La escuela, una organización desorganizada
Por Francisco Javier Abajo Olivares (*)
Tanto si nos circunscribimos al ámbito de la escuela como si queremos extendernos un poco más allá, hasta abarcar diferentes niveles del sistema educativo, estamos ante una «organización». Entender cómo se desarrollan los hilos relacionales dentro de la organización escolar nos ayudará, sin duda, a entender un poco mejor la naturaleza de los diferentes tipos de conflictos escolares y, en consecuencia, tendremos una herramienta más a la hora de planificar las estrategias adecuadas para su resolución.
Así, y como «organización», la escuela es por definición un «sistema», entendiendo por tal «un conjunto de partes relacionadas íntima y dinámicamente entre sí, estructurado en diferentes componentes funcionales (subsistemas) con una población, cultura, función y objetivos propios y característicos que influyen unos en otros». Por otra parte, este «sistema» se encuentra abierto a influencias del «mundo externo» y deberá tener un objetivo general común.
Si comparamos las características anteriormente indicadas con lo que ocurre en nuestras escuelas, nos encontraremos con una realidad que se muestra alejada del «modelo».
En primer lugar, no existe en muchas de nuestras escuelas ese objetivo general común. Si bien todos nosotros coincidimos en que la escuela debe «educar», lo cierto es que en pocas escuelas existe un «proyecto educativo de centro» (PEC, como lo denominan los especialistas). Este proyecto común debe venir determinado, básicamente, por definir qué entendemos por «educar», cuáles son nuestros objetivos, nuestros principios, qué valores deben predominar y qué camino decidimos seguir para obtenerlos. Este «proyecto educativo de centro» ha de determinarse entre todos los integrantes de la comunidad educativa -escuela-, y todos ellos deben involucrarse en él: dirección, docentes, padres y ¿por qué no? los propios alumnos. Si lo logramos, habremos obtenido una cohesión, una identidad educativa y, sin duda, será más fácil trabajar en equipo para obtener nuestro resultado final.
En segundo lugar, los diferentes «subsistemas» (docentes, familias, directivos, etc.) no funcionan como tales y los sistemas de comunicación (intra e inter-sistemas), normativos, de toma de decisiones, o de resolución de conflictos a menudo fallan o son inexistentes.
El excesivo «celularismo» en los centros hace que a menudo no exista verdaderamente un «equipo docente». Cada docente maneja «su» clase como mejor puede o sabe, con «sus» criterios pedagógicos -que pueden no coincidir con los de otro docente o con los del director- y sobre la base de las necesidades de «su» materia o programa. La competitividad entre docentes -impuesta por el propio sistema educativo- y el convencimiento de que un conflicto surgido en la clase de matemáticas es un problema del docente responsable (cuando la realidad es que se trata de un conflicto de la organización, de la escuela en su conjunto) dificultan el correcto funcionamiento de toda la escuela.
Algo similar -o aún más agudizado- ocurre con el «subsistema» que engloba a las familias de los alumnos. ¿Hasta qué punto se involucran realmente las familias con la escuela? ¿Hay relación entre ellos? Lo cierto es que, lamentablemente, las relaciones familia-escuela no son las deseables, pero también lo es que las relaciones entre las familias de los alumnos a menudo son inexistentes. No son conscientes de formar, en su conjunto, un bloque que debiera ser -en beneficio de sus hijos- lo más homogéneo posible. No pueden -no deben- cargar toda la responsabilidad, en forma casi exclusiva, sobre los hombros de los docentes.
Los cargos directivos, por su parte, son designados -con mejor o peor fortuna- basándose en parámetros supuestamente objetivos que a veces dejan de lado capacidades o características relacionales tanto o más importantes que aquéllos. La figura del director aislado en su «castillo» de poder, o la falta de cohesión entre los criterios de los diferentes directivos no ayudan, desde luego, a la empresa común.
Vinculado con todo lo anterior encontramos: una falla casi generalizada en los sistemas de comunicación existentes entre los diversos elementos (dirección, docentes, familias). Un sistema de toma de decisiones de corte vertical y a menudo autoritario. La habitual ausencia de un sistema normativo y de resolución de conflictos adecuado y consensuado entre todos los grupos involucrados, con «códigos de convivencia» que resultan ser exclusivamente códigos de faltas diseñados, tal vez hace demasiado tiempo, con mentalidad y criterios más propios del siglo XIX que del XXI.
Ante esta situación, ¿qué podemos hacer? Solamente hay un camino válido: trabajar juntos. Aceptar el hecho de que la responsabilidad es conjunta. Involucrarnos todos en ese «Proyecto educativo de centro», definiendo claramente objetivos, principios y valores. Elaborar, con la intervención de todas las partes involucradas (dirección, docentes, familias y alumnos) verdaderos códigos de convivencia. Se trata, en definitiva, de dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿quiénes somos?, ¿qué queremos lograr?, ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo?, ¿cómo lo haremos? Tal vez no se trate de otra cosa más que de «ponernos la camiseta» de «nuestra escuela».
(*) justiciaalternativa@hotmail.com
Tanto si nos circunscribimos al ámbito de la escuela como si queremos extendernos un poco más allá, hasta abarcar diferentes niveles del sistema educativo, estamos ante una "organización". Entender cómo se desarrollan los hilos relacionales dentro de la organización escolar nos ayudará, sin duda, a entender un poco mejor la naturaleza de los diferentes tipos de conflictos escolares y, en consecuencia, tendremos una herramienta más a la hora de planificar las estrategias adecuadas para su resolución.
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