadía es transitoria. Los lazos permanentes. Las Familias Solidarias no pueden adoptar a los chicos que llegan. Más rápido que tarde se van. El tiempo máximo son los 6 meses que puede tardar la judicialización de cada caso. La despedida es fuerte, pero la bienvenida una nueva experiencia de vida. “Cada uno de los chicos que viene a esta casa nos deja una huella. Es una experiencia de vida increíble”, sostiene la mujer de 48 años. Luego de que se resuelve judicialmente cada situación, los chicos pueden volver a su casa, con un familiar cercano o dados en adopción.

Pasó una década del primer niño que pasó por el hogar de José y Angelina. Lo recuerdan con una mueca que mezcla nostalgia y felicidad. Mantienen el contacto y cada tanto se ven. “Nos adoptó como sus abuelos”, desliza Angelina, que agrega con una firmeza irrefutable: “Sabemos que no se pueden quedar”. “La adopción no es una opción”, explicó Mercedes Antedoro Crespo, psicóloga y una de las responsables de llevar adelante el programa. El equipo de Protección Integral también lo conforman Luciana Alvez (trabajadora Social) y Verónica Canale (psicóloga).

El comienzo fue una contingencia. Con sus hijos ya mayores, la pareja intentó adoptar. Sin embargo la burocracia los desanimó. Allí surgió la propuesta de Familias Solidarias. Tras despejar las dudas decidieron anotarse. Pasaron 10 años de aquel día y 10 niños por ese hogar que no se cansa de dar y recibir amor.

“Queríamos tener otra beba en la casa porque estamos sobrados de cariño”, dice José que se gana la vida como albañil. “Cuando empezaron a traer chicos hablamos con nuestros hijos. A ellos les gustó lo que hacíamos y nos ayudan”.

Además de formar parte de Familias Solidarias, también están anotados en Familias de Urgencias una modalidad exprés que se utiliza para los casos inmediatos pero en los que la estadía no supera la semana. “Hubo un fin de semana que tuvimos cuatro chicos. Obligados a preparar camas por todos lados”, recuerda con gracia el hombre de la casa. Ellos no reciben ningún apoyo económico por lo que hacen. Allí se pone en juego un capital sentimental.

La iniciativa no tiene mucha popularidad. La idea de tener chicos por tiempo finito parece ser una de las principales trabas para que otras familias se sumen. “Mucha gente conocida nos dicen que ellos no podrían hacer lo que hacemos nosotros. Siempre invitamos a otras familias y les decimos que se animen. Cualquiera puede ser una familia solidaria porque lo que necesitan los chicos es amor”, detalla José de 52 años.

No todo es armonía. El primer contacto a veces es duro, especialmente con los adolescentes. La mujer dice que “a veces es difícil. Con los adolescentes se complica un poco más pero hay que saberlos llevar”, dice el padre de la familia.

Actualmente hay dos niñas en la casa de la pareja. Una beba de pocos meses y una niña de edad escolar que lleva 3 años en la casa. “Ella ya es parte de la familia. Pero sabemos que en algún momento se va a ir, por eso vivo el día a día porque puede ser el último”.

Como todas las familias, ellos reciben apoyo permanente del equipo de trabajo de Protección Integral que supervisa los casos y los visitan con frecuencia. También tiene un respaldo psicológico cada vez que lo requieran.

Luego de la charla José nos invita a conocer su casa. Un patio grande y verde encandila el sol del mediodía mientras sus dos nietas, que llegaron minutos antes del colegio, y la niña, que llegó hace varios años a la vivienda, juegan con unos cachorritos recién nacidos. Más atrás llega Angelina con la beba en brazos disfrutando de esa postal familiar. “Algunos piensan que el favor se los hace uno, pero el favor nos los hacen ellos a nosotros”, declara la mujer. Una frase que simplifica una elección valiente.


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