La normalización temida

Redacción

Por Redacción

Por motivos electoralistas, los voceros de los dos candidatos presidenciales siguen asegurándonos que la Argentina pronto recibirá muchas inversiones porque, insinúan, a pesar de todo lo ocurrido últimamente el país está rebosante de oportunidades para empresarios dispuestos a arriesgarse. Por desgracia, la evolución reciente del frente externo no justifica el optimismo que comparten los asesores de Daniel Scioli y de su contrincante, Mauricio Macri. Mientras que la crisis brasileña parece destinada a profundizarse –se prevé que este año el producto bruto de nuestro vecino se contraiga el 3%, lo que no nos ayudará en absoluto–, hay señales de que Estados Unidos está a punto de normalizarse. En teoría es una muy buena noticia, pero, por paradójico que parezca, se trata de una que está motivando alarma en muchas partes del mundo. A mediados de la semana pasada la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, afirmó que a su entender la economía norteamericana se desempeñaba bien y por lo tanto pensaba que se acercaba la hora para subir las tasas de interés que, desde el 2008, han permanecido entre el 0 y el 0,25%. Si bien en principio la recuperación de Estados Unidos luego de los siete años de ensimismamiento que siguieron al desplome del mercado hipotecario debería tener un impacto muy positivo en la economía mundial por tratarse de la reanudación de la marcha de una locomotora tradicionalmente muy poderosa, los gobiernos de muchos países emergentes, entre ellos el que asuma aquí el 10 de diciembre, temen verse privados de los dólares baratos que esperaban conseguir. La razón es sencilla: aunque las tasas de interés norteamericanas sean inferiores a las disponibles en países menos confiables, se supone que el grueso de los ahorristas optará por privilegiar la seguridad por encima de las ganancias fáciles que podrían obtener en mercados notoriamente precarios. De cobrar más fuerza lo que los especialistas en la materia llaman “la huida hacia la calidad”, para conseguir los préstamos que necesitarán los encargados de las finanzas de países relativamente atrasados en términos económicos tendrían que aumentar todavía más las tasas de interés propias, lo que, huelga decirlo, podría ocasionarles muchas dificultades en los años próximos. Además de brindar oportunidades imprevistas a muchos países subdesarrollados que se vieron beneficiados por la virtual eliminación de las tasas de interés, la reacción de la Fed frente a la crisis financiera que ocasionó tantos estragos en su propio país y en Europa motivó malentendidos que andando el tiempo tendrían consecuencias muy negativas. Demasiados políticos se convencieron de que no se trataba de una fase pasajera sino de un cambio permanente, de un nuevo paradigma signado por el retroceso de los viejos países capitalistas y el avance irrefrenable de China, Brasil y muchos otros. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus acompañantes no fueron los únicos que, al apostar a que estuviera por terminar la era de predominio estadounidense y comenzara otra liderada por China, dejaron de preocuparse por temas anticuados como la disciplina fiscal y la conveniencia de prepararse para afrontar más períodos de años flacos. También se permitieron engañar de manera parecida los dirigentes brasileños, venezolanos y rusos que ya tienen motivos de sobra para lamentar no haber aprovechado mejor la bonanza que les supuso el boom de los commodities. Puede que los chinos hayan resultado ser más realistas que sus diversos socios estratégicos ya que, a diferencia de ellos, nunca han subestimado las dificultades que les sería necesario superar para que su país se convirtiera en una superpotencia genuina, pero en otras partes del mundo emergente muchos se entregaron al facilismo voluntarista. Mientras tanto, los norteamericanos lograrían adaptarse a las nuevas circunstancias y, merced al dinamismo inherente a su propia cultura económica, han reafirmado su supremacía en los sectores de tecnología avanzada, en especial los vinculados con la informática y también, desafortunadamente para aquellos países como Rusia y Venezuela que dependen casi por completo de sus recursos naturales, en todo lo relacionado con la industria petrolera, de tal modo recordándole al resto del mundo que es prematuro hablar de la decadencia supuestamente irremediable del “imperio”.


