Inmigrantes y legalidad

Redacción

Por Redacción

mirando al sur

En los últimos meses, el mundo se sacude al ritmo del debate de las políticas inmigratorias de los países. Los gobiernos y la opinión pública de los países más prósperos del planeta se preguntan si continúa siendo rentable recibir masas de trabajadores no calificados y baratos de los países menos funcionales; y también países de economías precarias, como la Argentina, discuten la metodología de recepción de los inmigrantes de los países limítrofes y regionales: Perú, Bolivia, Paraguay, Colombia.

Por supuesto, preferiríamos que el mundo y la raza humana fueran justos: una política inmigratoria completamente libre, que todas las identidades y etnias circularan sin ningún tipo de restricción, que las fronteras sólo reflejaran los consensos internos de cada nación, el cual sería respetado espontáneamente por cada inmigrante hospitalariamente recibido.

Ni la vida ni el mundo son así.

No obstante, entre la caída del Muro de Berlín y la caída de las Torres Gemelas, la humanidad vivió una panacea de libre circulación y libre mercado como nunca antes en toda su historia. Pero el fundamentalismo islámico, con el atentado de 2001 ejecutado por Al Qaeda, aplicó el peor golpe a Estados Unidos, el líder de ese sistema de bienestar. El derribo de las Torres Gemelas fue el fin del sistema de libre circulación que había funcionado en buena parte del mundo entre 1990-2000; y también el germen de la crisis económica que se abatiría sobre las economías centrales y periféricas a partir de 2008, y de la que todavía no terminamos de recuperarnos.

Entre estos dos cataclismos, uno bélico y el otro financiero, era imposible que no se rediscutieran las políticas inmigratorias. Cuando un status quo beneficia a la mayoría, lo lógico es que esa misma mayoría intente sostenerlo; pero si una minoría logra quebrar el status quo, actuar como si nunca se hubiera roto, lejos de restaurarlo, lo arruina cada vez más.

La amenaza que representa el fundamentalismo islámico es radicalmente distinta de la delincuencia que puede perjudicar a los norteamericanos proveniente de los inmigrantes ilegales mexicanos, o la que puede perjudicar a los argentinos por parte de criminales de los países fronterizos o regionales. Pero aún así, los ciudadanos exigen de sus gobiernos que les resuelvan ambos dilemas.

Nuestra Constitución invita a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar nuestro suelo. Lo que no previno es cómo distinguirlos, ni qué hacer con los que no sean de buena voluntad. El mundo se está preguntando cómo lidiar con inmigrantes que no tienen el mismo concepto de buena voluntad que los países receptores. Considerar que este conflicto es discriminatorio, lejos de ayudarnos a restaurar el funcionamiento aceptable de 1990-2000, nos retrotraerá a políticas inmigratorias bélicas que no son ineludibles en este período. ¿Cuál sería el mejor modo de instrumentar políticas inmigratorias y circulatorias que garanticen el máximo de seguridad y de libertad?.

Evidentemente, el laisser faire, la falta completa de controles, no funciona. Considerar racista la elevación de un muro para impedir el acceso de inmigrantes ilegales es parte de los argumentos que contaminan en lugar de ayudar a resolver este debate.

Un muro no se opone a los inmigrantes en general, sino sólo a los ilegales. Y por antipáticas que sean las separaciones físicas entre países, ¿cuál es el argumento en contra? “No construyáis el muro para impedir que entren inmigrantes ilegales, seguid arriesgando vuestras propiedades para no resultar antipáticos”?.

Existe un problema de inseguridad real en el planeta; no es una sensación, como sugería Aníbal Fernández en la Argentina y, reitero, negarlo no hará que se diluya. Cada cual tiene su utopía de un mundo feliz y, en el camino, estamos obligados a convivir con lo posible, limitándonos a no convertirnos en un infierno para el prójimo. Mi utopía es un mundo de libre circulación de personas y bienes. Pero intuyo que para alcanzarlo no basta con repetir eslóganes que nieguen la realidad, sino enfrentarla como es y construir a partir de nuestras limitaciones, sin perder de vista, más allá, nuestros sueños.

El mundo se está preguntando cómo lidiar con aquellos inmigrantes que no tienen el mismo concepto de buena voluntad que los países receptores.

Un muro no se opone a los inmigrantes en general, sino sólo a los ilegales. Y por antipáticas que sean las separaciones físicas entre países, ¿cuál es el argumento en contra?

Datos

El mundo se está preguntando cómo lidiar con aquellos inmigrantes que no tienen el mismo concepto de buena voluntad que los países receptores.
Un muro no se opone a los inmigrantes en general, sino sólo a los ilegales. Y por antipáticas que sean las separaciones físicas entre países, ¿cuál es el argumento en contra?


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