La corrupción y su sentido



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Por cierto, la mayoría de la gente piensa con justicia que la corrupción es un fenómeno repudiable, pero pocos quizá estén enterados de que algunos escritores abogaron antes y otros abogan ahora para convencernos de que, desde la economía, no es algo enteramente negativo y aún más, que puede considerársela como un hecho necesario y útil al progreso social. Es lo que al presente hace Gaspard Koenig, un atrevido pensador francés que desafía nuestra reacción moral con “Las discretas virtudes de la corrupción”, un libro de 250 páginas en el que sostiene la irremediabilidad de ella y también sus ventajas. Él quiere aclarar su intención expresando que su libro no es un llamado a la corrupción en la sociedad sino un intento de defensa de un fenómeno injustamente reprobado y del cual, sin embargo, somos más bien deudores que víctimas. Es difícil que sentimentalmente convenza a alguien. El lejano antecesor de la idea es un holandés del siglo XVIII de nombre Bernard Mandeville, famoso entre los economistas por “La fábula de las abejas”, un opúsculo centrado en la paradoja de que, al estimular el comercio de lujo, los vicios privados producen el beneficio público; les vices privés font le bien public, dice su enunciación original. Lo que expresó es, sintéticamente, que una sociedad honesta es una sociedad estancada, mientras una corrupta es dinámica porque en ella hay una incesante circulación de bienes y de estatus. Este filósofo holandés cuestionado por sus excesos personales en sus tiempos, tuvo en virtud de ideas el reconocimiento de los mayores economistas de los nuestros, entre ellos el propio Marx y el gran teórico del liberalismo Friedrich von Hayek. Respecto de individuos, aquel pensador afirmó que los enemigos tradicionales de la corrupción son los cruzados de la transparencia, los histéricos de la aversión por “el dinero sucio”. Gentes que travisten el resentimiento propio con la exigencia de justicia y de verdad, ese género de persona que se cree virtuoso sólo porque sus pasiones se han adormecido y, sintiéndose inútil a sus conciudadanos, toma venganza exhortándolos a practicar una virtud aburrida que no está en grado de incitar a cosas grandes y empresas peligrosas. Una vida moderada, intocada por la corrupción, no procura respeto alguno porque no produce poder alguno. No le faltan al autor dardos para los que luchan contra la corrupción, “los cruzados de la transparencia, parangones de la virtud e histéricos de la plata sucia”, y uno de sus curiosos ejemplos es un famoso lingüista de quien dice que como no hace nada no arriesga nada. No corre riesgo de ensuciarse las manos porque nunca las ha separado del teclado de su computadora. Los corruptos del poder Hablando de gobiernos, un poder no corrupto sería, coincide Koenig con su antecesor, uno vacío, formal, sin eficacia. (Esto nos recuerda al bueno de Sancho Panza abandonando el gobierno de la ilusoria ínsula Barataria: “Yéndome desnudo, como me estoy yendo, está claro que he gobernado como un ángel”). Para que un gobernante pueda imponer la propia voluntad necesita abrirse a los otros, arreglar las diversas influencias, construir redes ofreciendo pequeños o grandes favores, cambiar una parte de sí mismo. Un poder honesto, transparente, atado a principios –dice– será débil por naturaleza. ¿A quién le importa si Julio César era un ladrón? Los grandes hombres históricos, o los prominentes, casi siempre son malos hombres. Desde Séneca hasta Nixon y desde Pericles hasta Napoleón (el autor del juicio “Todo hombre tiene un precio, sólo hay que encontrar cuál es”) la corrupción se ha paseado a sus anchas por la historia de los grandes personajes. Y ha sido, generalmente, de la mano del poder. El periodista italiano Carlo Brioschi, un activo enjuiciador del Cavaliere Berlusconi, cuenta en “Breve historia de la corrupción” (Taurus, 2010) el desarrollo de este fenómeno. Allí se aumenta la lista de los poderosos corruptos (a muchos de los cuales se los ha defendido con la distinción weberiana de una “Ética de la responsabilidad” diferente de la “Ética de la convicción”) con los nombres, entre otros, de Craso, Pompeyo, Catón, Richelieu, Danton, Walpole y el peor de todos, Talleyrand, “el hombre que más ha robado en el mundo”, según sus contemporáneos. En el libro que estamos comentando, Koenig recuerda el apotegma de Lord Acton (“El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”) y lo ilustra con una referencia contemporánea al cineasta Francis Coppola que con “El Padrino” nos mostró cómo el poder mafioso no es corrupto porque es mafioso sino porque es un poder, a igual título que los otros. Koenig reconoce que la corrupción de los que gobiernan es algo mucho más perverso que la de los agentes privados de la sociedad. El lubricante usual que utilizan (el enriquecimiento propio, el soborno, el cohecho, la coima, etcétera) despierta por ello la justa indignación general porque al deterioro de la ejemplaridad pública se agrega el hecho de que los fondos que manejan son de propiedad social. Para cerrar esta nota, veamos una cita que puede ser de algún modo aclaratoria de las perplejidades del enojoso problema de la corrupción. Escribió Montesquieu: “Es necesario separar la ciencia económica de la moral. Es inútil atacar a la política haciendo ver cuánto ella repugna a la moral, a la razón, a la justicia. Esta clase de discursos persuaden a todo el mundo y no tocan a nadie”. (*) Doctor en Filosofía y profesor honorario de la UBA

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)


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