La gloria, esa carrera contra uno mismo



“El amateur” corre. Corre contra sí mismo. Se esfuerza. Se pone en puntas de pie sobre su destino. Y no es el único. Es uno más, un héroe cotidiano. Tan pequeño que no logra alterar el ritmo del mundo. Ni siquiera el implacable rumbo de su propia vida. Sólo ha conseguido darle una razón de ser. La transformación, en todo caso, se ha producido en su interior. En el mágico universo de los sueños, ese territorio etéreo pero fundamental, el único capaz de darnos una verdadera alegría o, en cambio, la pena que nada en el mundo podrá remediar.

Dayub pone en palabras, gestos y acciones una historia universal acerca de cómo tejen sus sueños los pobres, el sector social que en estos tiempos ha quedado más alejado del teatro.

Al modo de un Quijote suburbano y bailantero, el “Pájaro” sueña con ganar. La calidad del desafío no es lo que importa. Sólo que sea dificilísimo. Casi un imposible.

Desde el comienzo de los tiempos, aun el hombre simple, el desprovisto del boato del dinero, la propiedad y los títulos, necesita construirse en el espejo del reconocimiento. Y encuentra en un “via crucis” auto-asignado el modo de infringirse el dolor y ganarse la gloria.

¿Pensamiento religioso o necesidad viril? La conquista de la propia imagen es esa batalla que Lopecito perdió y para la que ahora pide, de prestado, una segunda oportunidad.

¿Qué importa que los molinos sean molinos, o los soldados ovejas? Quijote ve lo que ve, por sus sueños. Y éstos sólo tienen como destino asignarle un lugar en el mundo, más bello a los propios ojos, más aceptable para su propia medida de la dignidad y la nobleza humanas.

Para los orientales, la vida es una continua transmutación. En ella nos iniciamos, como criaturas reptantes, a ras del piso, y haciéndonos más sabios y más nobles nos ponemos de pie, hasta aprender a volar. Como el “Pájaro”.

Alicia Miller


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