La música como un viaje contradictorio

La presentación del Cuarteto Alexander fue una de las mejores del encuentro. Una crónica del concierto que ofreció este notable grupo estadounidense anteanoche.



Me pregunto si esto es posible: abstenerse de las gacetillas de prensa, de los títulos nobiliarios, y atenerse a lo escuchado. Al acto mágico que involucra a un grupo -el Cuarteto Alexander, en este caso- y a un espectador en la penumbra. Escuchando. A ver qué pasa. Pero que esto no suene a desafío irreverente. Es apenas una contribución a reivindicar las bases del arte por el arte mismo. Exponerse con el corazón abierto, desnudo de intereses a la ejecución de piezas que se ignoran y ante un plantel del cual no se tienen más noticias que esas que otorga una primera impresión. ¿Qué sucedería entonces? ¿Sería un flechazo entre el espectador y la sonoridad del conjunto? ¿Habría cambio de humor o volteretas emocionales en la intimidad de quien escucha?

Sobre todo en el género musical estas cosas pocas veces suceden. Tal vez en el cine el espectador se atreva a más.

La preguntas de este cronista no acaban acá. Hay una experiencia más que le gustaría saborear: deducir el grado de emoción que encontró en el arte de un grupo de músicos, a través de las imágenes que su música le provocaron durante el concierto. Quien posee palabras, imagina. La explosión de sonido que se expande desde el escenario invoca conceptos e impresiones con forma y color. Una nota equivale a un verbo o a un adjetivo, también a una geografía que se va construyendo a lo largo de la noche.

Ésta debería ser la función no sólo de la poesía, que interpreta al mundo y lo desmenuza en clave profana, sino también de la crítica musical: ser capaz de sobrepasar el canon para adentrarse en laberinto de lo sensitivo.

¿Qué te pasó? Es un pregunta de peso luego de un concierto, y tal vez, más válida aun que el típico ¿te gustó? Lo que le sucedió al espectador, el viaje multidimensional producido por el concierto, es más importante que lo que se logró a nivel puramente técnico.

El arte está para revolucionarnos desde un lugar distinto. Cuando las “papas queman”, sólo quedan el músico y su capacidad de dibujar sobre la tela abierta del aire, un signo. Su clave afectiva.

Dicho esto. El cronista ha decidido poner sobre el papel las anotaciones textuales que fueron madurando en el concierto. Lo que sigue son los jardines y los infiernos visitados en el desarrollo del recital. Si hay un hecho que deba destacarse a propósito de la actuación del Cuarteto Alexander, de Estados Unidos, considerado unos de los mejores del mundo en la actualidad, es su indiscutible capacidad de invocar horizontes: sonoros, por supuesto, pero también iconográficos.

Hay que anotar, además, que el Cuarteto Alexander interpretó: Cuarteto de Cuerdas No. 1 Op. 18 de Beethoven, Mythic Birds Waltz de Terry Riley y Cuarteto de Cuerdas No.2 de Shotakovich.

Primer acto

Es tan puro pero al mismo tiempo tan extraño el ambiente, el tejido sonoro que provocan las cuerdas. La pausa. La naturaleza que es vida y es cuadro a la vez. Obra pictórica y fotografía de alta resolución. Sus notas se mantienen en el aire y prevalecen hasta que un orden mágico las llama al lugar de donde salieron. Violines, viola y cello empujan los límites del tiempo más allá de sus límites. El tiempo que invocan es una pieza en fuga. Una bella anomalía.

Segundo acto

Sólo queda la oscuridad y el fluido de las cuerdas. El devenir. La traslación de los elementos carentes de cuerpo. Metafísica del arte. Ampliación de nuestros corazones. El paisaje audible debe multiplicarse en la imaginación de cada uno.

Estamos a la espera de más. Del siguiente paso que otorgará una nueva andanada o un simple guiño de una cuerda y un arco presionados con la exactitud necesaria. Juntos son un perfume. Un estado concreto pero móvil. Su avance es felino. Entre la posibilidad del drama y la locura de un saltimbanqui ejerciendo su rutina de entretenimiento. Cuando escuchamos somos reyes. La nueva aristocracia en un trono de madera.

Tercer acto.

Oleadas sucesivas invaden el espacio auditivo. Es una progresión más que un vaivén. Una oportunidad y una construcción. Fracciones que, después de girar, encuentran su perfecta ubicación. Cada nota tiene una ranura que encaja con la saliente de otra.

Anticipamos el futuro pero no estamos seguros de cuál es el capítulo por venir. Con los mapas rotos, lejos de los celulares y las crisis cotidianas, la música hace de guía. Hasta que su figura se vuelve una geometría imperceptible.

Al final, nos deja solos.

Aplaudimos con alegría y, en el fondo, estamos tristes.

La experiencia musical se sostiene en la contradicción.

 

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

 

PARA AGENDAR 

Ayer lunes por la noche fue la presentación del Swiss Piano Trío, compuesto por Martin Lucas Staub (piano), Angela Golubeva (violín) y Sébastien Singer (cello). Interpretó obras de Chopin, Szeghy y Brahms.

Hoy, a las 21, en el marco de una “Gran cena concierto”, se presenta la Tuxedo Jazz Big Band. Este grupo recupera el lenguaje de las Big Bands.

 

 


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