La amiga brasileña

Redacción

Por Redacción





El que virtualmente todos afirmen que es muy significante que la flamante presidenta brasileña, Dilma Rousseff, haya elegido la Argentina como destino en su primera excursión al exterior luego de iniciar su gestión nos dice mucho acerca del estado de ánimo de la dirigencia política nacional. En vista de la proximidad física de los dos países y de la importancia para ambos de la relación bilateral, es perfectamente natural que Rousseff no haya tardado en visitarnos, pero parecería que últimamente se ha intensificado la sensación de que la Argentina está quedando aislada en el escenario planetario, de suerte que para algunos es motivo de alivio saber que por lo menos los brasileños no se han propuesto boicotearnos. Puede que el temor en tal sentido sea exagerado, pero no cabe duda de que, a partir del default, la Argentina ha dejado de ser considerada una potencia regional clave por los norteamericanos, europeos y asiáticos. En cambio, el prestigio internacional de Brasil ha aumentado tanto que a juicio de muchos ya está en condiciones de desempeñar un papel decisivo en los asuntos mundiales. La divergencia así supuesta se debe a que, a pesar de los esfuerzos poco felices del entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva por seducir a los teócratas iraníes, Brasil ha adquirido la reputación de ser un país previsible que respeta las reglas, tanto las escritas como las no escritas, que rigen en el mundo que efectivamente existe, mientras que la Argentina sigue mofándose de ellas como si el gobierno quisiera impulsar una alternativa al sistema internacional imperante.

El encuentro de las presidentas Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner, además de los de funcionarios de sendos gobiernos, se vio dominado por cuestiones económicas. Puesto que a su modo ambas mandatarias son mercantilistas, Cristina pudo dar por descontado que la mejor forma de atenuar los problemas ocasionados por un déficit comercial enorme –ya se acerca a los 4.000 millones de dólares anuales– consistiría en firmar una multitud de acuerdos políticos destinados a posibilitar un mayor equilibrio. Por lo demás, el déficit ha crecido mucho cuando de acuerdo común el real brasileño se ve groseramente sobrevaluado; de ocurrírsele a Dilma devaluarlo, como insinuó en el transcurso de su exitosa campaña electoral, aumentaría todavía más. Aunque, desde su triunfo electoral la presidenta brasileña ha jurado que no devaluará, todos los gobernantes del mundo hablan así aun cuando ya hayan llegado a la conclusión de que les convendría una moneda menos fuerte.

El déficit comercial con Brasil constituye un problema grave, de eso no cabe duda, pero no se trata de uno que pueda resolverse de manera satisfactoria mediante convenios políticos porque es consecuencia de la falta de competitividad de nuestras empresas industriales, de las que muy pocas son capaces de exportar a los mercados internacionales más exigentes. Para lograrlo, sería necesario fomentar la creación de un clima de negocios propicio para que los empresarios inviertan mucho más, algo que se resisten a hacer por entender que aquí el panorama ante ellos podría cambiar de la noche a la mañana por un capricho del secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, por una nueva ofensiva sindical o porque el gobierno decidiera ensañarse con empresarios determinados por razones supuestamente ideológicas. Que los “capitanes de la industria” locales, además de quienes podrían calificarse de tenientes y suboficiales ambiciosos, actúen así es natural, ya que la experiencia les ha enseñado que siempre les conviene aprovechar al máximo las oportunidades para lucrar, sin pensar demasiado en el largo plazo. Modificar dicha mentalidad, que está compartida por el gobierno kirchnerista, no será del todo fácil hasta que la clase política nacional se convenza de la importancia fundamental de la seguridad jurídica y de la necesidad de que el país cuente con una estrategia económica consensuada que, como la de los gobiernos centroizquierdistas de Brasil, se base en el reconocimiento de que el sector privado siempre será el motor principal del crecimiento y que por lo tanto hay que asegurarle condiciones que le permitan funcionar con la misma eficacia que sus equivalentes de otras latitudes.


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