La ciudad como historia y posibilidad

Por momentos, en la ciudad de Neuquén (o en algunas de sus voces más reconocidas, para ser un poco más precisos) se instala la idea de que el equívoco desarrollo urbano debiera consolidarse sobre una especie de «orden suficiente, ideal o simétrico».

Esta idea se vuelve determinante y se actúa en consecuencia: es como si todo fuese posible a partir de ella. Esta perfecta imagen, que se ve apoyada en la clásica proclama de una «planificación orgánica de la sociedad», adolece (entre otras cosas) de lo que es quizá el resultado de visiones un tanto esquemáticas de la ciudad: las condiciones históricas y de posibilidad del desarrollo urbano en la ciudad de Neuquén.

Aquellos buenos «criticólogos» (poseedores de una verba intachable e intransigente) esconden en el fondo lo que es (en el mejor de los casos) una tendenciosa desviación del problema en cuestión (es como si no se dijese todo lo que se debería decir para comenzar siquiera a postular el problema en cuestión). Aquéllos dicen: «Neuquén necesita de nuevos espacios verdes», «Neuquén necesita de nuevos emprendimientos productivos, capaces de dar cuenta de los tiempos que corren», «Neuquén necesita de nueva iluminación», «Neuquén necesita más asfalto», «Neuquén necesita mirar al río», «Neuquén necesita más brillo», etc. Lo que se propone siempre se contrapone a lo que se venía haciendo o si no (en el mejor de lo casos) se dispone o complementa de forma distinta. Nunca hay algo más, ni se dice algo más.

Todo queda allí, como estancado, como si fuese todo lo que hay que decir y hacer: nunca se discute nada más. Lo paradójico, en este caso, es el reiterado y estéril ejercicio del buen «criticólogo» (ya que es sólo eso: pasar de una crítica a otra, de un ejercicio examinador a otro, sin ningún tipo de miramiento. Es la crítica por la crítica misma; resulta, en el peor caso, la profesionalización de la crítica in-fundamentada (más allá del simple hecho intencionado y calculado).

La ciudad de Neuquén se articula sobre una base de acuerdos posibles (consensos) implícitos o explícitos en la mayor parte de su espacio; esto es, se traduce ligeramente en que nadie va a ser capaz de hacer algo sobre aquello de lo que no esté convencido. Esta suerte de presupuesto básico se hace evidente en casos donde la acción individual o colectiva sobre el marco urbano se ve como antojadiza, presupuesta, inexplicable, cuestionable o necesaria, según quién la observe detenidamente. La acción (el acto concreto) excede los marcos urbanos, ya que es sólo el lineamiento formal que marca ciertos tramos para el común circular de la gente (es sólo el límite de la acción reglada).

De manera que el planteo resulta evidente: es en las condiciones históricas y de posibilidad de ciertas formas prescriptas donde hay que buscar las fallas del accionar defectuoso, más que en una especie puesta al día «formal» o visión idealista del orden social. Son las condiciones (los determinantes) que se proponen desde cierta perspectiva, más que una falta de rigor (o inacción recurrente), las que están fallando.

En ese sentido solamente, el planteo es bastante elocuente también: se prefiere un orden social reaccionario, restringente, donde cualquiera puede ser visto como un potencial transgresor de cualquier cosa o, en el mejor de los casos, se prefiere un orden social multitudinario donde se busque sólo generar las mejores condiciones para poder vivir.

En todo caso, y una vez más, es la historia la que marca (siempre) la posibilidad de que emerja otro modelo (arquetipo) para el mejor vivir, donde todo pueda ser pensado y reconstruido (sobre las bases de éste) de otra manera. En conclusión, el orden debe al des-orden su falta de adecuación sobre éste: éste es el verdadero (y único) sustrato del problema en cuestión.

 

MARTA BUFFOLO (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Concejal de la UCR de Neuquén. Arquitecta.


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