La Próxima Gran Cosa
mirando al sur
Hace unos años llegué a la casa de una tía muy anciana y noté que estaba viendo el televisor sin sonido. Me contó que el día anterior, cuando quiso cambiar de canal, había tocado algo en el control remoto y desde entonces había quedado sin audio. Lo que mi tía había tocado era la tecla “mute”. Mi tía, del control remoto, sólo reconocía las teclas para encender la TV, para cambiar de canal y el volumen. El resto le parecía un tratado de mecánica cuántica y por eso ella creía que cualquier niño que sabía usar eficazmente el control remoto era una especie de Einstein en estado larvado. Esa fantasía hoy persiste: mucha gente ve a los niños usar los smartphones o las tablets y suponen que dentro de unos años todos ellos serán los que descubran el remedio contra el cáncer.
Desde comienzos del siglo XX los cambios tecnológicos hicieron que cada generación acumulara una enorme cantidad de conocimientos técnicos que le parecieron casi mágicos a la generación precedente. Ese proceso se ha acelerado a tal punto que ahora, en apenas un par de años, alguien que no se mantenga al tanto de los cambios tecnológicos más populares puede convertirse en un personaje muy parecido a mi tía, aun entre gente joven e informada. Quizás el temor a convertirse en un personaje obsoleto sea lo que lleva a muchos a caer en el polo opuesto: tratan de convertirse en los expertos de todo lo nuevo que aparece y ven en ello la Próxima Gran Cosa; eso que cambiará para siempre el destino de la humanidad.
Lo cierto es que la Próxima Gran Cosa suele aparecer muy de tanto en tanto, quizá con intervalos de siglos o de milenios. Entre la invención del lenguaje y la de la escritura pasaron unos 100.000 años. Entre la escritura y la imprenta, 5.000. Entre la imprenta e internet, 500. No todo cambio (por interesante que nos parezca) tiene una trascendencia semejante. Una cosa es descubrir que podemos hacer hornos para fundir los metales o producir cerámica y algo muy distinto es inventar un cuchillo que corta el pan de manera más eficiente.
Vivimos en la época de la innovación permanente. Es tal la aparición constante de nuevas tecnologías, objetos, herramientas, formas de estar en el mundo y de comunicar esas cosas que deberíamos preguntarnos si la idea de innovación aún tiene algún sentido. Cuando innovar y adoptar esas innovaciones es la forma masiva de vivir el presente, ¿sigue habiendo innovación o cambiar todo el tiempo se ha convertido en nuestra forma de ser? Innovar sólo tiene sentido en un contexto en el que la innovación es algo excepcional y no la forma de vida estandarizada.
Nuestra práctica es más acelerada que nuestro pensamiento. Somos capaces de incorporar a nuestra vida cotidiana nuevos objetos (los smartphones, que terminaron poniendo en las manos de la mitad de la humanidad una computadora conectada a internet todo el tiempo), pero nos cuesta teorizar lo nuevo. Somos diestros en la acción, pero retardados en el pensamiento. Quizá por eso seguimos pensando el cambio incesante que ahora vivimos con ideas anticuadas, cuando el cambio era raro, lento y ocurría excepcionalmente.
Hace más de veinte años la Próxima Gran Cosa fue el e-mail. Hace quince años ese papel lo jugaron los blogs: el que no tuviera su blog o no viviera leyéndolos no estaba en la senda de lo nuevo. Hace una década entre Second Live y la masificación de las redes sociales se disputaron el privilegio de ser la Próxima Gran Cosa de ese momento. A partir de allí, surgieron mil Grandes Cosas, una casi por semana: desde Pinterest a Tumblr, desde las tuitcam a los podcast, desde Periscope a Snapchat, todas prometían ser aquello que transformaría nuestras vidas de manera radical. Algunas murieron o vegetan sin pena ni gloria. Otras se incorporaron al paisaje mediático cotidiano, ocupando un lugar más o menos destacado según cuán reciente haya sido su aparición. Pero ninguna es realmente la Próxima Gran Cosa.
Es el místico pensamiento religioso el que está en la base de esa búsqueda que parece futurista pero que es tan antigua como la mente paleolítica: la anunciación de un mesías, de un salvador que redima nuestra insignificante existencia y dé sentido trascendente al absurdo de persistir a pesar de todo. No es la Próxima sino la Antigua Gran Cosa la que nos mueve cuando les creemos a los gurús tecnológicos decirnos que sí, que ahora sí, llegó el futuro.
(*) Crítico cultural
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