“La Ciudad de los Césares”



Dormida en la Patagonia,/ entre las cumbres de fuego/ con sus murallas fulgentes/ y gallardetes al viento/ vieja Ciudad de los Césares/ ¡qué profundo es tu misterio!”. “La buscada por Mascardi/ -la niña de sus anhelos/ son de oro sus almenares/ y dorados sus destellos/ vieja ciudad de leyendas/ entre celajes y velos”. “Sus torreones a la vista/ de tantos aventureros/ cuajada de pedrerías/ la imaginan los viajeros/ ciudad de los hombres blancos/ recóndita de secretos”. “Hombres de yelmo bruñido/ brillarán con sus aceros/ arriba de sus murallas/ hábiles arcabuceros/ en las torres de piedra ondean/ sus oriflamas al viento”. “No olvidada por los siglos/ áurea reposa sus sueños/ con las altas araucarias/ desvelado magisterio,/ ciudad de tantas leyendas/ allá cordillera adentro”. “Buscadla como Mascardi/ para beber su misterio/ su ámbito es el horizonte/ su existencia los anhelos/ ciudad perdida y arcana/ de aquellos hombres primeros”.

Carlos Casalla, el creador del incomparable Cabo Savino entre otras famosas historietas, relata en su interesante libro “El gran lago” que “fue a fines de diciembre de 1620 que el virrey ordenó el cruce de la cordillera, para explorar la meseta patagónica con la finalidad de ubicar la “Ciudad de los Césares” encomendando Diego Flores de León para esa expedición al capitán Juan Fernández”. Al respecto de dichas expediciones al lago Nahuel Huapi desde Chile, la mayoría con esa misma finalidad, están narradas por el doctor Gregorio Alvarez en sus libros sobre Neuquén, aportando datos inéditos y abundante bibliografía.

Don Marcelino Castro García explica que “esta leyenda tuvo su origen en el relato de un tal Francisco César. Este era capitán de la expedición al Plata de Sebastián Caboto (1528). César se adentró en el territorio para explorar llegando hasta las actuales provincias de Mendoza y San Luis. Los indígenas le hablaron de una gran civilización y de una gran ciudad que existía varios días de marcha más hacia dentro todavía”.

Y agrega que “a su regreso se difundió lo escuchado a los indios, con el agregado de que habían visto grandes riquezas en oro, plata y piedras preciosas, comenzando a ubicar la encantada ciudad más hacia el sur del punto alcanzado por César”.

La Patagonia, ya tierra de leyendas precursora desde los antiguos cronistas del realismo fantástico con Francisco de Pigafetta encabezando la zaga, fue motivo con la “Ciudad de los Césares” de las más deliberantes descripciones y fantasías.

El ya mencionado Marcelino Castro García haciendo un compendio de todos estos escritos y crónicas dice que “la ciudad era tan grande que se tardaban dos días en cruzarla. Los edificios estaban hechos en piedra labrada al estilo de España y ricamente adornados con plata, oro y piedras preciosas. Estaba rodeada de estancias con frondosos bosques, verdes praderas con toda clase de ganados y plantas frutales de exquisito sabor. El clima era fresco y saludable, de modo que sus habitantes no sufrían enfermedades”.

Más adelante, describiendo las características de sus habitantes dice que “los pobladores eran tan ricos, que hasta los asientos estaban hechos de oro y plata. Usaban vestidos de color amarillo y azul con sombreros de tres picos y botas altas. Eran de ojos azules, rostro blanco y espesa barba y gozaban de larga y descansada vida”.

Y termina diciendo para cerrar su amena crónica que “los españoles, fascinados por tanta riqueza y bienes, emprendieron sacrificadas expediciones en su busca por cerca de trescientos años. Si bien no encontraron la encantada ciudad, estos viajes enriquecieron los conocimientos geográficos de la época”.

Con respecto al origen de su nombre, algunos historiadores suponen que a sus habitantes se los denominó “Césares” por ser súbditos del emperador Carlos V, llamado por su poder “el César”.

En el interesante libro “Colón llegó después”, su autor afirma con respecto a la leyenda de esta fabulosa ciudad que “los indios, cuya lengua aprendieron rápidamente los náufragos, (se refiere a los sobrevivientes de la flotilla de Juan Díaz de Solís), les dijeron que el metal no provenía ni de la isla ni de la costa adyacente, sino de los dominios del Rey Blanco, cuya capital, en la que había palacios de piedra recubiertos de oro, estaba situada en la montaña, a orillas de un lago inmenso. Se llegaba a ella remontando un río que corría por el interior de las tierras y atravesando después una región particularmente inhóspita”.

Y más adelante agrega que “Alejo García, portugués al servicio de Castilla, decidió lanzarse a su vez a la aventura, en compañía de tres españoles y un pequeño grupo de indígenas. En 1521 cruzó el Guayrá sin grandes dificultades, gracias a un camino bien trazado, alcanzó Paraguay, donde reclutó a unos dos mil indios, y se encaminó después “hacia poniente”, para “descubrir y reconocer esas tierras en que se usaban hermosos vestidos y cosas de metal, tanto para la guerra como para la paz”.

Se sabe que fueron muchas las expediciones de los españoles para conquistar las tierras fabulosas, pero muy reales, del Rey Blanco. Ayolas relata que “la capital de los palacios de oro, poblada por hombres de grandes orejas, estaba situada en la Isla del Paraíso, en medio de un gran lago, no lejos de las aldeas de las mujeres sin marido”.

Algunos historiadores contemporáneos especulan que los pobladores de la mítica “Ciudad de los Césares” podrían haber sido caballeros celtas, de la misteriosa Orden del Temple, debido a varios hallazgos arqueológicos, que exportaron a Europa sobre todo la plata que extraían de precarias minas de América.

Según don Marcelino Castro García “otras versiones posteriores aseguraban que la hermosa ciudad había sido fundada por los incas peruanos, que huyeron de los conquistadores Pizarro y Almagro, llevándose sus riquezas en oro y plata hacia el sur”.

Afirma asimismo Carlos Casalla que en “la cuarta expedición de Menéndez recibió la noticia de una fabulosa ciudad, con un gran jefe blanco y que entusiasmado trató de aclara ese rumor, pero sufrió una gran decepción… los indios se referían a Villarino y a la ciudad de Buenos Aires.”

Y cierra diciendo que “con esto acabó la leyenda sobre “La Ciudad de los Césares”, la de mayor fuerza entre los mitos americanos con casi 200 años de viajes, sacrificios y muertes.”

Patagonia, tierra de leyendas, mágica en su entorno subyugante, descripta acaso por el poeta Horacio Fernández, Beschtedt: “Reino de la montaña/ que defiende alimañas/ y tardío anochece;/ donde el guanaco trajina/ de colina en colina/ y la mutilla crece. Altitud desmedida, panorama sin vida,/ castillos siderales;/ palacios de leyenda,/ que surgen en la senda/ de piedras y escoriales”.

Jorge Castañeda


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