Hola, soy Manal Javier Martínez

ENTREVISTA



Tras los saludos de rigor, la charla se armó en francés al reconocer Javier Martínez el origen del apellido de quien esto escribe; vasco-francés para más datos. El recordado baterista y voz del trío Manal (con Claudio Gabis en guitarra y Alejandro Medina en bajo) -pilar del rock argentino junto a Los Gatos y Almendra- vivió tres años en Toulon, Francia, desde 1984.

Su viejo uruguayo lo contactó con la música negra montevideana. El y su tío aprendieron a tocar tamboriles con amigos negros y eran buenos candomberos. Cuando su padre vino a la Argentina, nació Javier. Vivieron en Ranelagh, en Flores, donde a veces preparaban un fuego, ponían los tambores para tensar los parches y tocaban candombe. De chiquito le dieron un tamboril y le enseñaron la polirritmia afrouruguaya. Años después, con un crédito, se compró su primera batería y empezó a tocar.

“Tengo muchas ganas de ir a Río Negro. Hace veinte años saqué mi primer disco solista cuyo título se relaciona con la región, 'Sol del sur'. Y cuando toco ese tema, imagino que me va a llevar a Patagonia” .

Pero Javier, obviamente no es el mismo de Manal ni el de hace dos décadas. “Musicalmente soy más libre, incorporé más elementos instrumentales, empecé a usar vientos de bronce, teclados, abandoné los tríos (desde 1981); crecieron los arreglos, incorporé elementos de la salsa. Me atreví a un rock latino con influencias de Carlos Santana. En el tema título de mi último compacto, “Basta de boludos”, la primera mitad es un ritmo afrocubano y la segunda es roquera. Ahora experimento mucho con candombe argentino, algo que muy pocos conocen; Egle Martin lo sabe y me lo enseñó. Está basado en clave africana y es bien diferente del candombe uruguayo. Uso también ritmos del folclore en seis por ocho que me gustan mucho”.

– Como la chacarera.

– Y el malambo, aunque no me voy a dedicar al folclore. No soy folclorista, sino músico de ciudad, pero uso la rítmica. Malambo, milonga son palabras africanas. También me interesa el tango milonga de la Guardia Vieja; siempre me ha influido. El riff –que viene de la terminología del jazz, una frase que se repite- de “No pibe” (tararea), si lo separás del tema es una milonga, que proviene en línea directa de la habanera.

Yo estoy ahora en la parte de cultura del gobierno de SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores), como suplente de María Elena Walsh, nada menos –es un honor hablar con ella- y tenemos la idea de darle nombre a un nuevo género, argento o algo así (ríe), que defina todas las corrientes derivadas de los africanos traídos como esclavos a nuestro continente. Primero inventamos el rock en español para defender el idioma y ahora, que ya lo tenemos, inventemos un nombre o directamente usemos milonga, candombe. Esa tendencia, estará más marcada en mi próximo disco.

– Al definir la clase tu música, usaste la expresión “me atreví”. ¿Te referiste a una actitud personal ante algo que nuevo o a atreverse con el rock, bastante cerrado a las influencias locales?

– Yo siempre fui de los pioneros. Me atreví a hacer blues en argentino, rock en castellano, cuando no era negocio y las compañías y los representantes decían que era imposible, que estaba loco. Y terminamos teniendo razón.”

– Te atreviste a armar un trío cuando la formación típica del rock era cuarteto o quinteto; y a cantar desde la batería.

– No puedo evitar eso. A veces digo que debería cosechar lo que sembré, pero no puedo quejarme porque la nueva generación conoce mis canciones. Y en consecuencia, tuve la oportunidad de reciclar las canciones de Manal (todas de su autoría), recuperé el nombre y lo uso. Me llamo Manal Javier Martínez. El trío ya no existe más, pero sí sus temas, mi repertorio.

– Te decía también que el rock se ha copiado a sí mismo, para mantenerse en un estado puro que lo ha arrinconado.

– Sí, eso le pasa a todos los géneros. Le sucedió al tango; en una época se llegó a decir que estaba muerto. Cuando apareció Astor Piazzolla, los tradicionalistas lo atacaban, lo desvalorizaban, que no era tango, decían. Hoy deben agradecer que existió y le dio cuerda para cien años más. Los géneros tienen esa tendencia, pero es nefasta porque cuando se cierran tanto a las influencias, prácticamente mueren en lo popular. El jazz, por ejemplo, sigue siendo muy vital porque no se ha negado a los aportes de otros géneros; en los sesenta tomaron del bossa nova; Miles Davis, del segundo movimiento del “Concierto de Aranjuez” de Joaquín Rodrigo, se acercó a la música española.

