La ciudad se fragmenta

Neuquén, como muchas, es una ciudad dividida, seccionada entre ricos y pobres. En otros tiempos, los de Felipe Sapag, cuando el Movimiento Popular Neuquino encaramado en el gobierno se ocupaba de que la gente del pueblo tuviera satisfechas sus necesidades de trabajo, salud, educación y vivienda, esas diferencias, que existían porque como dijo Carlos Menem «pobres habrá siempre» (e igualmente ricos, que si no los hubiera no habría pobres), no se notaban porque, si bien los territorios eran separados, en algunos casos se tocaban y, además, la gente se mezclaba de paseo por la avenida Argentina, o de compras en el Bajo.

De entonces a ahora han pasado décadas. Ahora hay ricos más ricos y pobres más pobres. La oferta de empleo se recupera de a poco, pero en décadas de gobiernos salvajes ha aparecido un nuevo oficio, el del delito contra la propiedad, cuyos portadores lo prefieren porque rinde más con menor esfuerzo. Es como el capital financiero, con la sola diferencia de que éste es legal.

Ese nuevo oficio, que no perdona a nadie, es un primer factor de inseguridad. Se le suman el estado de crisis de la educación, la salud, ciertos servicios como el de agua. El agua, el aire, el fuego eran como dioses en los tiempos primitivos. Y ahora en Neuquén, donde el agua nos rodea, el agua no alcanza en el verano. ¿Se acabará el aire, también?

Como cualquiera puede verlo, vivimos en medio de un desierto. Cruzando el puente sobre el Limay que hizo un particular, el doctor Lembeye (demostrándole así al Estado torpe y corrupto qué sencillo es construir una obra de interés público), uno puede subirse a una loma y, mirando hacia el sur, contemplar la infinita planicie patagónica. Pero, en la ciudad de Neuquén, hay miles, decenas de miles de seres humanos que no tienen donde vivir decentemente. Entonces, como todavía respetan la propiedad privada, se instalan en la tierra pública. Por lo general las «tomas» respetan los espacios públicos de los barrios residenciales, pero en ocasiones no. Es lo que pasa, por ejemplo, con la «toma» de la calle Gatica y el «arroyo» Durán, que en realidad es ya un desagüe fétido. Los vecinos establecidos se oponen y reclaman el desalojo porque quieren que el terreno sea un parque público. Algunos, además, dicen que entre los ocupantes hay delincuentes que roban en las propiedades de la zona. Los ocupantes contestan: están cansados de esperar.

La seguridad, condición indispensable para vivir en paz, se ha esfumado. Todos los derechos que reconoce y «asegura» la ley suprema neuquina desde su sanción de hace medio siglo -a la propiedad privada, a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo-, no son más que un papel devaluado. El estado de bienestar murió. Lo que queda, en Neuquén, son los restos del saqueo.

 

Encierros

 

Todo lo sólido se vuelve frágil cuando la inseguridad domina. Los seres humanos tendemos a encerrarnos cuando en el «afuera» sospechamos la presencia de un enemigo. Lo que hacemos en nuestras casas es poner alarmas, cerraduras dobles en las puertas, rejas, perros feroces, luces nocturnas. Al salir, de noche más que de día, echamos una mirada sobre la calle para verificar si está libre de enemigos agazapados. No faltan los que sueñan con que el barrio se cierre.

Para los que pueden pagarla, la solución que ofrece la posmodernidad es el barrio cerrado. Son, como el Rincón Club de Campo o Villa Luisa, pequeñas ciudades dentro de la gran ciudad, ligadas a esta porque comparten servicios y otros bienes, pero separadas porque sólo entran los dueños (como cuando se ingresaba a una ciudad o al castillo del señor feudal en la Edad Media), y porque tienen su propia seguridad.

El primero de los nombrados nació sobre la costa del río Neuquén, y se apropió del camino de uso público que por el Código Civil debe existir (es que la ley también se fragiliza). El segundo se toca con Jardines del Rey (cuyo vecindario ruge contra la toma de Gatica), un nombre ajeno a cualquier monarquía pero que le pone al barrio un toque de distinción.

Eran sólo dos. Pero ahora han brotado proyectos en desarrollo, la mayoría sobre edénicos lugares de la costa del Limay, separados de la ciudad y que separan a la ciudad del río. A quienes los habitarán los ilusionará la fantasía de que podrán salir, sin echar llave a la casa, a dar paseos respirando aire puro en medio de un escenario natural hecho de verdor y río, mientras los chicos juegan en los parques y el auto permanece estacionado en la calle. Hay una cerca que los guardias recorren de una punta a la otra.

Naturalmente, la tendencia debería apuntar a que el barrio provea todo. De eso ya hay señales en los proyectos que incluyen establecimientos escolares e instalaciones deportivas. ¿Y por qué no farmacias, o algunos comercios? La seguridad impone que las salidas sean sólo las indispensables.

Las palabras, que nos permiten comunicarnos y reconocernos, las más de las veces pasan tan velozmente ante y por nosotros que las dejamos ir sin detenernos en su significado. Dicen que «se las lleva el viento». En medio de la inseguridad reinante «barrio cerrado» suena a seguridad. Para los de afuera, que son la amenaza, está cerrado. Pero también está cerrado para los de adentro. Afuera está el peligro.

Termino con una pregunta, porque como están las cosas no me atrevo a «asegurar» nada. ¿No sería mejor que quienes no tienen tengan todo aquello que la ley fundacional de la provincia les promete y no les da? (J.G).


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