Hurgando en el “mate” de los políticos y el “blindaje publicitario”

La mayoría de los políticos no quiere quese revelen sus emociones íntimas, sobre todo si afectan la imagen pública que construyen con tanto esmero. Algunos casos.





“Es propio de los políticos de aquí y de todas partes que no quieran que se sepa cómo es su interioridad psíquica, última… ahí donde se apilan emociones ocultas, dictados complejos de sus personalidades, debilidades, miedos. Necesitan que nada de eso se sepa porque, si se sabe, la estructura de poder o de dominio que lideran vacila, se torna torpe, se defiende mal, y cuando se llega a eso hay que reinventarse y eso no siempre es posible”, escribió hace años en un libro sobre el poder el cordobés y jurista ex presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Pedro Frías.

José Cabrera Forneiro es español y médico psiquiatra. También consultor de la Unión Europea en materia de políticas sociales. Autor de más de dos docenas de libros, ha hecho de la conducta de los políticos uno de los objetivos de sus investigaciones. Enamorado de Argentina, ha sometido a su lupa la personalidad de varios de los máximos dirigentes políticos que signan nuestra transición. Tiempo atrás José Cabrera Forneiro estuvo en Buenos Aires. Cuando le preguntaron qué conspira contra un político en campaña electoral, no dudó:

–El miedo a que se sepa cómo es en términos de verdad profunda su personalidad, el miedo a perder de golpe toda la cosmética de la que se lo rodea para ganar. La cosmética lo blinda, lo puede llevar a ganar una elección de la mano de una sociedad que sin embargo ignora qué contenidos tienen los pliegues y repliegues de la psiquis de ese hombre… La cosmética puede llegar a tapar perfiles inquietantes del candidato.

–¿Por ejemplo? –le preguntaron.

–Ser un depresivo –dijo y acto seguido acotó a modo de ejemplo:

–No entiendo cómo Fernando de la Rúa llegó a presidente, cómo no se percibió que es un depresivo… cuando hablo de él suelo definirlo con una frase muy española: no se tenía en sus pies.

Y en declaraciones a “La Nación” sumó un dato más: si los argentinos que lo votaron no detectaron ese rasgo de la personalidad del ahora ex mandatario fue por la campaña de imagen con mucha cosmética a que lo sometieron sus publicistas.

Gabriel Dreyfus reflexiona el tema De la Rúa desde muy cerca de este argumento. También desde la experiencia que le acreditan más de 40 años dedicados a la publicidad, profesión que lo llevó a integrar el equipo que, liderado por David Ratto, armó la estrategia para que Raúl Alfonsín llegara al poder en octubre del 83.

En su ensayo “Política y campañas publicitarias en la Argentina. La telenovela de la opinión pública y el poder”, Dreyfus señala: “El publicitario Ramiro Agulla hizo una brillante campaña para Fernando de la Rúa, pero cometió el peor error del marketing: sobrevaluó un mal producto y, al aumentar las expectativas, aceleró su muerte”.

–A la hora de la campaña de la Alianza, se vistió a De la Rúa de lo que no era, valía la necesidad de sustituir al menemismo –suele decir Carlos “Chacho” Álvarez cuando recuerda aquel desaguisado en que terminó el gobierno del cual él fue vicepresidente.

(Continúa en la página 24 )

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

(Viene de la página 23)

Y en un interesante libro escrito junto a Joaquín Morales Solá –“Sin excusas”– “Chacho” avanza un poco más a la hora de desplumar la personalidad de aquel trágico mandatario. Entonces –con dejo despiadado– dice: “Mi error fue caracterizar mal a De la Rúa. No porque era de centroderecha sino porque era el resultado de un prestigio constituido sobre la base de la simulación”.

Pero hoy, ya con las presidenciales del 2011 a la vuelta de la esquina, ¿qué reflexiones se pueden cosechar en relación con la personalidad de los políticos que ya lidian por la presidencia de la Nación? ¿Hay –por caso– entre Alfonsín, Kirchner, Cobos, Duhalde, Solá, Carrió, perfiles de personalidades depresivas?

–No, ninguno –sentencia el psiquiatra José Abadi, profesional de sólido prestigio. Y agrega:

–En todo caso hay otros perfiles, pero no la fragilidad que para luchar por la presidencia implica una personalidad acechada por estados de ánimo negativos sobre sí mismo, visiones pesimistas sobre lo que puede hacer, lograr; es decir, características –no las únicas, claro– del depresivo. No hay nada de eso entre los candidatos que se van anotando.

Con esta opinión coincide un colega suyo: Luis Di Giacomo, de General Roca. A su condición de psiquiatra une la de 40 años de militancia política, “un arco en que cumplí con creces la sentencia de Alfredo Palacios: incendiario de joven, bombero de grande, o sea que conozco el circo de la política desde su sótano”, señala.

–Lo que sí encuentro en algunos de los anotados para llegar a la Rosada son confirmaciones de algo que trabaja la psicología americana: personalidades no sofisticadas; es decir, personalidades de espíritu muy simple, pensamiento sin aristas… sin eso que Albert Camus llamaba las “protuberancias” del pensamiento. Ese salto hacia la idea ingeniosa o la maniobra audaz que genera un quiebre, un antes y un después.

–¿En quién piensa cuando habla de “personalidad no sofisticada”?

–En Julio Cobos. Construyó prestigio enfrentando al gobierno en el tema del campo, pero no fue una construcción fundada en un manojo de ideas sustantivas… simplemente votó en contra. Luego su pensamiento siguió siendo amesetado… ni siquiera se enriqueció desde la libertad discursiva que genera el ser opositor.

Sociólogo, titular de la Cátedra sobre el Pensamiento de Max Weber en la carrera de Sociología de la UBA y director de la más prestigiada consultora política del país, “Poliarquía”, Eduardo Fidanza señala:

–La política argentina está muy enferma, muy plagada de delirios místicos, de “súper yo” mezclados con delirios místicos… un hablar desde lo que “debe ser” y “no ser” dictado rechazando matices, hablando desde la verdad única, excluyente, hablando desde la condición de Dios.

Fue Segismundo Freud quien en su formidable y polémico tratado sobre el presidente Wilson de Estados Unidos trabajó en profundidad este tema. “Él advierte del peligro de un líder que se sitúa en el lugar de Dios, situando a Dios en su súper yo”, reflexiona en la revista “Actualidad Psicológica” la psiquiatra española Fanny Elman Schutt.

Pero ¿qué dice Freud sobre esta cuestión? “El hombre que instala a Dios en sus superyó sube por un estrecho paso de montaña de la grandeza, balanceándose por un oscuro abismo entre la neurosis y la psicosis. Si no puede cumplir las exigencias de la realidad, inventa realizaciones imaginarias hasta llegar al delirio, sustituyéndolas por bellas palabras…”.

¿Hay alguien entre los postulantes a la Rosada con perfiles de esta naturaleza en su personalidad?

–No me parece –dice Di Giacomo–, pero Elisa Carrió, para mí, expresa un súper yo muy autosuficiente que la lleva a presentarse con rasgos místicos, como la única poseedora de la verdad y administradora eficiente sobre lo que está bien y está mal.

Un psiquiatra de la UBA que está escribiendo un ensayo sobre los patrones de conducta de varios políticos argentinos accede a hablar con una condición: que no salga su nombre. “Que salga cuando salga el libro”, dice y comenta:

–¡Carrió! ¡Carrió! Mire este título –dice y de una carpeta saca una nota publicada tiempo atrás en un matutino nacional. Entrecomillado, Lilita advierte que Cristina está haciendo las cosas mal y sentencia: “Yo no sé si la podré parar”.

–Ese “yo” no es neutro… habla de sentirse depositaria de una misión, un destino manifiesto. Habla de que ella es la única que puede corregir al poder. No comparte esa tarea con nadie, excluye al resto de la oposición.

El español Cabrera Forneiro también puso la lupa a Lilita. Y confiesa a “La Nación”: “Es una mujer fiable, sintónica, franca, valiente, que llega a la gente. Pero es muy impulsiva y tiende a la fantasía. Eso puede equilibrarse si se rodea de buenos asesores”, señala.

Aunque, claro, no son pocos los seguidores de Carrió que la abandonaron. ¿Razón? No escucharlos, cortarse sola y etcétera, etcétera en esa dirección.

Pero ¿qué contenidos transpira la personalidad de los otros candidatos que están en el manojo de aspirantes a la Rosada?

–No conozco a Cristina –dice Cabrera Forneiro– pero a los políticos se los puede ver desde afuera: su sonrisa, su mirada, sus gestos, sus reacciones, cómo dicen sus discursos. Y lo que veo es que, desde hace mucho, la señora Kirchner tiene un problema de cambios emocionales que a veces no puede controlar. Se le nota en el gesto, a pesar de ese hipermaquillaje que esconde expresiones faciales.

“Si la reflexionamos desde sus discursos –dice Víctor Armony en su interesante ensayo “A la escucha de la palabra presidencial”– se percibe el deseo de afirmarse como una dirigente autónoma, con voluntad propia y capacidad de decisión: no se encomienda a poderes divinos y seculares… raramente invoca a Dios, como sí acostumbraba hacerlo con regularidad su marido”.

Y acota este sociólogo y catedrático de la Universidad de Québec, Canadá: “Pero esa actitud de firmeza de Cristina, e independencia, tiene un costo: corre el riesgo de mostrarse como calculadora, soberbia e incluso agresiva, cualidades que son socialmente aceptables en los hombres pero que son vistas, en una lógica machista, como contradictorias de la feminidad”.

Y en el duro periplo rumbo a la Rosada está Ricardo Alfonsín, claro:

–¿Cómo lo veo? Un buen muchacho. Personalidad más definida que la de Cobos… o encaja en aquello de “personalidad poco sofisticada”, pero por ahora se está haciendo –reflexiona Di Giacomo.

–¿Ricardito? ¿Cómo es Ricardito? La cara de Raúl, la voz de Raúl –suele decir con ironía su correligionario y rionegrino Oscar Machado.

–¿Para qué hablar de Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde? Sobran los datos de cómo son sus personalidades, especialmente sobre el primero –remata el siquiatra José Abadi.

Y la reflexión conduce a una sentencia de Carlos Pellegrini: “En política, lo que es suele ser para siempre”.


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