La amistad: más allá del saber, del deseo y del poder





¿Por qué nos es tan preciada la amistad?. Porque en principio, es la relación que está situada al margen de los vínculos biológicos, es decir que no está condicionada por lazos familiares. Se podría decir, que se trata de una relación que no tiene función preestablecida, que es indeterminada, y que por lo tanto es un espacio social de libertad por excelencia.

Por eso algunos la han puesto en relación de equivalencia con lo terapéutico. Como quien tiene buenos amigos no necesita de un terapeuta para resolver sus problemas.

Allí donde no hay un dictamen de la herencia, ni el de los dones de la vida -que nos ubica en el lugar de deudores por haber recibido con creces mucho más de lo que podemos dar-, lo que vincula es la reciprocidad, el don de sí, el don de nosotros mismos como seres humanos.

Por ello no habría que buscar amistad en las relaciones entre padres e hijos. Ellas están atravesadas por el deber y la responsabilidad que implican el haber dado y recibido la vida. No habría que buscar la amistad en las relaciones entre maestros y alumnos, ya que ellas están atravesadas por el saber y el mandato de la transmisión. No habría que buscarla en la relación entre los sexos, porque como bien lo dice la sabiduría popular -”no puede haber amistad entre hombres y mujeres”- están atravesadas por la posibilidad persistente del deseo. Y donde hay deber, saber y deseo, también puede abrirse camino el poder.

Y el poder, todos sabemos, está en el camino inverso de la amistad.

Hay muchos ideales puestos sobre la amistad. Basta tan solo escuchar canciones y poemas para percibir las formas de idealización de la amistad. La amistad es uno de los conceptos más puros entre los imaginarios sobre las relaciones humanas. Es sobre todo, un ideal que depositamos en otro, del que esperamos identidad, semejanza y reciprocidad. Por ello se resiente y devalúa cuando el deber, el deseo o el poder interfieren en ella.

Pero también es cierto que la pasión no puede estar al margen de ninguna relación humana. Como tal, pone al descubierto nuestros vínculos más primarios, los hace emerger y a veces la contamina.

Solo cuando ni el saber, o el deseo o el poder la tocan, sigue siendo parecida a un ideal. Por eso difícilmente resiste al embate de nuestros deseos, ni de nuestras necesidades más narcisistas. Quiere estar al margen de ellos, quiere ser sujeto y no solo un objeto.

Tiene un equilibrio delicado, no es del todo verdad, como tendemos a creer, que todo lo soporta. Eso solo puede ser el anhelo que nos queda del amor de nuestras madres, pero no tiene por qué tener relación con el amor de los amigos. Por el contrario, se sostiene sobre nuestros ideales más preciados, uno de ellos es no hacer a otros lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros mismos. Por lo cual, como en el enamoramiento, cuando este ideal se agrieta, el lazo se debilita. “Ya no es como antes”, suele decirse de una amistad.

Se alaba su solidez, su inestimable continuidad en el tiempo, su aparente indestructibilidad. Pero esto se apoya en ideales imaginarios, por lo tanto, no conviene que abusemos de ellos.

Se trata -nada más ni nada menos- de una relación humana, no menos expuesta a los conflictos ni a las pasiones que cualquier otra. Pero como no la obliga ni el deber, ni el saber, ni el poder, es demasiado libre. Por lo tanto, mucho más frágil. Y hay que cuidarla más que a ninguna otra.

Lic. Marcia Maluf

Psicoanalista de la Fundación Buenos Aires

www.fundacionbsas.org.ar


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