Hoy es un día especial para los enamorados
"San Valentín", una celebración para no dejar pasar de largo.
Desde que la Iglesia le confió a San Valentín el patronazgo sobre los tórtolos, el 14 de febrero se festeja aquí y en el mundo el Día de los Enamorados, una fecha para no dejar pasar de largo, para saborear con sal y con pimienta.
Ame, quiera, desee, festeje, regale rosas rojas, bese, abrace, haga el amor, tome champaña y coma perdices, pero a menos que sea muy criterioso, no ahonde en sus orígenes: la fiesta proviene de la «lupercalia» romana, una procesión misógina que consistía en… ¡azotar mujeres!
La protagonizaban los «luperci», una cofradía de sacerdotes que rendían culto al dios Fausto Lupercus, equivalente al dios griego Pan, que aunque la Odisea no lo diga fue engendrado por Penélope en ausencia de Ulises, ya que la buena mujer sabía hacer otras cosas además de tejer y destejer. Los «luperci», desnudos y provistos de látigos hechos con el cuero de una cabra recién inmolada, iban en procesión en torno del Palatino azotando a las mujeres que no habían tenido hijos, con la excusa de que a fuerza de paliza se volverían fecundas.
Originalmente la lupercalia se festejaba el 15 de febrero y servía de glorioso anticipo al año nuevo, que entonces se festejaba los 21 de marzo, junto con el equinoccio de Primavera (en el norte).
Seguramente, de aquellos azotes se derivó el concepto todavía en boga que dice «porque te quiero, te aporreo», pero que el modernismo trastrocó en «porque tenés tarjeta te la uso». Con el tiempo la ceremonia cambió: cada 14 de febrero las mujeres depositaban sus nombres en grandes urnas y el 15 cada varón extraía uno. De esta forma se conformaban las parejas para asegurar la descendencia.
Como históricamente fue su costumbre, la Iglesia no dejó pasar esta fiesta sin meter baza: siguiendo las indicaciones de Pablo sobre la conveniencia de adosar las celebraciones cristianas a las paganas para que, poco a poco, la gente las aceptara, introdujo el Día de San Valentín y el concepto del amor. Lo fijó para el 14 de febrero, adosado a la lupercalia del 15, y con tan buena suerte que ya nadie recuerda a Lupercus ni a los malditos azotes dados en su nombre. Desde entonces todos le atribuyen a San Valentín el patronazgo sobre los enamorados.
En el resto del mundo
La romántica Venecia hace los 14 de febrero un alto en sus carnavales para honrar el día: en el Palazzo Ca»Zanardi, hay comidas típicas y baile, se arrojan flores rojas al canal mayor y, entre cantatas y campanadas, las parejas se besan sobre las chalopas.
En Bucarest, Rumania, los jóvenes pueden contraer «matrimonio» por tres días en la «Isla de los enamorados», un bar donde se sortean las parejas mediante el número de documento, recordando viejas épocas.
Pero Madrid se lleva las palmas. Convertida en la capital mundial del amor, los 14 de febrero se agotan las reservas hoteleras, en cumplimiento de una sagrada promesa: ir a la Iglesia de San Antón. Allí, en el altar mayor, en una urna de madera tallada y cubierta por una montaña de flores rojas, se encuentran los restos de San Valentín. «Quien en su día le rece y le ponga una flor en su tumba, será muy feliz todo ese año», aseguran.
Los restos del santo, encontrados en las catacumbas romanas, fueron donados en el siglo XVIII por el Vaticano a los reyes de España, quienes más tarde los confiaron al Colegio de San Antón, en cuya iglesia hoy descansan
En la Argentina, más una novedad que una tradición
En el santoral católico existen por lo menos dos San Valentín: un sacerdote de Roma y un obispo de Terni, ambos perseguidos y martirizados por el emperador romano Claudio II tres siglos antes de Cristo.
De uno de ellos se cuenta que, estando prisionero y próximo a morir, le envió un mensaje firmado «tu Valentín» a la hija de su carcelero, de la que estaba enamorado.
Del otro, se dice que protegió en su templo a los enamorados que se refugiaban allí para verse a escondidas, en tiempos en que el emperador había decretado veda sexual a sus guerreros, entendiendo que el amor los distraía y tornaba vulnerables.
En la Argentina, la festividad es más una novedad que una tradición, y si se quiere, también una curiosidad, ya que no hay aquí en esa fecha ningún anticipo de primavera, como en el hemisferio norte. De todos modos, producto de los tiempos de globalización, la celebración ha sido importada (incluso para bien de los comerciantes que ansían vender algo más).
Aquí la fiesta la hacen los «cabuleros»: el 93 (los enamorados) y el 14 (el borracho), son los números que mayor cantidad de apuestas reciben el día de San Valentín.
Cualquiera que esté o haya estado enamorado puede encontrar la conexión: ¿acaso el amor no es una dulce borrachera?.
Desde que la Iglesia le confió a San Valentín el patronazgo sobre los tórtolos, el 14 de febrero se festeja aquí y en el mundo el Día de los Enamorados, una fecha para no dejar pasar de largo, para saborear con sal y con pimienta.
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