La gente comienza a reaccionar sobre la problemática del tránsito

Por Tomás Buch



Lo que pusieron claramente en evidencia las Primeras Jornadas sobre este dramático tema, que se realizaron en Bariloche el 25 y 26 de setiembre, es la enorme complejidad de un fenómeno que causa miles de muertes todos los años. A través de exposiciones y debates se pusieron de manifiesto numerosos niveles, de matices muy diferentes entre sí. En estas pocas líneas no podré hacer otra cosa que enumerarlos: cada uno merecería una nota aparte. Lo positivo es que la gente comenzó a reaccionar, formando una red de ciudadanos preocupados por un problema cuya misma existencia casi carece de visibilidad social. Como alguien recordó, el accidente del avión de LAPA, que costó 80 vidas, hizo correr mucho más tinta y adrenalina que los miles de muertos de nuestras calles y rutas, que son relegados, caso por caso, a las páginas interiores de los diarios. Aún no hemos asumido la muerte en las rutas como una de las principales causas de mortalidad, ni como un problema de gravedad social comparable con el de la delincuencia o el sida.

Como se pudo analizar en las Jornadas, el problema del tránsito tiene por lo menos nueve diferentes ejes o dimensiones. Uno de éstos, el tecnológico, está a su vez subdividido en cuatro áreas netamente diferenciadas. En lo que sigue, el orden es más o menos arbitrario, porque, por supuesto, los diferentes niveles se condicionan mutuamente y no son independientes entre sí. Veamos:

1. El primer nivel es el ético: queda claro que entre los valores que guían a nuestra sociedad, el respeto por la vida -propia o ajena- y por los derechos del prójimo o los espacios comunitarios no es prioritario.

2. Sigue un nivel normativo: debemos tener leyes sensatas y cumplibles.

3. El poder político debe hacerlas cumplir. Entre estas leyes figura la señalización de las rutas y calles, que es insuficiente, caótica, contradictoria y a veces absurda. Y cuyo cumplimiento parece ser optativo.

Por ejemplo: ¿quién se detiene ante uno de esos carteles octogonales de color rojo, que imponen: PARE? ¿Y quién deja de pasar a otro vehículo porque se lo “impide” una doble línea amarilla, de esas que en muchas partes están borradas por el uso? Claro que esa misma doble línea amarilla se extiende absurdamente por la mitad del trayecto entre El Bolsón y Bariloche, aun en tramos planos y de visibilidad total, eventualmente con salpicados límites de velocidad absurdos, y que nunca tienen un “fin de la restricción” como es usual en Chile.

Otras leyes, como la ley nacional del Tránsito, número 24.449, es bastante buena, pero tampoco se cumple. En esto no se diferencia de muchas otras leyes, que en éste, el reino de la impunidad, son inoperantes -lo cual afecta al ordenamiento jurídico, otro nivel más-. En el caso de la ley de Tránsito, si se cumpliese, seguramente debería salir de circulación un 30% del parque automotor por no estar en condiciones de circular, lo que plantea un problema económico (ver más abajo). Para todas las infracciones existen multas, que algunas veces son absurdamente altas, con lo que fomenta la corrupción. Pero esas multas casi nunca se cobran, así que no hay problemas…

4. Con lo cual tocamos un nuevo nivel, el policial. Para los que creen que el problema del tránsito se resolvería con más multas y controles más efectivos, hay más. El problema de la inseguridad tampoco se resuelve con penas más severas. Desgraciadamente, las cosas no son tan simples. Debemos seguir hurgando en profundidades humanas. Las causas están más allá de los fenómenos visibles.

5. El siguiente nivel es sociológico y cultural: en nuestra cultura prima el individualismo, la prepotencia y el anteponer los intereses personales a los comunitarios. Sólo somos solidarios cuando algo nos conmueve. En cambio, continuamente estamos invadiendo el espacio comunitario o público, que en lugar de entender que es de todos, consideramos que no es de nadie.

Un aspecto de esto es nuestra actitud ante los seguros que, como tantas cosas, son obligatorios por ley. Sin embargo, el 70% de los vehículos carece de ellos, cosa que nadie controla. Y cuando existe el seguro, paradojalmente se transforma en una excusa para eludir responsabilidades civiles y morales: “Total, el seguro paga” y yo me siento libre de culpa y cargo.

6. Profundizando aún más, nos encontramos con un estrato antropológico, en el cual algunos observadores nos comparan con nuestros antepasados cazadores, que perseguían una presa mientras debían protegerse, para evitar que un depredador los asaltara por la espalda. Claro que aquellos lejanos antepasados tenían una ventaja: la presa que perseguían no les echaba en la cara densas y negras nubes de gases tóxicos, como hacen algunas de las presas que procuramos alcanzar, ni los depredadores los encandilaban con fuertes luces. Tampoco la cacería tenía lugar a 150 kilómetros por hora, una velocidad para la cual nuestro organismo no está diseñado.

