José aún no puede hablar de Malvinas con sus hijos: “No me salen las palabras”

Redacción

Por Redacción

INGENIERO JACOBACCI (AJ).- “Siento que estoy en deuda con mis compañeros que quedaron en Malvinas”, señala con los ojos húmedos José Curiqueo, un protagonista de la guerra que se desarrolló en las islas del Atlántico Sur entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982.

Curiqueo es uno de los dos excombatientes que viven en Jacobacci y cada año, para esta fecha, lo invade una mezcla de raras sensaciones. En mayo de 1982, dos meses después de haber ingresado al servicio militar, le comunicaron que lo iban a trasladar a las islas donde se desarrollaba la guerra. Estaba en Río Gallegos y desde allí lo trasladaron en un avión Hércules. La aeronave tuvo muchas dificultades a la hora de aterrizar debido a que los bombardeos habían destruido la pista.

“Yo fui poco a la escuela y hasta que volvimos de la guerra no sabía que las Malvinas eran nuestras. El día que llegamos, la pista de aterrizaje estaba destruida. Dimos varias vueltas en el aire y pudimos aterrizar. Nos trasladaron a una iglesia y de allí nos llevaron a Puerto Argentino. Esa era nuestra posición. Ahí estaba el ataque aéreo más duro. Teníamos 18 años y sentíamos miedo. Hacía dos meses que estábamos en el servicio militar y prácticamente no teníamos instrucciones de cómo utilizar un arma. Estábamos con los fusiles FAL y con los cañones antiaéreos. Hacíamos lo que podíamos”, recuerda.

Curiqueo detalla que unas horas antes de que el entonces gobernador de las Islas Malvinas, Luciano Benjamín Menéndez, se rindiera, la Compañía de Artillería Antiaérea de Río Gallegos estaba preparada para ir al combate. Pero la explosión de una bomba cerca de la Gobernación cambió los planes y motivó el cese de las maniobras de combate.

“Fue muy triste cuando el gobernador decidió rendirse. Nos tomaron prisioneros durante cuatro días en un galpón. Nosotros no entendíamos nada. Nuestros captores nos hablaban en inglés y no entendíamos el idioma. Ahí comíamos lo que nos daban, que era lo que habíamos llevado nosotros y suero para tomar. Al principio no sabíamos si nos traían para Argentina o nos llevaban a un campo de concentración”, detalla.

Luego de ese episodio junto a otros excombatientes, Curiqueo fue trasladado en un buque hospital hasta Ushuaia y desde allí en avión hasta Río Gallegos.

Hoy, a 34 años de la guerra, resalta el apoyo que han tenido los excombatientes rionegrinos por parte del gobierno provincial, pero siente que en el ámbito local están un poco olvidados. Por eso cada 2 de abril se va a otra ciudad a reunirse con otros excombatientes. A pesar del paso de los años, la guerra le dejó secuelas emocionales muy fuertes. “Tengo tres hijos. Y la verdad no les he contado mi experiencia. Ellos saben que estuve en Malvinas, pero no saben lo que pasé. Por ahí me preguntan y no me salen las palabras para poder explicarles”, admite con la voz quebrada.

Este jacobacino siente que quedó en deuda con sus compañeros que se quedaron en Malvinas y es algo que no puede superar a pesar del paso del tiempo. Por eso, si tuviera la posibilidad de volver a las islas, lo haría con gusto. Pero no para pelear, sino para recorrer los lugares en los que estuvo y rendirle un homenaje a sus excompañeros que murieron defiendo la patria.

Esta noche participará de la fogata que los excombatientes realizarán en Bariloche.

A 34 años de la guerra


INGENIERO JACOBACCI (AJ).- “Siento que estoy en deuda con mis compañeros que quedaron en Malvinas”, señala con los ojos húmedos José Curiqueo, un protagonista de la guerra que se desarrolló en las islas del Atlántico Sur entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982.

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