La influencia de China

Redacción

Por Redacción

Puede que China no esté por erigirse en una auténtica superpotencia económica, militar y cultural, como hasta hace poco algunos pronosticaban, porque las dificultades que enfrenta son enormes, pero no cabe duda de que su influencia internacional seguirá siendo muy importante. No se trata de los esfuerzos de los chinos por difundir una ideología particular. A diferencia de los norteamericanos, que siempre han querido convencer a los demás de la superioridad de su propio “estilo de vida”, hace casi cuarenta años los líderes de China perdieron interés en tal forma de proselitismo, acaso por entender que a pocos occidentales les interesaría la amalgama de liberalismo y autoritarismo que habían adoptado. Así y todo, sería legítimo atribuirles la evolución política reciente de América Latina. No es que se lo hayan propuesto. Luego de la muerte de Mao en 1976, el régimen comunista dejó de intentar exportar ideas, algo que a partir de mediados del siglo pasado había hecho con cierto éxito, ya que por un rato los pensamientos del gran timonel genocida disfrutaron de popularidad no sólo en los círculos intelectuales parisinos sino también entre los estudiantes contestatarios de otras partes del mundo. Si bien para China misma el maoísmo, con su atroz “revolución cultural”, fue casi tan destructivo como la peste negra que, en el siglo XIV, causó la muerte de decenas de millones de habitantes del Reino del Medio, tales detalles no impresionaban a los buscadores de una alternativa, de cualquier alternativa, a un statu quo que les molestaba. Admiradores de un credo político y económico que nunca podría funcionar en el mundo real, pasaron por alto los logros bien concretos de su sucesor. Fuera de Asia Oriental, todavía hay más intelectuales que repiten las consignas de Mao que sienten interés por los argumentos esgrimidos por Deng Xiaoping, el reformista que puso en marcha una revolución socioeconómica que, entre otras cosas, hizo que centenares de millones de personas dejaran atrás la miseria extrema al integrarse a la clase media. Se trata de una hazaña que cambió el mundo, pero sus repercusiones en el exterior han sido contradictorias. Por paradójico que parezca, fue la decisión de la dictadura china de prestar más atención al mercado, al juego de la oferta y la demanda, que a los textos marxistas la que posibilitó el auge en América Latina del populismo de retórica izquierdista y, a veces, hasta maoísta. Mientras que en Pekín el liberalismo económico se puso de moda, en otros lugares subdesarrollados políticos astutos supieron aprovechar las riquezas generadas por la reconstruida dínamo china para armar “modelos” que, imaginaban, hubieran merecido la aprobación de los izquierdistas totalitarios de antes. Así, pues, fue en buena medida merced a Deng que una variante, por fortuna menos mortífera, del voluntarismo maoísta, logró establecerse en distintos países latinoamericanos. De no haber sido por el aumento de los precios de una amplia gama de materias primas y productos agrícolas que comprarían los chinos, los chavistas venezolanos, sus amigos kirchneristas e incluso los relativamente moderados adherentes de Lula en Brasil no hubieran podido impulsar sus proyectos respectivos. Pero al optar los chinos por depender más en adelante del consumo interno que de la exportación de bienes manufacturados, el populismo latinoamericano se vio privado del oxígeno financiero que necesitaría para sobrevivir. Aunque el desplome del precio del crudo no se debe a lo que ha ocurrido en China, se ha combinado con la caída del valor de mercado de otros productos para crear una situación sumamente adversa para países que se habían acostumbrado a ingresos fáciles proporcionados por la naturaleza o la suerte geológica. Venezuela, un país que depende por completo del petróleo, va al muere; todo hace pensar que, merced a los esfuerzos del presidente Nicolás Maduro y el pajarito que le da consejos está en vísperas de una gran catástrofe humanitaria. Ecuador está en apuros. A Brasil le esperan años de recesión, además de embrollos políticos que le costará desenredar. ¿Y la Argentina? Aquí, el reemplazo del gobierno populista de Cristina por uno más o menos liberal coincidió, con precisión casi matemática, con el abrupto cambio del clima económico mundial. Si bien Mauricio Macri inició su gestión cuando el boom de las commodities que había inundado de dólares, euros y yenes a los países “emergentes” ya se transformaba en un recuerdo, el que el panorama internacional no sea nada auspicioso podría beneficiarlo. En comparación con tantos países supuestamente emergentes, comenzando con Brasil, cuyo desempeño ha decepcionado a los inversores del mundo desarrollado, y que enfrentan un futuro muy difícil, una Argentina en vías de “normalizarse” representa una alternativa promisoria. Los norteamericanos y europeos parecen entender que les convendría apoyar a Macri porque el eventual fracaso de su gestión sería desastroso no sólo para la Argentina sino también para América Latina en su conjunto, de ahí las visitas recientes de Matteo Renzi y François Hollande que pronto se verán seguidas por la de Barack Obama. Aunque tales mandatarios no suelen llevar mucho dinero en su equipaje cuando viajan a países extranjeros que creen significantes, es de suponer que sus manifestaciones de confianza en el nuevo gobierno argentino incidirán en el ánimo de los empresarios y los encargados de los grandes fondos de inversión que todos los días mueven cantidades asombrosas de dinero. Los macristas entienden que no es cuestión de elegir entre el orden ya tradicional que gira en torno a Estados Unidos y otro incipiente dominado por China. Con todo, el que una razón por la que tantos líderes occidentales hayan querido congraciarse con Macri consiste en su preocupación por lo que ven como el imperialismo comercial y financiero de los chinos permitirá al gobierno presionarlos para que le ofrezcan algo más que palabras de aliento. No pudieron hacerlo los kirchneristas porque no disimularon la hostilidad que sentían hacia Estados Unidos, pero los macristas no comparten los mismos prejuicios. Aunque no les sea dado beneficiarse tanto como los kirchneristas de la transformación de China en una gran potencia comercial cuya voracidad hizo posible la recuperación macroeconómica de los primeros años de la “década ganada”, la mera existencia de una alternativa a la hegemonía financiera europea y norteamericana debería resultarles ventajosa.

James Neilson

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