La gran superproducción K

Por Redacción

Uno no puede sino sentir cierta simpatía por aquellos militantes de La Cámpora que quieren convencerse o, cuando menos, convencer a los demás de que la avalancha de denuncias que está cayendo sobre la cabeza de su jefa idolatrada y personajes de su entorno es un invento de Mauricio Macri, que, como les aseguró el diputado Eduardo “Wado” de Pedro, sólo se trata de un “circo mediático” que el maligno tirano neoliberal ha montado para “esconder malas noticias”. Si fuera así, estaríamos asistiendo a una obra maestra del género, una en la que están participando docenas de fiscales y jueces, además de centenares de políticos y periodistas, para no hablar de un público multitudinario que sigue con fascinación las alternativas de un relato que es más atrapante que cualquier serie televisiva.

Por cierto, es de prever que el nuevo relato K, por llamarlo así, brinde a la gente de Hollywood y otros fabricantes de melodramas la materia para por lo menos una superproducción, tal vez una variante de “Dinastía” que dé a una actriz la oportunidad para convertirse en una estrella mundial. El drama tendrá mucho en común con las tragedias clásicas, ya que todo girará en torno a la vida de una dama bella, viuda de un avaro que la traicionó enamorándose de una bóveda, cuyos triunfos iniciales contenían el germen de su eventual caída. Como una Doña Bárbara patagónica, ella –mejor dicho, Ella– se ha acostumbrado a tratar a quienes la rodean con el desdén que a buen seguro merecen.

Desempeñarán papeles importantes varios multimillonarios de origen oscuro, entre ellos un coleccionista de estancias que logra adueñarse de tantos kilómetros cuadrados que tendrá más que treinta países que son miembros de la ONU, pero que no podrá disfrutar del territorio conquistado por mucho tiempo porque le aguarda la cárcel. El que a un hombre tan inmensamente rico no se le ocurriera ir a un lugar más agradable en el exterior mientras podía es otro misterio, uno de muchos, ya que se habla de asesinatos, la presencia ominosa de narcos, sociedades offshore en “paraísos” exóticos del océano Índico y una cadena de hoteles con habitaciones ocupadas por fantasmas. También se habla de muchísimo dinero, oro y joyas ocultados bajo tierra, pero encontrarlos no será fácil: no hay bastantes gendarmes, policías y perros entrenados en el país como para rastrear todos los dominios de la banda.

Son tantos los detalles a un tiempo pintorescos y truculentos que es comprensible que incluso los servidores más abnegados de la dama se resistan a creer en la realidad de esta versión actualizada del relato K. El bueno de Wado no es el único al que le cuesta tomar en serio un espectáculo tan delirante que a veces parece ser obra de un novelista satírico, pero a esta altura no hay duda alguna de que se basa en la realidad. Puede que algunas acusaciones que están dando vuelta resulten insostenibles, pero serán excepciones.

Merced a las investigaciones que están en marcha, ya sabemos que no exageraban del todo la diputada Elisa Carrió, el periodista Jorge Lanata y otros cuyas denuncias iniciales habían motivado incredulidad, de suerte que sorprendería que otras que acaban de formularse, entre ellas la de que la gente de la “luchadora social” jujeña Milagro Sala enviaba bolsos rellenos de plata al jefe de La Cámpora, Máximo Kirchner. Según la diputada provincial Mabel Balconte, una exactivista de Túpac Amaru, Sala solía devolver de tal modo al primogénito de Cristina miles de millones de pesos previstos para la construcción de viviendas populares. De ser otras las circunstancias, muchos atribuirían la denuncia a la imaginación febril de un personaje despechado, pero en vista de lo que ya se sabe parece terriblemente verosímil.

Si algo caracteriza a los corruptos es la insaciabilidad: se sienten constreñidos a conseguir cada vez más por suponer que lo necesitaría para defenderse si por alguna razón se ven privados del poder político. Puesto que no tienen autoridad moral, a los jefes les resulta imposible disciplinar a la tropa, con el resultado de que la sociedad en su conjunto se corromperá a menos que reaccione a tiempo.

En todos los países hay políticos corruptos, pero, mientras que en algunos constituyen una minoría despreciada, tanto aquí como en Brasil se trata de la mayoría si incluimos a aquellos que, sin enriquecerse ilícitamente ellos mismos, están dispuestos a encubrir los delitos perpetrados por otros. De no haber sido por la solidaridad pasiva del grueso de sus congéneres, los deseosos de apropiarse de una proporción significante de la riqueza del país hubieran tenido que conformarse con monedas.

Comparte el punto de vista de los corruptos por omisión buena parte de la ciudadanía que, tomando al pie de la letra la consigna “roban pero hacen”, se encarga de asegurarles a los ladrones que, siempre y cuando la economía funcione de manera adecuada, sus proezas no les supondrán ningún “costo político”. Así las cosas, es natural que los beneficiados por el clima de permisividad llegaran a creerse impunes y, como tantos militantes camporistas y sus simpatizantes de cierta intelectualidad supuestamente progre, se sientan sumamente indignados por la voluntad tardía de la Justicia de investigar las fechorías de sus líderes.

Una vez instalada la idea de que los políticos más poderosos tengan derecho a embolsarse el 20%, digamos, del dinero público que está a su alcance, no habrá forma de impedir que sus subordinados procuren emularlos. Lo que presuntamente sucedía en Jujuy se parece mucho al sistema santacruceño según el cual las autoridades otorgaban contratos para construir obras públicas a amigos que tendrían que devolverles una parte del dinero. Como no pudo ser de otra manera, los contratistas pronto se darían cuenta de que no les sería necesario completar las obras, ya que quienes deberían obligarlos a hacerlo no tendrían motivos para arruinar lo que para todos los involucrados es un negocio sumamente lucrativo.

Así, pues, las denuncias de corrupción dirigidas contra el rey de los contratistas Lázaro Báez, sus amigos y familiares se han visto seguidas por otras conforme a las cuales dejaron sin terminar las carreteras y otras obras que habían prometido llevar a cabo, además, huelga decirlo, de estafar a sus empleados. Por ser tan grandes las presiones que los socios del poder tenían que soportar, que ello haya ocurrido puede considerarse lógico.


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