La hora de la despedida



Cuando de repente, a medianoche, oigas pasar una comparsa invisible con música fantasiosa, con vocerío no llores en vano tu suerte que ya declina, tus obras fracasadas, los proyectos de una vida que resultaron errados  

Así comienza el poema célebre de Constantino Cavafis sobre el momento en que el dios abandonaba a su viejo favorito, Marco Antonio. La perplejidad que sentía el hombre que se creyó destinado a apoderarse del Imperio romano hasta que fue frustrado por el joven Octavio puede entenderse. A través de los siglos, han compartido la misma experiencia desagradable miles de políticos ambiciosos que, luego de haber sido favorecidos por la fortuna, despertaron un día para encontrarse solos en un mundo inhospitalario.

Néstor Kirchner ya ha oído la música tosca de las cacerolas y el griterío de turbas que lo desprecian. En las semanas venideras los oirá una y otra vez. Construyó el poder que le permitió dominar el país durante un lustro en base al rencor, pero desde que eligió a Cristina para reemplazarlo en la presidencia sin ni siquiera darse el trabajo de organizar una interna partidaria, la carga emotiva que supo aprovechar fluye en el sentido opuesto, dirigiéndose con fuerza creciente contra él y su esposa. Todos sus intentos de manejarla le han sido contraproducentes. En vísperas de las elecciones legislativas, el hastío por el “estilo K” ha adquirido una intensidad explosiva.

Para un político, sobre todo para uno que como Kirchner se ha acostumbrado a ser obedecido, despedirse de la ilusión de ser invencible nunca es fácil. Algunos pueden hacerlo con cierta elegancia, pero la mayoría resulta incapaz de ocultar su resentimiento frente a la “traición” de los que, por motivos pragmáticos, le habían jurado lealtad. No hay demasiados motivos para creer que en adelante Kirchner se concentre en asegurar que su alejamiento del centro del escenario político sea lo menos traumático posible. Aunque en ocasiones últimamente ha adoptado una postura relativamente moderada, sólo ha sido cuestión de maniobras electorales esporádicas destinadas a suavizar una imagen urticante. Es de prever, pues, que luche desesperadamente por conservar su puesto como jefe de la facción peronista más importante. También lo es que lo haga de manera tan agresiva y tan mezquina que los más beneficiados por sus estratagemas resulten ser los persuadidos de que para el peronismo ha llegado la hora de mutarse en un movimiento centrista razonable y dialoguista.

En un esfuerzo por hacer creer que representa algo más que sus propios intereses personales, tanto Kirchner como Cristina siguen hablando del “modelo de inclusión” que dicen estar resueltos a completar, pero virtualmente nadie les presta atención porque nadie sabe muy bien de qué se trata. Desgraciadamente para los dos, la realidad se alejó hace tiempo del país postulado por su retórica furibunda. En cuanto a las estadísticas claramente fraudulentas con las que han procurado convencer a la gente de que pese a las apariencias la versión oficial es la única digna de tomarse en serio, sólo han servido para hacer todavía más ridículas sus pretensiones. Si bien es normal que los gobernantes traten de subrayar lo positivo y minimizar lo negativo, no les es dado traspasar ciertos límites. Al violarlos de forma tan flagrante, los Kirchner se separaron del grueso del país.

A muchos les cuesta entender cómo una persona de las características a su juicio poco atractivas de Néstor Kirchner se las arregló para erigirse en una figura hegemónica. En parte, su ascenso vertiginoso fue producto de la suerte: la decisión de Eduardo Duhalde de apadrinarlo debido al desempeño pobre conforme a las encuestas de José Manuel de la Sota y el que pocos se hubieran familiarizado con su forma autocrática de gobernar la provincia de Santa Cruz y, demás está decirlo, el hecho de que su rival principal fuera Carlos Menem, un caudillo ya abandonado por los dioses.

Asimismo, en el 2003 el país, todavía aturdido por el derrumbe económico de dos años antes, quería verse representado por un individuo crónicamente enojado que protestaría con virulencia contra los supuestos culpables de sus penurias: gobiernos anteriores, jueces menemistas, militares, empresarios extranjeros, economistas “ortodoxos”, el FMI, lo que fuera. Y para colmo, en el 2003 la economía mundial ya había entrado en una fase de expansión frenética que la Argentina, exportadora privilegiada de bienes agropecuarios, estaba en condiciones de aprovechar a pleno.

Felizmente para Néstor Kirchner, dicha fase coincidiría con sus cuatro años como presidente de jure, pero desafortunadamente para su mujer, y por lo tanto para él también, entre la multitud de burbujas que fueron generadas por el boom estaba su “modelo” que, en el fondo, consistía sólo en consumir los frutos de inversiones hechas bien antes de su llegada y en atribuir a su propia sabiduría las mejoras posibilitadas por el crecimiento de la economía internacional. De todos modos, después de haberse alimentado de sí mismo durante cinco años, el país llegaría a las elecciones con su sector más competitivo, el agropecuario, en ruinas, la industria tambaleante y las cuentas fiscales gravemente distorsionadas. Para que el país no cayera en crisis a poco más de seis años del inicio del ciclo kirchnerista hubiera tenido que disfrutar con mucha más suerte de lo que los dioses están habituados a otorgar.

Kirchner quiso que la campaña electoral girara en torno a sí mismo. Su deseo fue concedido, pero si bien la estrategia proselitista que impulsó puede haber servido para aumentar el caudal de votos de su facción, el Frente para la Victoria, también hizo patente su propia debilidad. Nadie ignora que sin la presencia “testimonial” en las boletas bonaerenses del gobernador Daniel Scioli y una cincuentena de intendentes del conurbano, algunos muy populares en sus distritos, sería con toda probabilidad muy magro el caudal de votos conseguido por el kirchnerismo. Aunque será difícil distinguir los votos pertenecientes al ex presidente de los prestados por los testimoniales, ni éstos ni los ya hartos del santacruceño rencoroso tendrán por qué minimizar sus aportes, razón por la que, como le ocurrió al Antonio de Cavafis, Kirchner oirá gritar con fuerza cada vez mayor el coro desdeñoso de quienes ya están despidiéndolo del escenario en que gozó de tantos triunfos.

JAMES NEILSON


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