La fortuna del príncipe

Por Redacción

En un buen curso de Teoría Política I, en general un estudiante debe leer Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Tomas Moro, entre otros. Pero ningún buen curso de Teoría Política I puede concluir sin la lectura profunda de “El príncipe” de Maquiavelo. Algunos de mis compañeros de la UBA estaban muy ansiosos por leer Marx. Ahora pienso que se habían equivocado de carrera. Con todos los autores anteriores, pero sobre todo con Maquiavelo, se encuentran las herramientas necesarias, diría indispensables, para pensar la política. Para nuestra coyuntura nada mejor que los conceptos de “virtú” y “fortuna” del autor florentino que, de hecho, sirven más al gobernante que al público en general.

Cuando estalla el escándalo denominado Panamá Papers, que involucró al flamante presidente Macri, aunque en principio no se visualiza ninguna ilegalidad en su aparición, es sin ninguna duda un momento afortunado. La fortuna maquiaveliana acompañó al presidente porque todavía no se evapora la luna de miel que mantiene el pueblo con su presidente, príncipe, recién llegado al cargo. Además ni siquiera llega a compartir podio informativo con la avalancha de casos y causas judiciales del principal partido opositor.

En un ejercicio de futurología, es dable pensar que el mismo caso cercano a las legislativas del 2017 podría tener un impacto muy diferente. Y además su utilización por todo el arco que no es gobierno podría ser todavía más dañino. Si además la actual administración se encontrara con problemas para poder resolver algunos de los severos asuntos que heredó del kirchnerismo y estos se tradujeran en crecientes problemas económicos y de gestión, con seguridad el impacto, aunque no la culpabilidad, de un escándalo global sería diferente.

Ahora, como dice el refrán, a la suerte hay que ayudarla. La fortuna es sólo una parte del éxito, se requiere de la “virtú” y no sólo cuando escasea lo primero.

Esa cualidad fundamental para el gobernante que describe el padre de la ciencia política moderna supone que el príncipe campea las dificultades y maximiza las ventajas. Ello a veces significa no tomar posiciones firmes frente a situaciones no buscadas: luce, en este contexto, como que el partido judicial está haciendo su propia jugada y resta saber el nivel de combinación que tiene hacia adentro del cuerpo y cuánto hay en combinación con el gobierno saliente.

Por ejemplo, a nadie se le escapa que ciertas exageraciones en contra de “procesables” implica un alto riesgo de generar el efecto contrario. Por caso construir mártires, perseguidos políticos, etcétera. Esto no es parte de la imaginación de nadie, forma parte de la prédica diaria del sector kirchnerista del periodismo argentino. La radio de Cristóbal López, posiblemente tan o más implicado en negocios non santos de la expresidenta de la Nación, tiene en el periodista de la primera y segunda mañanas un repiqueteo constante de que acá hay una búsqueda de revancha.

La verdad es que, tanto cuando el macrismo gobernó la Ciudad como en sus primeros 100 días de gobierno en la Nación, no se ha mostrado belicoso ni revanchista con el Frente para la Victoria. Más bien lo contrario y ha conseguido, antes en la Ciudad y ahora en el Congreso nacional, sendos acuerdos políticos para poder aprobar paquetes de leyes. Pero las hipótesis conspirativas siempre proveen buenos dividendos políticos.

Es también cierto que no hay un manual infalible y universal sobre la comunicación política, pero ello no se contrapone con la necesidad de resolver problemas políticos todos los días y encontrar la forma más eficiente de comunicarlo. En este caso no caben dudas de que el presidente Macri debe mantenerse neutral en privado y en público sobre casos judiciales que afecten a sus antecesores como a sus funcionarios. Sobre todo cuando se lleva a cabo por jueces que lejos están de ser primero intachables y, en segundo lugar, de poder justamente probar una coherencia respecto de su agilidad para proceder con procesamientos y detenciones en el pasado reciente.

Algo huele a podrido en Dinamarca, si el mismo juez que hacía oídos sordos a los periodistas que mostraban cómo se desaparecían pruebas y dinero de agencias vinculadas al gobierno repentinamente descubre evidencia suficiente para ordenar detenciones, denegar excarcelaciones y acelerar procesamientos que durante años no eran más que denuncias periodísticas. En consecuencia, el Ejecutivo debería mantenerse lo más neutral posible del juego político que realiza la Justicia. En ningún resultado posible el gobierno tendría tanto para ganar como sí para perder en procesos judiciales de dudosa intencionalidad.

Al Ejecutivo no sólo no le conviene sino que además no le corresponde avalar o alegrarse con jueces que de pronto son permeables al nuevo espíritu de época. La regla de oro de la democracia que incentiva más a la transparencia y el imperio de la ley por encima de las personas está basada en algo inevitable y es que los gobiernos en democracia tarde o temprano dejan el poder: si estos prohíjan o adhieren a las arbitrariedades del uso del poder, mañana les tocará a ellos cuando hayan dejado ese sillón vacío. Esa es la regla que el kirchnerismo no aprendió. Y hoy padece su consecuencia.

Opiniones

Franco Rinaldi

@FrancoVRinaldi