La ofensiva islamista



Hace una semana, los convencidos de que el islam es compatible con la democracia liberal experimentaron un nuevo, y muy duro, revés cuando la Corte Suprema de Afganistán falló que un tal Abdul Rahman no sería ahorcado porque en su opinión era un lunático. Como entendieron enseguida los muchos que querían verlo muerto, sólo se trataba de un pretexto para dejarlo ir porque el único motivo para dudar que Rahman estaba en sus cabales era que a pesar de haberse convertido al cristianismo quince años antes tuvo la pésima idea de volver a su patria llevándose consigo un libro subversivo: la Biblia. De no haber sido por la presión internacional que incluía una llamada telefónica del presidente norteamericano George W. Bush y una carta personal que el Papa Benedicto XVI envió al presidente afgano Hamid Karzai, Rahman hubiera sido ejecutado por el crimen capital de apostasía en un país cuyo gobierno debe todo a la intervención de Estados Unidos y sus aliados.

Afganistán no es el único país de mayoría musulmana en el que tomar en serio la libertad de conciencia es propio de suicidas. Según la ley, también en Arabia Saudita, Yemen, Sudán, Irán, Mauritania y Pakistán, el castigo por dar la espalda a Mahoma es la muerte, mientras que en ciertos distritos de países supuestamente más "modernos" como Malasia e Indonesia, los condenados por intentar convertir a niños musulmanes al cristianismo son enviados a la cárcel. Además, escasean los lugares en el mundo islámico en que se permita la construcción de nuevas iglesias. Es que lo mismo que los cristianos de épocas menos ilustradas que la actual, los musulmanes no creen que la tolerancia religiosa sea una virtud. Desde su punto de vista es una abominación como lo fue para la Iglesia Católica hasta 1826 cuando en Valencia un docente fue ahorcado por herejía.

Si sólo fue cuestión de los prejuicios de una pequeña secta de fanáticos, la costumbre de matar a los apóstatas sería un problema para la policía, pero sucede que hay aproximadamente 1,6 mil millones de musulmanes, hay muchos gobiernos islamistas y, a juzgar por la reacción pública frente al caso protagonizado por Rahman, –al que por fortuna le fue otorgado asilo político en Italia donde tendrá que vivir bajo protección permanente–, la mayoría cree a pie juntillas que merecen morir. Para explicar tal actitud, algunos voceros islámicos comparan su comunidad con una nación en guerra que, dicen, no puede permitir que deserten sus ciudadanos, planteo que, lejos de ser reconfortante, debería alarmar a todos los comprometidos con un estilo de vida en el que se supone que las presuntas convicciones religiosas deberían considerarse un asunto privado.

Andando el tiempo, el cristianismo evolucionó. Por ahora cuando menos, no parece haber peligro de que un día regrese la Santa Inquisición o sus equivalentes protestantes. En cambio, el islam está retrocediendo, replegándose, aferrándose a un pasado en parte mítico en un esfuerzo supremo por mantener a raya el mundo occidental contemporáneo. Por tratarse de una religión guerrera, de conquistadores, la lucha por conservarla no es meramente defensiva sino también ofensiva. En Europa, que será el campo de batalla principal como lo fue del enfrentamiento entre el cristianismo y la Ilustración, abundan los musulmanes que, lo mismo que los católicos de antaño, insisten en que sus creencias deberían tener prioridad sobre cualquier sistema legal secular. Quieren que en los distritos que dominan, los que abarcan amplios suburbios de París, zonas de ciudades británicas y holandesas, entre ellas algunas que son tan importantes como Amsterdam y Rotterdam, se imponga la ley islámica. Aunque los gobiernos correspondientes se han resistido a sus reclamos, bandas de vigilantes organizadas en torno a las mezquitas la aplican de manera informal, forzando a los vecinos no musulmanes a someterse a su interpretación de los preceptos coránicos.

Para los bien pensantes europeos, la agresividad prepotente de los islamistas ha sido una sorpresa muy desagradable. Al cobrar fuerza la marejada inmigratoria que en un lapso muy breve transformaría sus países, minimizaron las dificultades que plantearía la llegada de millones de personas de cultura muy diferente que no tenían intención alguna de dejarse asimilar. Puesto que ellos mismos habían remplazado la dura fe militante de sus antepasados por el relativismo benigno, de ahí la tolerancia mutua luego de siglos de conflictos feroces, confiaban en que los musulmanes optarían por emularlos para incorporarse sin problemas a la gran familia europea. Ante la evidencia de que ni los inmigrantes ni sus hijos estaban dispuestos a rendirse tan fácilmente al multiculturalismo en el que ninguna religión sería considerada mejor que otra –un ideal que de por sí es antirreligioso–, muchos europeos trataron de convencerse de que si hubo dificultades se debieron sólo a su propia intolerancia, que los musulmanes eran víctimas de la arrogancia racista de los cristianos y, huelga decirlo, de los judíos, de suerte que para integrarlos sería necesario que la sociedad anfitriona se modificara a fin de acomodarlos.

De más está decir que tanta humildad por parte de las elites europeas no tendría los resultados deseados. Enojó sobremanera a sus compatriotas de mentalidad anticuada que se oponían a la islamización creciente de sus ciudades nativas y a la presencia de yihadistas, a menudo protegidos por la policía, que amenazaban con decapitarlos si se animaran a desafiarlos. También estimuló a los islamistas: éstos no felicitarían a las elites por su amplitud de miras sino, por el contrario, tomarían su voluntad de congraciarse con ellos por un síntoma de debilidad.

Así y todo, en Europa el clima está cambiando. El asesinato ritual de un cineasta holandés por un fanático musulmán hizo que uno de los países más tolerantes del continente se convirtiera en uno de los menos dispuestos a soportar la agresión islámica. Los disturbios de noviembre pasado en los alrededores de París, seguidos por el asesinato sádico de un joven judío por una pandilla encabezada por musulmanes, parecieron presagiar un período de violencia apenas controlable en Francia. El estallido de ira orquestada que fue desatado en buena parte del mundo islámico por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés obligó a los europeos a hacer frente al hecho de que lo que en Estados Unidos se calificaría de la "derecha religiosa" estuviera resuelta a suprimir la libertad de expresión. Aunque los multiculturalistas juraban que el problema planteado por la hipersensibilidad musulmana sería solucionado si todos practicaran la autocensura, aquel episodio aleccionador sirvió para que más europeos llegaran a la conclusión de que el sueño de la integración armoniosa nunca será una realidad.

Quienes todavía esperan a que todo se resuelva de modo pacífico apuestan a que los musulmanes "moderados" terminen desarmando a los "extremistas", pero con frecuencia desconcertante "líderes comunitarios" que se suponen más interesados en convivir amablemente con los demás que en procurar vencerlos manifiestan opiniones que horrorizan a los que no comparten su fe islámica. Asimismo, las encuestas de opinión suelen mostrar que aunque minoritaria, una proporción notable de los musulmanes europeos está a favor de los yihadistas, o cuando menos no pensaría en colaborar con los encargados de combatirlos y quisiera ser gobernada según las leyes coránicas que, además de mantener bien sometidas a las mujeres, proponen que cualquier musulmán que se convierta al cristianismo tenga el destino que aguardaba a Abdul Rahman hasta que una serie de líderes occidentales persuadiera a los afganos de dejarlo vivir, decisión que, obvio es decirlo, fue recibida con furia por los millones que de tener la oportunidad no vacilarían un solo minuto en ajusticiarlo.

JAMES NEILSON


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