Jugar con fuego en un polvorín



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SEGÚN LO VEO

Dijo una vez Bernard Lewis, un arabista británico que durante años ha sido muy influyente en Washington, que en el Medio Oriente muchos han llegado a la conclusión de que, como enemigo, Estados Unidos es un país poco temible, pero que como amigo suele ser traicionero. Aludía a la costumbre norteamericana de abandonar a su suerte a sus aliados, acusándolos, a menudo con razón, de ser sujetos corruptos y brutales y por lo tanto indignos de su apoyo. A diferencia de los imperialistas de otros tiempos, a los norteamericanos no les gusta establecer una presencia permanente en zonas conflictivas. Aun cuando queden por décadas, juran que sólo se trata de un arreglo pasajero. Tanto el presidente Barack Obama como su antecesor, George W. Bush, han aseverado repetidamente que las tropas saldrían cuanto antes de Irak y Afganistán, dejando todo en manos de las autoridades locales. Para los iraquíes y afganos que se preocupan por su propio futuro, saber que tarde o temprano los norteamericanos y sus socios europeos volverán a casa constituye un buen motivo para negarse a colaborar con ellos, o con un gobierno democráticamente elegido cuya supervivencia no está garantizada. Aunque Obama insiste en que Estados Unidos seguirá luchando contra los islamistas en Afganistán y las zonas fronterizas de Pakistán, quienes han trabajado con las fuerzas occidentales ya estarán preparándose para el día en que tengan que valerse por sí mismos. No pueden sino entender que tanto ellos como sus familiares corren peligro de morir en las matanzas que con toda seguridad seguirían a una retirada precipitada de la OTAN, sobre todo si sus nombres y apellidos figuran en aquellos documentos supuestamente secretos que acaban de difundir “The New York Times”, “The Guardian” y “Der Spiegel”. Por cierto, nadie ha olvidado lo que sucedió en Indochina después de la retirada de los norteamericanos: en Vietnam y Laos los muertos se contaron por centenares de miles; en Camboya por millones. Si los países occidentales quieren merecer el respeto de los habitantes del “Gran Medio Oriente” que se extiende desde las orillas del Atlántico hasta el mar de China, tendrán que mostrarles que toman muy en serio los compromisos personales. No es suficiente decirles que, siempre y cuando actúen como demócratas honestos, por encima de toda sospecha, podrían estar dispuestos a considerar la posibilidad de ofrecerles asilo si por alguna razón quisieran pedirlo. En sociedades premodernas, la lealtad puede significar la diferencia entre una vida tolerable y una muerte horrorosa; si los occidentales no lo entienden, no tienen derecho a sentirse sorprendidos cuando incluso personas que en otras circunstancias serían ciudadanos modelo los tratan como si fueran portadores de una enfermedad mortal. Ahora que los afganos saben que cualquier cosa que dicen podría ser difundida por internet, tienen aún más motivos para evitar toda forma de contacto con sus hipotéticos protectores. En el mundo democrático, los partidarios de la transparencia ya parecen haber ganado la batalla contra los defensores de cierto grado de confidencialidad. Merced a la proliferación de medios electrónicos, en especial de cámaras digitales conectadas con la internet, es cada vez más fácil mofarse de los intentos de controlar el flujo de la información. Si todos los países compartieran la misma cultura y las mismas normas, los únicos preocupados por el fenómeno así supuesto serían aquellos políticos, funcionarios, empresarios y otros que tengan algo para ocultar, pero sucede que en extensas regiones del planeta las reglas son radicalmente distintas. Donde mandan los talibanes, tratar de educar a una hija –y ni hablar de trabajar para el gobierno semidemocrático y corrupto del presidente Hamid Karzai– puede ser tomado por un crimen capital. Por un lado, el avance constante de las comunicaciones brinda a los demócratas que viven en países autoritarios la oportunidad para propagar sus ideas; por el otro, ayuda a los resueltos a identificarlos a ubicarlos y, desde luego, a silenciarlos. Si bien la filtración de más de 90.000 documentos militares por parte de los activistas de WikiLeaks y medios progresistas de Estados Unidos y Europa no ha aportado mucha información nueva, ha servido para llamar la atención al papel ambiguo de las poderosas agencias de inteligencia paquistaníes en que algunos funcionarios jerárquicos, obsesionados por el conflicto de su país con la India, apoyan a los islamistas más fanatizados. Tendrán razón Karzai, el primer ministro británico David Cameron y quienes escriben para “The New York Times”, que en los días últimos se han puesto a exigirle al gobierno paquistaní tomar medidas para poner fin al doble juego y se afirman indignados porque aún no lo hayan hecho a pesar de los miles de millones de dólares de ayuda que han recibido, pero acaso les convendría reconocer que los intentos de presionar al precario gobierno del presidente Asif Ali Zardari –viudo éste de la asesinada Benazir Bhutto– podrían resultarles contraproducentes. Si Zardari hiciera un esfuerzo vigoroso por eliminar a los islamistas que ocupan nichos en las fuerzas de seguridad, podría compartir muy pronto el destino de quien fuera su esposa. ¿Sería del interés de Estados Unidos y Europa que Pakistán, una potencia nuclear, cayera en pedazos? ¿O sería mejor resignarse a una situación que, conforme a las pautas occidentales, es escandalosa pero que así y todo es preferible a ciertas alternativas? En el Occidente, quienes apoyaron la guerra en Afganistán por entender que sería peligroso para ellos, y catastrófico para muchos afganos, permitir que una vez más dicho país fuera gobernado por talibanes despiadados e islamistas que sueñan con un “califato” universal se sienten frustrados por la incapacidad de la OTAN para derrotar a sus enemigos. Quienes nunca la apoyaron se sienten reivindicados. Aunque Obama parece haberse dado cuenta, un tanto tardíamente, de que son enormes los riesgos planteados por la combinación de militancia islamista, armas nucleares y la sensación generalizada de que la superpotencia que encabeza está batiéndose en retirada, dejando un vacío que otros procurarán llenar, ya no podrá revertir el proceso que él mismo puso en marcha a comienzos de su gestión cuando imaginaba que su propia presencia balsámica serviría, como dijo al convertirse en candidato presidencial del Partido Demócrata, no sólo para bajar el nivel de los océanos sino también para “sanar el planeta” de sus muchos males tanto ecológicos como políticos.

JAMES NEILSON


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