KEO, el monólogo frente al futuro

Por Tomás Buch

Los franceses, con esa mezcla de racionalismo y romanticismo que les es propia, han pergeñado un curioso proyecto, en el que invitan a participar a todos los humanos. La idea, cuyo nombre surge de los tres fonemas más frecuentes entre todos los idiomas, consiste en lanzar al espacio una botella, destinada a retornar a la Tierra dentro de 50.000 años, con los mensajes de los humanos de hoy a sus descendientes remotos. KEO es un pequeño satélite, compuesto de materiales destinados a soportar la radiante soledad del espacio durante un plazo diez veces más largo que la duración de toda la vida civilizada. En su interior llevará mensajes de todos los que quieran enviarlos, en cualquier idioma y sobre cualquier tema. Hay plazo hasta el 31 de diciembre; el sitio es: www.keo.org.

El artefacto será pasivo, es decir, no contará con fuentes propias de energía, porque la duración prevista para su misión es mucho mayor que lo que cualquier material no totalmente inerte puede soportar. Pero en cambio estará provisto de unas alas que, sin que nadie las vea, batirán al compás de las variaciones de temperatura. Su distancia orbital inicial será de unos 1.800 km, calculada para que en el juego de las perturbaciones a que se verá expuesta su órbita, se vaya acercando muy paulatinamente y caiga a la Tierra al cabo de cincuenta milenios. No está previsto que haya comunicación con el satélite antes de su caída, aunque, por supuesto, tal vez los métodos de detección de que se disponga mucho antes del plazo previsto permitirán «pescar» el KEO antes de que se precipite a Tierra. Si eso no ocurre, caerá envuelto en una especie de luminosidad proveniente de la desintegración de sus capas externas en la atmósfera, y si existen, los habitantes inteligentes y civilizados de la Tierra verán un bólido recorrer su cielo, y tal vez correrán a abrirlo.

Se encontrarán entonces con registros hechos con la tecnología de hoy, que se hará obsoleta en pocos años; por eso, para que puedan leerlos, se añadirán instrucciones para construir un lector de CD. El tema de la codificación de un mensaje para que una civilización no-humana pueda descifrarlo ya fue considerada hace años por Carl Sagan con destino a una civilización extraterrestre que interceptara la nave Voyager.

Supongamos que ello sea posible. Pero, ¿qué tenemos que decir a nuestros descendientes a través de un abismo temporal tan enorme? En forma anónima, los mensajes serán puestos en Internet para que lo sepamos, una vez que el KEO sea puesto en órbita por un cohete Ariane a fines del 2003.

El proyecto en su conjunto, lanzado en un momento como el presente, me sugiere una gama de lecturas y reacciones muy variadas, que van desde el cinismo total hasta una emoción romántica, con varias escalas intermedias.

Puesto en cínico, preguntaría quién saca algún provecho de una actividad tan absolutamente carente de sentido práctico, aunque de costo considerable. Enojado, diría que los europeos no parecen tener nada mejor en que gastar su dinero, que les sobra para despilfarrarlo en un proyecto tan quijotesco como éste. Relativista cultural, diría que nadie más que un europeo con una mala conciencia neocolonialista podría pensar que a un miembro de una tribu montañesa de Vietnam, a un indígena brasileño o a un desocupado argentino les interesaría comunicarse con el año 52.000. Moderadamente crítico, podría objetar que no hicieron una buena promoción que llegase a todos los rincones del mundo, ya que recién ahora, a dos meses de finalizar el plazo, nos enteramos de la existencia de una iniciativa que se quiere universal. Revolucionario, diría que sólo un mínimo porcentaje de nuestra humanidad desunida tiene la posibilidad aun teórica de hacerse oír por KEO, supuesto el caso de que quisiera hacerlo.

Pero también hay una parte mía que se conmueve con una emoción romántica ante la posibilidad de un monólogo introspectivo de la humanidad ante un futuro tan remoto.

¿Qué les diría yo a mis descendientes dentro de 50.000 años? Ese lapso es apenas imaginable. En un momento que se encuentra a esa distancia en el pasado, la mitad de la Tierra estaba cubierta de hielo y nuestros antepasados comían carne de mamut; aún faltaban muchos milenios para que algunos artistas pintaran sus obras en las paredes de las cuevas de Altamira. Probablemente tenían miedos y emociones similares a las nuestras, y trataban de sobrevivir en un mundo hostil, helado e inclemente. No logro formular qué podrían habernos dicho estos antepasados, sin caer en burdos anacronismos. Seguramente no podían imaginar un mundo tan diferente del suyo como es el nuestro. Pero el vertiginoso ritmo del desarrollo tecnológico de nuestro tiempo ha estimulado la imaginación de los autores de ciencia-ficción, que nos han pintado numerosas variantes, muchas de ellas con rasgos fantásticos, que incluyen la reingeniería de nuestros organismos.

Pero no me resulta posible imaginar un interlocutor ni una historia humana de semejante extensión. En 50.000 años hay tiempo suficiente para que se extinga nuestra especie, como lo hay para que se curen todas las heridas de varias guerras nucleares, solamente con que cada una de ellas deje algunos sobrevivientes. Si sólo operase la evolución natural, no habría cambios importantes en nuestra especie, ni tiempo para que seamos reemplazados por otra al estilo del «planeta de los simios»; pero ya no es imposible imaginar manipulaciones genéticas que den lugar a una especie artificial que sea muy distinta de nosotros. Todas las utopías y distopías inventadas por los autores de ciencia-ficción requieren plazos mucho menores, salvo aquellas que involucran la «conquista de las estrellas», en las que la humanidad se ha extendido sobre incalculables imperios galácticos y convive con extraterrestres de diferentes layas, entre los que nunca faltan algunos telépatas ni emperadores con rasgos medievales.

Las utopías siempre están basadas en la negación de aquellos aspectos de la realidad vigente que no nos gustan. Por lo tanto, no es difícil imaginar un mundo pacífico y solidario, donde todas las especies conviven sin agredirse más de lo necesario, a pesar de que tal futuro resultase un poco aburrido; sin embargo, lo difícil es imaginar la transición que nos llevará hacia ese mundo pacífico; en eso, el enorme plazo nos exime de esta tarea.

Es probable que la mayoría de los mensajes que lleve el KEO sean triviales. No me enorgullezco de la impresión que los futuros terrícolas han de recibir de nuestras ideas, aunque confío en que tal vez se incluya alguna que sea relativamente inspirada y trascendente. Para ello debería ir mucho más allá de las fantasías tecnológicas más descabelladas, e ingresar al terreno de la evolución espiritual de la humanidad, un terreno lamentablemente bastante desprestigiado por la acción de tantos hipócritas, fanáticos y delirantes, y aun por muchos posmodernos apurados por alcanzar una «iluminación instantánea» en el supermercado de las «ofertas» pseudoespirituales. En este momento se me ocurre: tal vez envíe estas líneas a KEO… tienen justo la extensión adecuada: 6.000 caracteres.


Adherido a los criterios de
Journalism Trust Initiative
Nuestras directrices editoriales
<span>Adherido a los criterios de <br><strong>Journalism Trust Initiative</strong></span>

Formá parte de nuestra comunidad de lectores

Más de un siglo comprometidos con nuestra comunidad. Elegí la mejor información, análisis y entretenimiento, desde la Patagonia para todo el país.

Quiero mi suscripción

Comentarios

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Ver Planes ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora