La ilusión conservadora

Por Aleardo F. Laría

René Passet es un afamado profesor de economía, catedrático emérito de La Sorbona, autor de numerosas publicaciones, entre ellas un tratado de matemáticas de cuatro tomos, y varias obras pioneras en los nuevos enfoques denominados transdisciplinarios. Es también presidente del comité científico de la asociación ATTAC y autor de un ensayo («La Ilusión Neoliberal») que acaba de ser traducido al castellano por la Editorial Debate y que seguramente dará mucho que hablar. En una profunda y meditada reflexión, el científico francés desnuda algunas de las falacias que se ocultan detrás del conjunto de propuestas económicas y políticas que llevan la marca del neoliberalismo.

Para Passet se trata de comprender las transformaciones (las denomina «mutaciones») que conmocionan nuestra época y hacer un esfuerzo para captar las interdependencias que las relacionan y la lógica que las iluminan. No permitiremos que nos digan que este mundo, en el que la lógica financiera, campando a sus anchas, lo pudre todo, ha de ser como es. Otro mundo es posible. Frente a los indicadores del capital hay que oponer los del desarrollo humano. Frente a quienes sólo leen el éxito de la actividad productiva, hay que leer también la degradación de la naturaleza, el paro, la marginalidad, la desesperanza humana. La economía que sólo se construye desde la lógica del capital se limita a ser una «ciencia truncada», una mera «lógica de las cosas muertas». Por lo tanto hay que recuperar la esfera humana, la finalidad sin la cual toda actividad económica queda vacía de significado.

La visión neoliberal es tributaria del pensamiento económico neoclásico. Fue el francés L. Walras el que inventó, en 1874, la teoría del equilibrio general, una creencia seudorreligiosa inspirada en las leyes de la gravitación universal de Newton, que garantizaba el restablecimiento espontáneo de los equilibrios macroeconómicos, fuera de la nefasta injerencia estatal. Lejos de esa visión idílica, Passet rescata la idea adelantada por Schumpeter de la destrucción creadora del capitalismo, que renueva constantemente la estructura económica destruyendo continuamente sus componentes envejecidos. Se deben, por lo tanto, diferenciar los fenómenos irreversibles, como la mundialización o el progreso técnico, de los que se pueden cambiar. Así, por ejemplo, el librecambismo de los años 80 fue el resultado de una elección política. No estaba escrito en la fatalidad ni nada asegura que lo esté en el futuro.

En economía, explica Passet, el tránsito de lo singular a lo colectivo no se hace por mera agregación de partes. El tránsito de un nivel a otro entraña un cambio cualitativo y un cambio de problemática, en virtud de lo cual el todo no puede ser ya considerado como la simple suma de sus partes. En consecuencia, quienes intentan reconducir la función pública a la simple lógica del mercado no entienden la diferente naturaleza de ambas cosas.

Las necesidades colectivas no nacen de las individuales; son diferentes. No se miden en términos de rentabilidad individual, sino social. De igual modo, cuando se habla de productividad o competitividad se olvida de que a medida que crece la importancia de la tecnología en la economía, más dependientes son las empresas de un entorno que abarca diferentes factores: infraestructura científica y tecnológica, relaciones de confianza entre sectores, factores institucionales y, sobre todo, el bien público del saber creado por el esfuerzo acumulado de las generaciones pasadas. De modo que justamente, en el momento en que los defensores del liberalismo denuncian la improductividad del sector público para reivindicar su privatización, más necesaria se hace su presencia, puesto que la productividad emerge de la totalidad bien integrada del sistema. Ninguno de los milagros que se adjudican los partidarios a ultranza del librecambio han acontecido sin una fase inicial de inversión pública.

Sobre la globalización opina que la desreglamentación, es decir el desmantelamiento de los sistemas nacionales de control de cambios y la descompartimentación, o supresión de las fronteras internas y externas, está en la base del nuevo fenómeno. Los volátiles capitales invertirán masivamente en los mercados emergentes, para abandonarlos rápidamente cuando suenen las primeras voces de alarmas. Ahora la situación se ha invertido. La moneda es prioritaria y la economía real debe adaptarse; el equilibrio del presupuesto prevalece sobre el crecimiento; los tipos de interés ya no se derivan de los datos reales, sino de las expectativas de los mercados monetarios. No es una lógica del crecimiento, puesto que el crecimiento inquieta al capital financiero que teme las eventuales tensiones inflacionarias. Emerge así la lógica de la fructificación rápida de los patrimonios financieros. Es el reino de los acreedores.

En relación con las nuevas tecnologías, señala que acercan a los hombres en el tiempo y en el espacio y permiten que retrocedan el hambre y las enfermedades. Si bien no ofrecen los medios para establecer un paraíso en la tierra, sí al menos una humanidad más hermanada. «Pero -afirma Passet- son los propios hombres -más exactamente, la codicia de un puñado de poderosos que no saben ver lo que es humano- los que pervierten las esperanzas ¡Qué destrozo! Pero también ¡cuántos motivos para luchar!»


René Passet es un afamado profesor de economía, catedrático emérito de La Sorbona, autor de numerosas publicaciones, entre ellas un tratado de matemáticas de cuatro tomos, y varias obras pioneras en los nuevos enfoques denominados transdisciplinarios. Es también presidente del comité científico de la asociación ATTAC y autor de un ensayo ("La Ilusión Neoliberal") que acaba de ser traducido al castellano por la Editorial Debate y que seguramente dará mucho que hablar. En una profunda y meditada reflexión, el científico francés desnuda algunas de las falacias que se ocultan detrás del conjunto de propuestas económicas y políticas que llevan la marca del neoliberalismo.

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