Por motivos electoralistas, los voceros de los dos candidatos presidenciales siguen asegurándonos que la Argentina pronto recibirá muchas inversiones porque, insinúan, a pesar de todo lo ocurrido últimamente el país está rebosante de oportunidades para empresarios dispuestos a arriesgarse. Por desgracia, la evolución reciente del frente externo no justifica el optimismo que comparten los asesores de Daniel Scioli y de su contrincante, Mauricio Macri. Mientras que la crisis brasileña parece destinada a profundizarse –se prevé que este año el producto bruto de nuestro vecino se contraiga el 3%, lo que no nos ayudará en absoluto–, hay señales de que Estados Unidos está a punto de normalizarse. En teoría es una muy buena noticia, pero, por paradójico que parezca, se trata de una que está motivando alarma en muchas partes del mundo. A mediados de la semana pasada la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, afirmó que a su entender la economía norteamericana se desempeñaba bien y por lo tanto pensaba que se acercaba la hora para subir las tasas de interés que, desde el 2008, han permanecido entre el 0 y el 0,25%. Si bien en principio la recuperación de Estados Unidos luego de los siete años de ensimismamiento que siguieron al desplome del mercado hipotecario debería tener un impacto muy positivo en la economía mundial por tratarse de la reanudación de la marcha de una locomotora tradicionalmente muy poderosa, los gobiernos de muchos países emergentes, entre ellos el que asuma aquí el 10 de diciembre, temen verse privados de los dólares baratos que esperaban conseguir. La razón es sencilla: aunque las tasas de interés norteamericanas sean inferiores a las disponibles en países menos confiables, se supone que el grueso de los ahorristas optará por privilegiar la seguridad por encima de las ganancias fáciles que podrían obtener en mercados notoriamente precarios. De cobrar más fuerza lo que los especialistas en la materia llaman “la huida hacia la calidad”, para conseguir los préstamos que necesitarán los encargados de las finanzas de países relativamente atrasados en términos económicos tendrían que aumentar todavía más las tasas de interés propias, lo que, huelga decirlo, podría ocasionarles muchas dificultades en los años próximos. Además de brindar oportunidades imprevistas a muchos países subdesarrollados que se vieron beneficiados por la virtual eliminación de las tasas de interés, la reacción de la Fed frente a la crisis financiera que ocasionó tantos estragos en su propio país y en Europa motivó malentendidos que andando el tiempo tendrían consecuencias muy negativas. Demasiados políticos se convencieron de que no se trataba de una fase pasajera sino de un cambio permanente, de un nuevo paradigma signado por el retroceso de los viejos países capitalistas y el avance irrefrenable de China, Brasil y muchos otros. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus acompañantes no fueron los únicos que, al apostar a que estuviera por terminar la era de predominio estadounidense y comenzara otra liderada por China, dejaron de preocuparse por temas anticuados como la disciplina fiscal y la conveniencia de prepararse para afrontar más períodos de años flacos. También se permitieron engañar de manera parecida los dirigentes brasileños, venezolanos y rusos que ya tienen motivos de sobra para lamentar no haber aprovechado mejor la bonanza que les supuso el boom de los commodities. Puede que los chinos hayan resultado ser más realistas que sus diversos socios estratégicos ya que, a diferencia de ellos, nunca han subestimado las dificultades que les sería necesario superar para que su país se convirtiera en una superpotencia genuina, pero en otras partes del mundo emergente muchos se entregaron al facilismo voluntarista. Mientras tanto, los norteamericanos lograrían adaptarse a las nuevas circunstancias y, merced al dinamismo inherente a su propia cultura económica, han reafirmado su supremacía en los sectores de tecnología avanzada, en especial los vinculados con la informática y también, desafortunadamente para aquellos países como Rusia y Venezuela que dependen casi por completo de sus recursos naturales, en todo lo relacionado con la industria petrolera, de tal modo recordándole al resto del mundo que es prematuro hablar de la decadencia supuestamente irremediable del “imperio”.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora