Iconografía de la protesta: del drama al grotesco



CARLOS SCHULMAISTER

Especial para "Río Negro"

Tras la Guerra Fría y la caída del socialismo real, y después del baño de sangre latinoamericano, los íconos contraculturales de los ´60 y ´70 perdieron definitivamente sus originarios significados antisistema, sus inquietantes rasgos de virulencia y revulsividad, su legendaria peligrosidad.

El sistema fagocitó y deglutió todo lo que se le oponía apenas nacía. La globalización, con sus avasalladores cambios económicos, más la internet, transformaron las determinaciones preexistentes de los campos cultural, ideológico y político, con lo cual la socorrida distinción existente entonces entre lo cultural y lo contracultural perdió su anterior sentido.

Iconografía y simbolismos aparentemente definitivos por la fuerza que tenían pasaron a ser relictos de un pasado reciente en tiempo cronológico, pero remoto en tiempo psicológico, convertidos en meras coberturas formales de vacíos conceptuales, ausencias y fracasos de significación.

El caso emblemático es el de Ernesto Guevara y su inicial iconicidad como referencia a un presunto humanismo socialista basado en el "hombre nuevo" como camino y meta para la "revolución social", un proceso de transformaciones globales dirigidas por el partido revolucionario para instalar la dictadura del proletariado. Objetivamente mirado, un proceso violento de imposición de las ideas de una minoría revolucionaria sobre la mayoría, al comienzo y durante todo el proceso de la nunca concluida revolución, puesto que sus enemigos no se lo permitirían, lo cual conllevaba la necesidad de la lucha mundial para el triunfo planetario de la idea.

El icono prohibido de antaño por su peligrosidad para el sistema capitalista es hoy moneda de curso legal en su interior, sobre la base del valor de cambio representado por los signos de seducción de la estética guerrillera, hegemónicamente instalada por sobre cualquier otra clase de referencialidad y convertida en un lugar común a partir de "la pinta del Che", de las generalizadas atribuciones de último romántico, auténtico, y enfant terrible insolente y provocador, con las que se maquillan grotescamente hoy tanto algunas tribus juveniles urbanas como algunos pueblos indígenas que comienzan por apropiarse de elementos antaño significantes de insumisión y rebeldía antes de ser capaces de rellenar su orfandad político ideológica con un lenguaje y un proyecto político propios que vaya más allá de señalar a un enemigo.

Tras la muerte del Che, inmediatamente surgió el guevarismo martirológico de los pósters en los cuartos de los jóvenes de clase media y en toda clase de objetos y prendas. Nuevo culto que acompañaba su transformación en mito; y mientras éste ocultaba sus zonas oscuras, para sus seguidores representaba la expresión de un colosal proyecto político que sin embargo era más imaginado que conocido, pues como todo mito (sin importar si es de izquierda o de derecha) se engarzaba masivamente en las mentes juveniles con menos racionalidad que fe. Mientras tanto, el pretendido guevarismo sólo era accesible en profundidad a los cuadros políticos militantes de las reductibles organizaciones izquierdistas.

En América latina ya no se discuten sus controversiales desempeños históricos. A cuarenta años de su muerte se lo legitima y convalida desde espacios públicos como los homenajes oficiales, la cátedra universitaria y los Mass Media, alabándolo pero no estudiándolo.

El conocimiento de su ideario y su trayectoria políticas, exiguamente conocidos, son sustituidos por un baño de frases célebres y un posicionamiento corporal de su imagen en zonas íntimas, pues de los frentes y espaldas de las camisetas ha descendido a los entresijos inguinales, la zona de los glúteos, los pechos o los brazos de ellas y ellos, allá junto a los revolucionarios pearcings. De modo que su carácter icónico se acentúa paralelamente a su empobrecimiento sustantivo y su crisis de sentido para los tiempos que corren.

Hoy es un salvoconducto de portación e imitación visual para el reconocimiento entre tribus que se pretenden herederas, pese a no tener ninguna revolución entre manos ni proponérsela siquiera en momentos en que los desaforados lugares comunes de la agitación callejera se enfrentan a Estados paralizados y sin proyectos a pesar de sus declamaciones.

Los autoreferenciados guevaristas ven a Fidel Castro indisolublemente unido al Che como si fuera su hermano mayor, protector, sereno, no tan temperamental como éste pero firme como una piedra en sus determinaciones revolucionarias y los dos juntos como buena gente, lo máximo que nos ha dado la América latina en la segunda mitad del siglo XX.

De modo que para integrar el club de la Patria Grande hay que aceptar in totum el carácter modélico de la obra y el pensamiento de ambos. A los cuales agregan al subcomandante Marcos, poeta y escritor de policiales en los ratos libres, las narcoguerrilleras FARC colombianas, Abimael Guzmán y Sendero Luminoso, todos los guerrilleros de los ´70, los próceres del socialismo real de los otros continentes, Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Min y el mismísimo Pol Pot, hoy con un manto de silencio encima pero seguramente muy pronto reivindicado por los internacionalistas socialistas supérstites o por los que reciclen sus ideas y sus organizaciones políticas declarándose polpotistas de la primera hora, lo cual no sería de extrañar habida cuenta que el PCR de Argentina llamaba en 1973 a "apoyar el proyecto tercermundista de Isabel y López Rega"(sic) mientras éste último se daba el lujo de despreciar tan singulares apoyos y los iba eliminando "sin prisa pero sin pausa".

Este revival icónico de la izquierda que rebalsa las calles de Latinoamérica es un nuevo tramo de la onda retro del sistema capitalista. Con un adicional patetismo escénico: los rostros ocultos y siniestros garrotes en las manos, cual si fueran las Furias: Ira, Locura y Agitación desenfrenadas cuyo mensaje es el Terror y nada más.

Ni utopismo ni rebeldía. Después de tantos fracasos históricos de sus dioses, sólo les queda el desencanto y el resentimiento, crispación, rictus y mueca.


Comentarios


Iconografía de la protesta: del drama al grotesco