– Tiene una corriente llamada Latin jazz.

– De su mezcla con la salsa.

Ese es un gran camino; estoy muy cerca de él ahora porque también mi rock es muy jazz. Lo toqué siempre, vengo del jazz. Tengo la técnica, aunque en la Argentina no ejercí; en Europa sí y me sirvió para perfeccionarla. La cerrazón del rock lo lleva a un callejón sin salida; pero ciertos tipos están bloqueados, demasiado tributarios de las corrientes inglesas. La salida somos Fito Páez, yo o la gente abierta a las influencias, que busca otro camino.

Otra cosa nueva es que desde mis dos álbumes anteriores, me animé a soltarme como poeta tanguero. Mi parte letrística es bien porteña, soy porteño y me atreví a sacarle el monopolio del lunfa y del vesrre al tango y meterlo en el rocanrol, como hice en mi disco “Corrientes” (1994, con la Javier Martínez Blues Band): “los chochamus del billar, ajedrez y campanear las minas desfilar”, o “el choborra matinal, un melanco de percal”, y en el último CD, mezcla de retrospectiva con nuevo. Asumí mi letra tanguera, aunque mi música está influenciada por el jazz, el funky, el blues y un poco de latino. Yo uso un lenguaje bien de la calle y escatológico que me queda bien. Al lado de otras cosas que ya llegaron al mal gusto –no las menciono pero están a la vista- lo mío es juego de niños. El lenguaje callejero metido en un contexto poético, es poesía verdadera, porque estás expresando…

– La misma calle que te escucha. ¿Cómo ves ese ida y vuelta?

– Muy bien, porque diría que casi estoy solo en el rock, escribiendo así. Los demás estilos no son tan lunfas de la lleca. Escribo también al vesrre, choborra, chochamu, todo así. Y le gusta a los pibes, se identifican. Una vez me dijo la periodista Gloria Guerrero: “nadie es tan lunfa como vos en el rock nacional”. No tengo competencia todavía. Parecía que mi atrevimiento no iba a cuajar, pero cuaja.

– En esta puesta en letras, ¿cuánto influyó haber vivido en París?

– Muchísimo… ¡Qué buena pregunta! Aparte la ligazón (lo dice en francés) de nosotros y los tangueros con París -el tango triunfó allá- una de las mejores cosas que nos pasaron en la historia argentina es la influencia francesa, la mentalidad enciclopédica, la educación, las grandes corrientes de pensamiento que nuestros próceres consideraron cuando pergeñaban la independencia de España; se inspiraron “en la patria de todos los pueblos” (francés nuevamente) como dijo Dionisio Diderot.

Todavía no la nombré; alguna vez tendré que hacerlo. Afuera y sobre todo en esa ciudad, sentí hondamente Buenos Aires, la argentinidad, el tango y un orgullo lindo. Cuando unos parisinos me dijeron que su ciudad era “el último bastión de la latinidad”, me sentí orgulloso de ser latino. Sí, tuvo muchísimo que ver en mi vida, mi carrera y un montón de cosas más.

– La nostalgia que sentías, también.

– Nostalgia que siento ahora por allá.

– Del cruce de nostalgias surge el collage de tu música.

-Una de las cosas más lindas que sentí en Francia es el respeto que tienen por el arte, por la cultura. Que bueno si nos contagiáramos de eso, lo máximo posible. Y pasa, porque en medio de esta crisis atroz, de lo que nos ha pasado, de una democracia que cayó en manos de criminales que vaciaron el país, a pesar de todo eso, caminás por avenida Corrientes a las dos de la mañana, hay librerías abiertas y podés entrar y comprarte un libro usado por un peso. Eso es rarísimo; he viajado bastante por Europa, he estado en Nueva York algunas veces y nunca vi esa bohemia linda, esa apetencia por conocer, por leer, escuchar música. Reanima. Después está el culto de la amistad. Algo que uno descubre cuando viaja, es la calidez humana en los argentinos; en el hemisferio norte está bastante perdida. Acá la gente enseguida se entrega, vamos a tomar un feca, a charlar como ahora…

Y terminó entre francés, abrazos y un hasta la próxima, cuando en alguna librería del centro, un barcito mistongo, una esquina cualquiera, Javier aparezca con su lunfardo, los anteojos gruesos y un par de palillos de batería bajo el brazo.

 

Eduardo Rouillet


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