La Ciudad de los Césares



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Desde comienzos del siglo XVI, españoles ávidos de botín están buscando la Ciudad de los Césares en la tierra que, andando el tiempo, pertenecería a la Argentina. Siempre creyeron que estaría en algún lugar de la Patagonia y que, si la encontraran, se harían milagrosamente ricos, de ahí el júbilo que sintieron cuando por fin sus exploradores se toparon con un depósito inmenso de petróleo y gas atrapado en una formación rocosa de Neuquén. Si bien no se trataba de una ciudad, les parecía un sustituto más que adecuado, ya que podría valer centenares de miles de millones de dólares. Pero, como ha sucedido con cierta frecuencia a los españoles en esta parte del mundo, los nativos los madrugaron. Al grito triunfal de “el petróleo es nuestro” y “vamos por todo”, los privaron del hallazgo para entonces entregarse a un festín patriótico en que se felicitaron por haber recuperado lo suyo. El pueblo, al que le encantó lo que sucedía, aplaudió la rebelión de su jefa contra el yugo colonialista que procuraban restaurar los descendientes de los conquistadores y se mofó de las amenazas tremendas proferidas por los derrotados que se retiraban del escenario. ¿Qué pueden hacer ellos? El consenso popular es que no pueden hacer nada. Los españoles, dolidos por este nuevo revés a manos de personas que suponían eran sus aliados estratégicos, parientes cercanos y amigos íntimos, quieren vengarse. Con tal propósito están pidiendo a sus socios imperialistas de la Unión Europea y Estados Unidos ayudar para castigar a quienes acaban de birlarles la fortuna que habían descubierto. Han cosechado una cantidad impresionante de declaraciones de solidaridad en que funcionarios británicos –los que como es natural están celebrando la transformación de España de un país propenso a favorecer las pretensiones argentinas en uno decidido a frustrarlas–, además de franceses, italianos y norteamericanos, dicen lamentar la conducta a su juicio alocada de Cristina y su monje negro actual, el joven “marxista” Axel Kicillof. Para uno de los medios que se sienten comprometidos con el espíritu liberal globalizador, el “Wall Street Journal”, les corresponde a los “países civilizados” expulsar a la Argentina del G20, aquel foro en que la presidenta suele disfrutar sermoneando con la altanería que tanto le gusta a los demás dirigentes supuestamente importantes acerca de sus lamentables pecados ideológicos. Sea como fuere, por ahora sólo está en su fase preparatoria la contraofensiva diplomática, comercial y financiera que con toda seguridad impulsarán los asustados por la posibilidad de que otros gobernantes opten por hacer la gran Cristina con el objetivo de congraciarse con la población local y, mientras tanto, apropiarse de más dinero. Cuando finalmente se ponga en marcha, podría ocasionarnos muchas dificultades, pero felizmente para el gobierno la mayoría está acostumbrada a vivir al filo de la miseria y, de todos modos, el país se ha visto “aislado” desde hace tiempo por lo que dicha condición ya no motiva angustia. Tampoco dolerá demasiado la merma previsible de inversiones productivas. Como nos explicó hace algunas semanas el interventor nominal de “la nueva” YPF, Julio De Vido, al quejarse porque quienes lo criticaban con virulencia por lo terribles que eran los servicios ferroviarios olvidaban que todos los días millones de personas llegaban sanas y salvas a su destino, la gente no se siente conmovida por lo que no ocurre. El cierre de una sola fábrica dará lugar a protestas ensordecedoras, pero nadie soñaría con organizar una manifestación pública para repudiar con la misma virulencia la ausencia de miles de empresas florecientes que existirían de haber recibido el país una tajada mayor de las inversiones –argentinas o extranjeras, da igual– que hubieran venido si no fuera por el temor a la arbitrariedad y a la rapacidad de sus gobernantes. Así y todo, aun cuando las eventuales represalias españolas, europeas y norteamericanas resulten inútiles –como nos recuerda el refrán, no sirve para nada azotar un caballo muerto–, andando el tiempo los enojados con los kirchneristas podrían tener motivos de sobra para sentirse satisfechos. Todo hace prever que “la nueva” YPF termine como “la vieja”, cuya privatización fue festejada por Néstor Kirchner y Cristina y por muchos otros porque, según un especialista venezolano en las vicisitudes del negocio petrolero, había degenerado en “la compañía peor manejada en la historia del mundo”. Para que recupere su estado anterior será suficiente entregarla a los muchachos y muchachas de La Cámpora, cohortes de sindicalistas y empresarios “expertos en mercados regulados”, o sea cortesanos que entienden cómo sacar provecho de las oportunidades brindadas por gobiernos corruptos. Explotar Vaca Muerta para que rinda las riquezas escondidas en sus entrañas no será del todo sencillo. Sería necesario invertir miles de millones de dólares y tener acceso a la tecnología más avanzada y a maquinaria sumamente sofisticada que, mal que le pese a Guillermo Moreno, tendría que ser importada. Por lo demás, aunque siempre y cuando los precios del petróleo y gas se mantengan muy altos extraerlos del esquisto y arcilla bituminosa será rentable, si –el progreso científico mediante– pueden aprovecharse a un costo cada vez menor los depósitos que ya se han encontrado no sólo aquí sino también en Estados Unidos, China, el Reino Unido, Australia, Canadá, Alemania e incluso Israel, una consecuencia de tal hazaña sería una abundancia de combustible que, desde luego, lo haría mucho más barato. Por cierto, si, como algunos vaticinan, Estados Unidos pronto logra autoabastecerse, liberándose así de sus “socios” problemáticos del Oriente Medio y Venezuela, el petróleo, convencional o no, vería disminuida radicalmente su importancia comercial actual. Ya no se trataría de oro negro sino, a lo sumo, de hierro negro. Sería como si hubieran tenido éxito aquellos alquimistas medievales que soñaban con convertir sustancias comunes en oro; luego de enriquecerse los pioneros, al enterarse otros de sus secretos, el metal codiciado hubiera perdido casi todo su valor por una cuestión de oferta y demanda, destino éste que, tal y como están las cosas, podría ser el del “shale oil” neuquino a menos que los deseosos de sacarlo resulten ser tan eficaces como los norteamericanos, europeos y chinos, lo que, a juzgar por sus antecedentes, no es muy probable.

JAMES NEILSON

SEGÚN LO VEO


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