La inflación y el dólar se tomaron un respiro en septiembre



En medio de una gran incertidumbre económica y política los precios minoristas aflojaron un poco, aunque más no sea por un corto tiempo, su presión sobre el bolsillo de los consumidores. De acuerdo con la mayoría de las estimaciones privadas, septiembre estaría cerrando con una inflación en torno del 1,8%, frente al 2,1% de agosto y el pico de 2,5% que se había tocado en julio. Sin embargo, cabría esperar que el costo de vida vuelva a elevarse en la última parte del año. Esto se explicaría en parte por los siguientes factores: el gobierno no tiene margen para permitirse una desaceleración del crecimiento económico, el dólar paralelo seguiría su marcha alcista alentando la inflación y la tasa de interés que se le ofrece al ahorrista privado está lejos de compensar el deterioro del poder adquisitivo producto de la inflación y, más aún, de la tasa de devaluación anualizada que supera el 30% anual, haciendo que el billete verde siga siendo considerado como un refugio natural de los ahorros. La dinámica de esta variable también registró una menor intensidad este mes. Luego de alcanzar un récord en agosto (3,03%), la devaluación en septiembre no superaría el 2%. De esta manera, en nueve meses (hasta el 27) el dólar oficial saltó un 17,5% a 5,8 pesos. La brecha con la divisa estadounidense, que se vende por estos días en torno a los 9,55 pesos, se mantiene por encima del 64%. En las últimas dos semanas el Central y el Banco Nación intervinieron en la plaza cambiaria para evitar una escalada del blue. Asimismo, a través de las subastas de Lebacs, la entidad presidida por Marcó del Pont retiró pesos del mercado disminuyendo las presiones sobre el dólar paralelo. En cuanto a las reservas, gracias a la suba en la cotización del oro éstas se sostuvieron por encima de los u$s 35.000 millones. En este sentido, en la cruzada del gobierno contra la fuga de capitales, los pagos por servicios turísticos y compras con tarjeta de crédito son el segundo principal enemigo. El primero es claramente el déficit energético. La diferencia es que en el caso de este último es muy poco lo que puede hacer el Poder Ejecutivo para revertirlo o disminuirlo en el corto plazo. Por ello es que cualquier medida destinada a restringir los gastos en el exterior estaría en línea con la estrategia de la actual administración, que actúa sobre los efectos y no sobre las causas.


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