La directiva “Frankenstein”

Por Aleardo F. Laría



Su denominación oficial es “Directiva de Servicios”, pero es más conocida como “Directiva Bolkestein” por el nombre del comisario holandés -Frits Bolkestein- que en la pasada legislatura europea la elaboró. Por los temores que despierta ha sido rebautizada por la prensa como la “Directiva Frankenstein”. Detrás de esa norma europea se esconde el problema de las deslocalizaciones industriales hacia los nuevos países del este que se acaban de incorporar a la nueva Unión Europea de 25 miembros.

El espacio de la anterior Comunidad Económica Europea reposaba en cuatro grandes libertades económicas: libre circulación de personas, de mercancías, de capitales y de servicios. Sin embargo, la liberación del sector servicios, que representa el 70% del PBI y del empleo de la Unión Europea, fue quedando relegada. La nueva Directiva de Servicios, que está siendo discutida en el Parlamento Europeo, recoge el principio de que cualquier profesional o empresa puede prestar sus servicios en cualquier país miembro, bastando para ello que esté autorizado a hacerlo en su país de origen.

La norma prevé eliminar los obstáculos formales existentes para establecer una sociedad en otro país de la UE, y en esto no hay problemas. Pero países como Francia, Alemania, Bélgica y Suecia, y la Confederación de Sindicatos Europeos, han planteado reservas a la directiva porque temen que se produzca una situación de deslocalización y “dumping social”. La queja se refiere al alcance del “principio de país de origen”, que establece que los prestadores del servicio estén sujetos “únicamente a las disposiciones nacionales de su Estado miembro de origen”.

Aplicando al pie de la letra la directiva, una empresa de Lituania que operara en España, por ejemplo, abonaría a sus ingenieros salarios lituanos. El riesgo es la posibilidad de que nuevas empresas se asentaran en los nuevos países del este para optar por una legislación más laxa en materia laboral, salarios más bajos y pagar menos impuestos y pasar a operar luego por todo el territorio de la unión. Para los dirigentes sindicales, el principio de país de origen es el fin de la dimensión social del mercado interior europeo.

La polémica desatada por la Directiva Bolkestein ha venido a enturbiar la convocatoria al referéndum sobre la Constitución Europea efectuada por el gobierno francés y prevista para el próximo 29 de mayo. Existe un claro malestar social en Francia por las pérdidas de poder adquisitivo de los salarios y los problemas de paro. Huelgas y manifestaciones han sido habituales en los últimos meses.

Como suele ser habitual en estos casos, los votantes franceses quieren castigar a su gobierno golpeando en el trasero de la Unión Europea. Una encuesta del diario “Le Figaro” indicaba que el 52% de los franceses rechazaría en las urnas la Constitución Europea. El rechazo de Francia al Tratado Constitucional significaría un golpe mortal para la flamante Constitución Europea. Nadie, hasta ahora, se ha puesto a reflexionar sobre cuál sería entonces la alternativa a ese fracaso.

La izquierda francesa -comunistas, trotskistas y un sector importante de los socialistas- ha arremetido alegremente contra el Tratado Constitucional europeo afirmando que consagra el “modelo neoliberal”. Esto no deja de ser una etiqueta política. Como señala el presidente de la Convención Valery Giscard d'Estaing, una Constitución fija sólo las reglas de juego, como el reglamento de un partido de fútbol. El resultado electoral determina luego el ganador y, por tanto, el sesgo del modelo aplicable, que podrá estar más a la izquierda o a la derecha.

Pero una cosa es la teoría y otra muy distinta la idea que los ciudadanos se hacen de la realidad. La percepción general es que las políticas neoliberales impulsadas desde la Comisión Europea son las culpables de las deslocalizaciones y el desempleo y han terminado por horadar el generoso modelo social europeo. Hay una sensación general de hartazgo, de decir hasta aquí hemos llegado, que se viene incubando desde largo tiempo atrás. No es casual que una película tan argentina como “Memoria de un saqueo”, de Fernando Solanas, sea acogida con aplausos por espectadores europeos en las salas del Viejo Mundo.


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