La Argentina, entre el crecimiento y la fantasía
Por Andrés Oppenheimer
Eureka! ¡Paren las prensas! La Argentina está celebrando una recuperación económica que, de ser real, sería la primera de su tipo: probaría que un país puede suspender parte de su deuda externa, insultar a sus acreedores, rechazar las condiciones de las instituciones financieras internacionales e iniciar un crecimiento duradero.
¿Estamos frente a un nuevo descubrimiento económico? Si uno escucha al ministro de Economía argentino, Roberto Lavagna, parecería que sí.
Lavagna dijo en un artículo publicado esta semana en el diario argentino «La Nación» que la economía argentina está repuntando nuevamente tras la devaluación del 70% del año pasado. El país vivió una de las crisis más graves de su historia después de que el ex presidente Adolfo Rodríguez Saá decretó la suspensión de pagos de la deuda externa, en medio de eufóricos cánticos de «¡Argentina!, ¡Argentina!»» en el Congreso Nacional.
Según Lavagna, el gobierno del presidente Eduardo Duhalde ha superado la crisis y dejará una sólida base económica a quien resulte ganador de las elecciones presidenciales fijadas para el 27 de abril.
El ministro dijo que la economía creció por cinco trimestres consecutivos, la producción industrial aumentó un cuatro por ciento anual después de cuatro años de recesión y el desempleo empezó a disminuir.
«Solos, sin ninguna ayuda internacional hemos empezado a salir adelante»», dijo Lavagna. «Derrotamos la idea de la hiperinflación y la del colapso total del sistema económico y financiero. Como sociedad mostramos que la idea de la recuperación efímera era errada y que estamos en un proceso de durable recuperación»».
La mayor parte de los empresarios argentinos es optimista de que el país está volviendo a levantar vuelo, aunque añaden de que se trata de un repunte relativo, considerando que la economía cayó un 12% el año pasado. Algunos respetados economistas norteamericanos que visitaron la Argentina la semana pasada comparten dicho optimismo.
«Volvemos de unos días en Buenos Aires con la confianza reforzada en la solidez de la recuperación económica que se está dando»», escribió Michael Gavin, economista director de América Latina para la empresa financiera UBS Warburg, en un comunicado a sus clientes. «Los interrogantes sobre el mediano plazo no parecen ser un obstáculo para que continúe la recuperación este año»».
«La gente todavía está enojada y deprimida, pero el miedo a que las cosas empeoren aún más en los próximos meses parece, a nuestro juicio, haberse disipado»», continuó Gavin. «Esto se debe a que, contrariamente a lo que uno podía prever, y casi sin ayuda del Fondo Monetario Internacional, el gobierno de Duhalde se las ha arreglado para restaurar una considerable estabilidad monetaria en el país»».
Miguel Díaz, especialista en América del Sur del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, con sede en Washington DC, es menos optimista.
«La recuperación económica es una ilusión»», me dijo Díaz ayer a su regreso de un viaje a la Argentina al frente de una delegación del Congreso norteamericano. «Las estadísticas son superficiales: no tienen en cuenta el hecho de que el país debe casi $150.000 millones y que soporta un grave problema de credibilidad, tanto ante sus ciudadanos como ante la comunidad internacional»».
Espero estar errado, pero el sentido común me dice que hay algo de cierto en el diagnóstico de Díaz. Aunque el FMI y el gobierno de Bush son culpables de no haber hecho más para ayudar a la Argentina a salir de la peor crisis de su historia reciente, su incipiente triunfalismo podría ser igualmente peligroso.
La economía de los países es como la economía de las personas. Si yo dejara de pagar mis deudas, obviamente tendría más dinero disponible para comprar comida o ir al cine. Pero, con el tiempo, se quemarían los bombillos de luz de mi casa y se me fundirían los aparatos eléctricos y la computadora que uso para trabajar.
Y si ningún banco me diera crédito debido a mi decisión anterior de sólo pagar una parte de mis deudas, y mis acreedores me vieran como un cliente errático, no tendría dinero para reemplazar los artefactos que dejaron de funcionar. Así pues, tras un corto «veranito»», terminaría viviendo en la oscuridad.
El peligro para la Argentina es que, a medida que nos aproximamos a las elecciones de abril, vuelva a caer en una falsa ilusión de prosperidad y los candidatos presidenciales prometan mejores tiempos para todos, en lugar de decirle al pueblo la triste realidad: que no habrá una recuperación real hasta que el país solucione su problema de credibilidad.
Sólo cuando empiece a cortar los subsidios otorgados por clientelismos políticos y llegue a un acuerdo definitivo con sus acreedores internacionales, los inversionistas -empezando por los propios argentinos- se sentirán suficientemente confiados como para traer su dinero de vuelta al país, pagar sus impuestos y ponerlo de nuevo en marcha. El resto es mera ilusión, o alquimia económica.
Eureka! ¡Paren las prensas! La Argentina está celebrando una recuperación económica que, de ser real, sería la primera de su tipo: probaría que un país puede suspender parte de su deuda externa, insultar a sus acreedores, rechazar las condiciones de las instituciones financieras internacionales e iniciar un crecimiento duradero.
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