La Raza: una banda de los 90

El grupo neuquino dejó dos discos, “Suicida” y “Mandinga”, y permaneció durante casi una década en la escena del rock, para disolverse sin anuncios. El guitarrista Gerardo “Mono” León recuerda cómo fue el paso de la banda de power rock por el circuito regional; habla de la importancia que otorgaron a las letras de sus temas y de los obstáculos que encontraron para desarrollarse.

Por Redacción

El rock neuquino puede tener la potencia del viento. Esto lo sabe el público seguidor de la música en vivo. Y lo saben quienes concurrieron a los recitales de las bandas de los 90. Para ese público, La Raza, seguramente, significa algo. Para algunos (quienes puedan apelar a su “memoria emotiva”), significará una década marcada por el nacimiento del verdadero rock, ese que “dice” cuando suena.

Entre las muchas bandas neuquinas de esa década, emergió La Raza como un torbellino, que se sostuvo durante casi diez años y dos discos, para luego perder fuerza hasta desdibujarse.

Quien fue vocalista, guitarrista y líder de la banda, Gerardo “Mono” León, evoca, en una charla con “Río Negro”, aquello que significó para él (aunque para muchos) esa formación.

Recuerda que La Raza surgió en el verano de 1992/93; que él sumó a Néstor Ochoa (batería) y Gustavo Bouzo (bajo), “porque quería trabajar con la mínima formación”; que surgió la posibilidad de tocar en el Río Grande “que en esa época se ponía”. Así, nació el trío con un repertorio de covers (Divididos, Los Redondos, Pappo e Iggy Pop empezaron a sonar). “Ese primer concierto en el río explotó y nos inyectó de energía para seguir, aunque la idea era no mantener lo de los covers para no encapsularnos –señala– Empezamos a mechar con temas propios para el primer disco: “Suicida”.

–Si tuvieras que contarles a los adolescentes qué música hacía La Raza, ¿Cómo lo sintetizás?

–Era un trío de rock. Al principio, menos power, y después, mucho más power. Tuvo que ver con el ánimo también. Al final, estábamos más podridos de todo. Para hablar de elementos técnicos, guitarras más distorsionadas, riffs con otras afinaciones. Al principio, más ligados al rock y después, más ligados al hardcore, al power metal.

– Los espacios para tocar suelen ser “el” tema para las bandas. ¿Cómo lo vivían ustedes?

–Neuquén siempre estuvo muy flojo en infraestructura. Era muy difícil armar circuitos para tocar y siempre había lugares de turno, pubs efímeros. Por parte del Estado, nunca hubo, aún hoy, una buena política de generar espacios. Hace falta gente idónea. Todo era autogestión. Y no es por los músicos porque siempre hubo muy buen nivel: hay bandas que sonaban y suenan muy bien, pero nadie puede pasar a otro plano, trascender. Aguantar y aguantar es duro. Y es injusto.

–¿Cómo percibían la relación con el publico?

–Había de todo y tenía que ver con la ideología de la banda. Desde los inicios, la banda tomó una postura sociopolítica desde las letras, que hoy podríamos decir “contestataria”. Se manejaba mucho la ironía y siempre teníamos un mensaje. Nunca tuvimos estribillos boludos.

Recuerda el músico que “era una época de transición”, en la que acompañaron los paros de los docentes, hablaron de las puebladas de Cutral Co, de los inspectores municipales “que caían a clausurar bares… todo con ironía”. Destaca que el público “ofrecía respeto porque entendía la posición” y considera que era una banda que le prestó especial atención a las letras: “Era un poco más compleja, porque, a diferencia de contemporáneos de la época, que eran más llevaderos y representaban a un colectivo más definido, tuvimos muy buena aceptación pero no llegamos a ser lo masivo que necesitaba una banda en ese momento”.

–Hablaste del primer disco… ¿Y después?

–Tardamos tres años en sacarlo y creo que fue el primer formato CD de una banda regional. Fue todo muy artesanal. Se vendió mucho. Tardamos tres años más en sacar el segundo, “Mandinga”. Habían empezado a llegar bandas under de Buenos Aires con las que estábamos identificados y eso lo bancó un lugar que se llamó Mandinga –lo llevaba un amigo de otra banda, Nietos de Báez–. Como homenaje a ese lugar, que no sobrevivió por la falta de comprensión estatal, le pusimos “Mandinga” al disco. Hicimos un cambio de bajista y entró Seba Gómez.

–¿En qué momento se disuelve la banda?

–Sobre el final del segundo disco, por esta falta de proyección y la necesidad de cada uno de salvar su vida de alguna manera. Desde lo artístico se fue diluyendo, no desde lo personal. Cuando hay un techo bajan las ganas. Cada uno se fue metiendo en otros proyectos y todos sentimos ese techo. Llegando al 2000, no hubo despedida, sólo se diluyó. No admite revival.

¿Te quedó algún sinsabor?

–No, no. Al contrario, pero sí me marcó. Sigo escuchando lo mismo de siempre, pero se unieron un montón de cabos sueltos e hice un giro importante en lo musical. Estoy en un momento más tranquilo y placentero que en esa época. Estaba muy pendiente y todo requería mucho esfuerzo. Me desprendí de un montón de presiones y disfruto más la música desde otro lugar.

El músico cuenta que se dedicó a estudiar, a componer, a fusionar géneros con su actual trío y a sostener su academia de música: La Vitrola. Ya no es igual, es otro momento, aunque sigue multiplicando la música que le interesa.

paula gingins

pgingins@rionegro.com.ar


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