7. En el fondo, en el nivel psicológico, está nuestro sentimiento de potencia al volante de cientos de caballos de fuerza, que compensa nuestras frustraciones y canaliza nuestra agresividad. Nos identificamos con el vehículo, que extiende nuestro poder más allá de nuestros pobres límites, y a la vez nos deshumanizamos y deshumanizamos al otro, que no es más que otro vehículo, más poderoso que yo, o más débil. Pero volvamos a la vida en sociedad.

8. El automóvil es, además de un símbolo, un objeto tecnológico, rueda sobre una ruta que también lo es y si ocurre un accidente, se trata de un evento médico y organizacional. Tocamos así varios niveles técnicos diferentes entre sí:

8 a) El automóvil debe reunir ciertas condiciones mecánicas y conducirlo es una acción tecnológica que requiere saberes y capacidades. El automóvil debe reunir condiciones de seguridad -que alguien debería controlar pero no lo hace. Los vehículos que no las reúnen -inspección vehicular mediante- deberían ser sacados de las rutas. Pero siguen circulando…

8 b) El que maneja debería reunir condiciones de estabilidad psicológica, además de presentar varios certificados médicos que muchas veces se emiten sin efectuar la revisación. Debe también hacer honor a la autorización que la comunidad le confiere, en la forma de un registro de conductor; y si no le hace honor, dicha autorización le debería ser quitada sin más trámite. Esto también requiere controles, que son ineficaces o inexistentes. Por ejemplo, no se tiene noticia de que las autoridades hayan efectuado preventivamente un examen de alcoholemia a todos los conductores que recorren las calles y rutas vecinas de Bariloche entre la medianoche y las siete de la mañana: es una propuesta. Tal vez los resultados nos sorprenderían a todos.

Pero en la circulación automotriz coinciden tres elementos: el conductor, el vehículo y el soporte sobre el cual éste rueda: el pavimento.

8 c) Las rutas deben estar correctamente diseñadas y construidas, y deben estar en buen estado de mantenimiento para que el tránsito pueda ser seguro. De más está decir que en general no ocurre ni lo uno ni lo otro. El de la construcción vial es todo un tema técnico, que empieza con la traza y sigue con la calidad de los materiales. Es frecuente que una ruta nuevamente pavimentada comience a deteriorarse en pocos años, que sus banquinas sean intransitables, que carezca de suficientes alcantarillados o que sus curvas carezcan de visibilidad acorde con la velocidad permitida.

Muchas de ellas se diseñaron cuando las ciudades eran la quinta parte de lo que son, y no permitan ensanches. Y el mantenimiento cuesta plata, que generalmente no existe (ver más abajo). Entonces crecen los pozos, las carcovas de los bordes se transforman en escalones que rompen cubiertas y ocasionan vuelcos; cuando llueve, los cruces se transforman en arroyos de lodo. Etcétera.

8 d) Cuando ocurre un accidente, entra a jugar otro elemento tecnológico: el auxilio a los accidentados y su atención médica, en lo inmediato y en lo mediato. La parte médica está generalmente bien atendida por el hospital público, sobre el que la enorme cantidad de accidentados, sin embargo, hace recaer una carga económica excesiva, (ver más abajo): la enorme mayoría de los casos de accidentes atendidos en los hospitales son los de víctimas de accidentes de tránsito, aunque a veces también los victimarios del tránsito van a parar al hospital o a la morgue. Pero hay otra parte, la de la emergencia en el lugar del accidente, en la cual lo esencial es la organización: ¿quién debe acudir a socorrer a los accidentados? La policía, los bomberos, varias ambulancias, todos acuden con gran aullar de sirenas:

¿se pelearán por ver quién ha de llevarse los heridos? ¿sabrá su personal atender a un accidentado? Nos aseguraron que, por lo menos este aspecto, está “bajo control” y que las ambulancias están en manos de personal idóneo.

9. Aún nos falta considerar un eje fundamental al cual hemos hecho referencia varias veces. Como no podía ser de otro modo, es el económico, especialmente en estas épocas de crisis. El mantenimiento de las rutas, los carteles de señales, el mantenimiento de los vehículos, los seguros obligatorios, la atención de los heridos, todo cuesta dinero. Como siempre, la carga está mal repartida. Los vehículos más viejos cuestan más en mantenimiento y sus dueños son los que menos pueden pagarlo: un círculo vicioso más. Pero los municipios también carecen de fondos para mantener las calles, y cada cartel vial cuesta sus pesitos… Y ¡ni se nos ocurra siquiera empezar a hablar de corrupción!

NOTA: para comunicarse con la Red Comunitaria en la Problemática del Tránsito:

Casilla de Correo 1010 – (8400) San Carlos de Bariloche- Teléfono: 02944-442081 e-mail: vecinos@infovia.com.ar


Comentarios


La gente comienza a reaccionar sobre la problemática del tránsito