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La era del

Ahora caminan por las mañanas, beben sangre sintética y viven en sociedad como cualquier mortal.

Redacción

Por Redacción





claudio andrade candrade@rionegro.com.ar

En la era del sida, los de por sí pálidos vampiros comenzaron a perder color en la industria del cine. Claro, ¿cómo explicar el incómodo hecho de que un chupasangre pudiera terminar infectado con el virus HIV luego de someter la yugular de una de sus víctimas? Esa fue una de las tantas razones de su temporal extinción de las pantallas sobretodo en los 90. Con 10 años ya transcurridos del nuevo siglo, los vampiros tienen poderosas razones para salir de su tumba. El Sida existe pero de eso no se habla. Los guionistas subsanaron el problema del contagio con una anotación al margen. Antes de succionar, ahora los vampiros testean la sangre ajena con una simple incisión hecha por sus afiladas uñas. Prueban y dictaminan: es, buena. Y si no da, no da. Bienvenidos, entonces, a una nueva era. Que los vampiros gocen de buena salud no es extraño. El lifting, los pechos de silicona, el botox y las cremas antiage a discreción, son la simbología práctica de un deseo fuertemente arraigado en la sociedad contemporánea. Días atrás la exitosa escritora Charlaine Harris fue entrevistada por “The New York Times”. Le preguntaron: ¿Por qué cree que los vampiros están omnipresentes en la cultura popular? Y la autora de las “Southern Vampire Mysteries” (distribuidas en los títulos “Muerto hasta el Anochecer”, “Vivir y morir en Dallas”, “El Club de los muertos”, “Muerto para el mundo”, “Más muerto de nunca” y “Definitivamente muerta”) que inspiraron la serie televisiva de HBO Ole, “True Blood”, respondió: “En la cultura de la cirugía plástica la gente está realmente interesada en el concepto de la eterna juventud. Los vampiros nunca mueren”. Ya lo decía Bela Lugosi: “Cuando el cerebro es joven el espíritu sigue siendo vigoroso”. El anhelo de vivir 100 años se ha quedado corto. En nuestra época se trata de vivir extenso y a la vez mantenerse imperturbable. Una conjugación imposible a los ojos de Borges, quien nos retrata en su cuento “Los inmortales” a un grupo de hombres que cientos de años atrás descubrieron la fuente de la eterna juventud sólo para terminar transformados en mudas bestias. Este tipo de finas disquisiciones intelectuales no tienen lugar en los libros de Harris o de Stephenie Meyer, la autora de la famosa saga “Crepúsculo”. Su retórica ajustada, más bien cándida, no es apta para espíritus mal pensantes. En esta última novela-película transcurre una curiosa y hasta picante situación que grafica uno de los condimentos propios de esta sociedad hambrienta de lozanía y sangre joven. “Crepúsculo” relata la historia de amor entre Isabella Swann (Bella) y el vampiro Edward Cullen. Ella es una adolescente de 17 años y él, pues, un “pibe” nacido en Chicago el 20 de junio de 1901. ¡1901! En el fondo, se trata del encuentro amoroso entre una chica y un hombre muy pero muy maduro. Pero claro: ¡a quién le importa, por algo estamos hablando de vampiros!. Uno no puede evitar pensar en que gente como Silvio Berlusconi y Ron Wood deben ser fanáticos de la saga. El libro, vendido por millones, tuvo una génesis bastante naif en el cerebro de Meyer. Fue producto de un sueño. “Era un sueño muy extraño, no había tenido ninguno así antes, ni lo he vuelto a tener. Estaba observando un prado perfectamente circular, en el que un chico y una chica mantenían una conversación. Ella no llamaba especialmente la atención, pero él refulgía al sol. Era guapísimo. Y era un vampiro. Le decía cuánto deseaba matarla y, aun así, cuánto la quería. Me desperté pensando: “¿Qué habrían dicho a continuación?” Lo escribí. Y fue realmente ese proceso de escribirlo lo que me enganchó. Escribí las diez primeras páginas, la mayoría con el más pequeño de mis hijos en el regazo”, lo relató alguna vez la escritora. Tanto en “Crepúsculo” como en “Southern Vampire Mysteries” (“True Blood”), los vampiros han sido asimilados por el vecindario. No sin resquemores como sería lógico que sucediera en la vida real si los habitantes de la casa de al lado se alimentaran de sangre sintética y no pudieran salir de día porque terminarían achicharrados por los rayos solares. Mucha, demasiada sangre ha transcurrido desde que Bram Stoker sacara a la luz a su Conde Drácula. Si se observa con atención, los vampiros de la actualidad son bastante más poderosos que aquellos objetos literarios que dieron lugar a la leyenda tal como la conocemos hoy. En verdad, el vampiro de Stoker es un ser atormentado con extrañas habilidades (caminar por las paredes, por ejemplo) y bastantes puntos flacos. También el vampiro ideado por Polidori mostraba una marcada fragilidad. Los vampiros del nuevo siglo, en cambio son muy inteligentes y prácticamente indestructibles. Varios de ellos capaces de andar a plena luz del día y correr los 100 metros planos en 5 segundos. Fue Anne Rice, con su sobresaliente libro “Entrevista con el vampiro” de 1976, quien marcó un antes y un después en el desarrollo del género. Rice, ahora reconvertida a la fe católica, continuó la saga en títulos como “Lestat el Vampiro” y “la Reina de los Condenados”. En todos ellos los chupasangre poseen condimentos humanos y se debaten entre un apetito incontenible y la desesperación de saberse marginados y sin destino. Algo que también le ocurre a gran parte de la humanidad, dicho sea de paso. “Me siento impulsada a escribir, a convertir en real la vida emocional de mis personajes. Hago uso de una gran cantidad de detalles e intento colocar al lector en un camino que le permita entender el mundo en que éstos viven, aún cuando se trate de personajes fantásticos como vampiros y brujas. No sé exactamente que me motiva para escribir sobre estos temas. Me siento obligada a hacerlo y no analizo los porqués. Obviamente, veo a los vampiros como una metáfora de la soledad que habita en todos nosotros, de lo marginado, lo inaceptable. Y siento que escribir desde el punto de vista de un vampiro me permite explorar mi propia miseria y desesperación”, ha dicho Rice. En la reciente “Vampiros del Día” (Daybreakers) el mundo es una sociedad que ha dado un giro brutal. Ahora los raros y los enemigos son los humanos. Los vampiros determinan, con sus costumbres, el nuevo orden de la civilización. Este argumento vendría a ser el último escalón de un cuento milenario. ¿Si hemos llegado hasta aquí, ficcionalmente hablando, qué podríamos inventar en el futuro? ¿Que vuelta de tuerca nos queda? ¿Vampiros que quieren convertirse en hombres lobos y recibirse de abogados? ¿Hombres lobos perdidamente enamorados de vampiros? En eso estamos. La vida cotidiana relatada por el filme es una representación de un sistema mitológico que no padece del mayor dolor que un día debió soportar la posmodernidad: envejecer. Pero no envejecer ni morir tendría sus consecuencias. La locura, como testimonian Borges y Rice, es apenas una. Después de todo el deterioro es una herramienta de la muerte. Y si la muerte es sacada de la ecuación sólo queda la vida rebotando sobre sí misma. Como una pelota roja que golpea contra las paredes del infinito.


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