La matanza de París

Por Redacción

A diferencia del tan criticado presidente norteamericano George W. Bush, el que en septiembre del 2001 reaccionó frente a la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, con la muerte de más de 3.000 personas, declarando una guerra contra “el terror” sin entrar en detalles, el presidente francés François Hollande no ha procurado desvincular el islam de las atrocidades perpetradas en su nombre. Se ha comprometido a destruir “sin piedad” a “esos bárbaros de Estado Islámico” que el viernes pasado asesinaron a más de un centenar de personas en París. No le será fácil. Si sólo fuera cuestión de aniquilarlos atacando sus reductos en Siria e Irak, Francia y sus aliados podrían hacerlo en un lapso muy breve, pero por desgracia el yihadismo es un enemigo que no depende del territorio coyunturalmente ocupado por sus combatientes. Es una ideología basada en una interpretación conservadora de un culto religioso que ya ha atraído a centenares de miles de jóvenes, la mayoría de formación musulmana, en distintas partes del mundo. Parecería que los responsables de sembrar terror en París tenían su cuartel general en Molenbeek, un suburbio de Bruselas, pero la aviación gala no puede bombardearlo como si estuviera en Siria. Asimismo, aunque las autoridades tanto francesas como belgas están procurando identificar a los yihadistas y sus simpatizantes, la necesidad de respetar leyes que son más apropiadas para sociedades pacíficas que para tiempos de guerra les impide detenerlos a menos que cuenten con evidencia contundente de que han cometido delitos. Lo mismo que los demás gobiernos de Europa occidental, el gobierno francés no quiere correr el riesgo de enojar a quienes llevan la voz cantante en las comunidades musulmanas locales por temor a “radicalizar” aún más a sus integrantes. Puesto que en Francia viven aproximadamente seis millones de musulmanes –no hay estadísticas oficiales–, el problema así planteado es mayúsculo. Ha sido muy fuerte la tentación de fingir creer que el yihadismo es un fenómeno marginal, pero a juzgar por los resultados de las encuestas de opinión que se han realizado, en Francia, el Reino Unido, Suecia y otros países una proporción sustancial de los musulmanes comparte el odio de los yihadistas –y de regímenes dominados por sujetos de mentalidad muy parecida, como el de Arabia Saudita– por los judíos y el desprecio por la civilización occidental que sienten todos los islamistas. Por lo tanto, hay muchos que dicen “entender” los motivos de quienes asesinan a caricaturistas que se mofan de Mahoma aun cuando ellos mismos no soñarían en actuar del mismo modo. Hasta ahora, han fracasado todos los esfuerzos por convencer a la mayoría presuntamente pacífica de que es su deber ayudar a derrotar a los fanáticos. Antes bien, han servido para difundir la sensación de que los franceses, como otros europeos occidentales, son tan débiles que no están en condiciones de defenderse contra los resueltos a obligarlos a someterse al islam. Por desgracia, no todos toman la voluntad de tolerar la agresividad ajena por evidencia de fortaleza y confianza en los valores propios. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, los europeos más influyentes llegaron a la conclusión de que no sólo ellos sino también todos los demás habían aprendido a convivir en paz. Pudieron pensar así porque, merced a la protección estadounidense, no se sentían obligados a gastar mucho dinero en sus fuerzas militares, pero sólo se trataba de una ilusión. En otras partes del mundo, en especial en África del Norte y el Oriente Medio, las ideas belicosas tradicionales no han perdido vigencia, de ahí el estallido reciente de docenas de conflictos tribales y sectarios, que han tenido repercusiones muy fuertes en Europa misma. También existe el peligro de que el extremismo yihadista provoque una reacción similar por parte de jóvenes europeos, lo que sería casi inevitable de producirse más ataques yihadistas en los meses venideros. Movimientos habitualmente calificados de “derechistas” están avanzando en casi todos los países de la Unión Europea, en especial en Francia, donde se prevé que el Frente Nacional de Marine Le Pen, que ya tenía la posibilidad de conquistar el poder en las próximas elecciones presidenciales, resulte beneficiado por lo que acaba de suceder en París.


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