“La Patagonia” en los cambios



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ANTONIO TORREJÓN (*)

Una región lamentablemente dividida de modo caprichoso por países invasores, como lo ocurrido en el continente africano, con límites antinatura, “geodésicos”, u otros ocupados en muchos de sus espacios geográficos por urgencias geopolíticas, no por decantación de usos y conveniencias, debe procurar en el armado de su próxima etapa una suma de aciertos que acorten plazos y aceleren su transformación. La Patagonia, en la mayor parte de su geografía de pueblos originarios nómades, en las últimas décadas con un alto porcentaje de recién llegados, primera y segunda generación de nacidos, tiene que salir de cierta cultura de inquilinos para lograr por “identidad” propietarios, habitantes que, respetando el lugar de origen y pudiendo volver a él, se suman en la búsqueda de estas tierras. Con esta composición poblacional no se puede pretender un “clic” que ponga en marcha mágicamente un deseo unánime de todos: ser patagónicos, en un espacio territorial de casi un millón de kilómetros cuadrados. Debemos instalar, primero, la identidad local, la de la comarca o geografía homogénea (1), para luego, por entendimiento y convicción, sumarnos en la geografía en común con los socios de los “corredores geográficos de las producciones integrables” y por esa vía pararnos sobre la región. El ser de un lugar y lograr un sentido de pertenencia se transforma en algo vital. La identidad pasa a tener el gran valor de las “marcas de origen”, entre otros factores positivos. Esta recuperación de lo local con espacios territoriales comarcales lleva a los municipios a realizar un giro de 180º en el rol a cumplir, transformándose en articuladores de las dinámicas productivas y de los intereses y demandas locales en contextos geográficos más amplios que llevan a los corredores de integración productiva y por ese entrelazamiento a lograr la estructura figurada de hierro u hormigón que necesita cualquier edificio de alguna envergadura para mantenerse con la elemental solidez que aguanta hasta los golpes sísmicos –del nuevo andar y sus reivindicaciones– y estructurar, a partir de dichas fortalezas, la nueva región patagónica bioceánica y binacional. La de integrar provincias en la región es una buena iniciativa para buscar el “shock” que nos obligue a pensar casi todas las cosas. Pero esta buena intención no alcanza para desencadenar el cambio, ya que de alguna manera es como la figura de colocar una escalera y querer que todos la suban saltando escalones, sin explicaciones ni premios intermedios al esfuerzo. El trabajo que me tocó abordar entre l988 y 1996 en la provincia turística de Río Negro a partir de unir pueblos en sus comarcas, de allí a los corredores, de tratar de instalar en la cultura popular que las integraciones en la Patagonia superen los paralelos y meridianos, etcétera, etcétera, no era para contrariar a las autoridades de las jurisdicciones políticas de lo geodésico (suma de terrenos y predios) sino una búsqueda de abajo hacia arriba de lo que Dios creó homogéneo y los hombres, hoy más que nunca, tenemos que ocupar con eficiencia y actualizada responsabilidad. En los últimos años nuestro lenguaje cotidiano se ha poblado de nuevos términos que hasta involucran desesperadas búsquedas: integración, globalización, mercados comunes, economías informales, desempleo estructural, comarcalización, corredores productivos, etcétera. Esto marcó el surgimiento de nuevos problemas y, consecuentemente con ello, la necesidad de elaborar nuevas teorías, forzándonos al replanteo de viejas concepciones y la incorporación de nuevas tácticas posibles, respetando las jurisdicciones constituidas desde lo político, por supuesto. El mundo de la globalización, que modificó el paradigma tecnológico-productivo, los intercambios económicos y los patrones de localización de las empresas y modificó la capacidad de las comunicaciones y de los intercambios, a la vez impulsa una revalorización de los espacios locales, las relaciones de buena vecindad asociadas por el interés común y la búsqueda de referencias inmediatas y de la propia identidad regional. En este marco, la temática de la descentralización tiene que ver con la reforma del Estado, no sólo por un cambio de las dimensiones macro/micro económico-espaciales sino porque implica transformaciones en la manera de concebir las instituciones y sus relaciones con la comunidad. No podemos seguir concibiendo la descentralización como el instrumento para gestionar mejor los recursos que se transfieren o la potenciación de los lobbies. Debe repensarse como el mecanismo que permite el mejor aprovechamiento de los recursos existentes en el territorio y otros niveles de organización en los ámbitos provinciales y nacionales, para llegar a lo regional binacional transfrontera, caso Mercosur. Este proceso trae aparejado un mayor interés de los ciudadanos en aspectos cercanos y puntuales, programas de participación de la sociedad civil, con organizaciones de base, asociaciones intermunicipales, planificación estratégica a nivel urbano y comarcal, presupuestos participativos, etcétera. Todos estos fenómenos están mostrando una novedosa articulación público-privada, una mayor asociatividad horizontal de municipios entre sí que lleva a la verdadera integración que sepan ocupar su geografía homogénea. Sin ahondar en temáticas que forman parte de otras búsquedas, nos referimos esencialmente a las conclusiones de una etapa de gestión a realizar a través de consorcios de iniciativas integradoras, municipios unidos a partir de comarcas homogéneas en la búsqueda de la construcción de estrategias solidarias que beneficien a sus iniciativas productivas y, por consecuencia, a sus habitantes. Los estudios diagnósticos, las acciones de capacitación, el apoyo y la coordinación operativa, las tareas con diversas áreas gubernamentales y los legisladores en la generación de marcos jurídicos, entre otras acciones, se consolidaron en proyectos y realizaciones que por esta suma de sinergias acelerarán sus tiempos de concreciones y las mejores consecuencias, a partir de pueblos que, al identificar conveniencias, visualizan que los cambios ante la globalización los colocan frente a las complejidades de la competitividad pero también de los desafíos de mayores premios si logramos perfeccionar sus ventajas competitivas. (1) Debemos recordar en esta aclaración que del hombre de los seis kilómetros por hora de traslado que se vivió por muchos siglos (peatón) pasamos desde mediados del siglo XX al “homo mecanicus”, que vive, se recrea, trabaja y proyecta en no menos de 100 kilómetros de radio sus rutinas de traslado. Esto cambió –violentamente– la realidad de las jurisdicciones, de allí la cuestión de fondo que desencadena y la obligación del replanteo –sin demora– de todo. Esto es difícil que lo incorporen los especuladores (políticos, inmobiliarios, etcétera) que nos rodean y, en muchos casos, nos manipulan. (*) Especialista en Turismo. Ex funcionario regional y asesor del Ministerio de Turismo de la Nación


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