La peña: Esperadas vacaciones, terminaron las clases

Columna semanal



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Datos

Las vacaciones no eran otra cosa que descanso y mucha calle. Claro, el pueblo permitía eso de la calle sin horario, o casi sin horario, porque alguna vez teníamos que volver.
No sé por qué, pero estábamos programados para desde bastante lejos escuchar a nuestra madre que nos gritaba “¡A comer!”. Mágicamente llegábamos desde distintos puntos, aunque no faltaba el “Andá a buscar a tus hermanos”, que generalmente estaban en la plaza o en la cancha del cura. Esa cancha tenía las medidas de una de básquet, con baldosas de las de antes, donde el calor de todo un día bajo el sol se acumulaba y a veces en la noche todavía despedían altas temperaturas.
Sin embargo, en esa cancha se juntaban amigos, vecinos, conocidos.
Lo cierto es que cuando empezaba diciembre y las notas en la escuela venían más o menos bien nos disponíamos a las vacaciones sin planes que implicaran plata. “Si quieren plata se la ganan”, decía mi padre, y nos daba ideas de cómo sumar unos pesos: uno de ayudante de un quiosco, el otro en una bicicletería, en la gomería o a vender berenjenas en la calle.
Sólo trabajábamos lo necesario. En realidad no era trabajo, hoy no podríamos hacerlo por las leyes laborales. Eran las vacaciones mismas las que nos daban la chance de ese disfrute. Porque el trabajo era eso, diversión, pura risa y ventas que más o menos nos dejaban para los helados, la Fanta y el sándwich en un bar del pueblo.
Teníamos la ventaja de un abuelo agricultor que de tanto en tanto nos traía cajones de berenjenas, morrones y sandías enormes que podíamos vender. “Todo lo que consigan es para ustedes”, nos decía, y eso implicaba ganancia pura.
Nunca pensamos en viajes, nunca estuvo en nuestros planes y jamás nos creamos la necesidad de viajar. Las vacaciones no eran otra cosa que hacer lo que queríamos, soñar que cada bici era un pasaje al destino más hermoso.

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