La reforma ¿educativa?



La reforma educativa del secundario rionegrino ha nacido con el fórceps de un decreto. Un alumbramiento traumático para una norma, de la que se debiera esperar una vida perdurable.

Un parto a contrapelo del júbilo que supone un cambio estructural en la educación. El que debiera ser recibido con vítores y aplausos.

Lejos de lograr un consenso con los sectores involucrados o de debatir la cuestión en el recinto legislativo hasta la sanción de una ley, el decreto aparece como un atajo que degrada las instituciones.

La imposición que subyace tras la firma del Ejecutivo, consuma la frustración de una enorme lección democrática.

Lejos de tan loable aspiración, se desnudan dos grandes debilidades. La primera dada por la ineficacia del diálogo de los actores primarios y la segunda por la búsqueda de una alternativa cuestionable que evita al poder instituido por la Constitución para sancionar las leyes.

Tal como sostiene Santiago Kovadloff, los argentinos a lo largo de la historia no hemos vivido mayormente en un régimen republicano de gobierno. Según dicho pensador, la República parte de la idea del voto y de la sospecha entre los poderes.

Aún recuerdo vivamente las clases universitarias en la que en los albores de la democracia, se machacaba la importancia de la división de poderes y del sistema de frenos y contrapesos. El uso de facultades extraordinarias o la suma del poder público eran atribuciones excepcionalísimas, de las que se hablaba con particular recelo.

Para fintear tales conceptos basales, aparece el eufemismo de la necesidad y urgencia o de la improrrogabilidad, que con extrema facilidad surgen de boca de los gobernantes de turno.

No hay necesidad y urgencia, ni receso, que justifiquen decisiones estructurales de largo plazo. Y una reforma educativa, lo es.

Que se ponga el foco en cuestiones coyunturales, en la puja gobierno-sindicato y no en el alumno que será el principal beneficiado o damnificado con la disposición, es otro síntoma inocultable de miopía.

Así se alimenta la idea de que por un DNL (Decreto de Naturaleza Legislativa) con la sola ratificación de legisladores en sesión ordinaria, alcanza para darle consistencia legal a la norma.

Si ello fuera así ni el legislador, ni las discusiones legislativas tendrían razón de ser. Las legislaturas pasarían a ser escribanías, que con pocos empleados podrían cumplir su rol y así los ciudadanos ahorrarnos el dinero de tantos sueldos innecesarios. Pero no es eso lo que hemos votado.

De tal suerte, el apuro negocial o la ansiedad política llevan a distintos gobernantes a cometer imprudencias.

Tal lo sucedido con el Gobierno Nacional cuando quiso imponer a dos jueces de la Corte Suprema por decreto, disponer los tarifazos sin audiencia pública previa, el cambio de algunos feriados o pocos días atrás cuando dispuso la reforma de la LRT , en momentos en que el proyecto de ley se encontraba ya sancionado por el Senado.

De las tres primeras medidas el Presidente debió dar marcha atrás, y de la última se espera que lejos de evitar la litigiosidad, la avive. Por tal razón luego del decreto y ante una marcada resistencia de gremios, Colegios de Abogados y jueces, se ha llamado a sesiones extraordinarios para tratar el tema.

A nivel mundial, el decreto de Donald Trump impidiendo el ingreso de ciertos extranjeros a EE. UU. sólo por haber nacido en un determinado lugar, ya cuenta con una serie de rechazos judiciales que, dignamente, desafían tanto desatino.

Frente a ello y por un principio elemental de legalidad tanto la sociedad, como los otros poderes del Estado debieran reaccionar contra tanta distensión en la utilización de los decretos.

Legalidad a la que se debe aunar la legitimación necesaria, para que una norma de estas características nazca con cimientos fuertes, por las vías institucionales creadas al efecto.

Seguramente desde los programas oficiales del nuevo secundario se hablará de Montesquieu, Alberdi y tantos otros que defendieron con la piel, la división de poderes.

Desde los discursos y con una mueca impostada, se recordará a aquellos que creyeron seriamente en un sistema republicano. Sin atajos, ni decretos.

(*) Abogado, Profesor nacional de Educación Física y Docente universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

Que se ponga el foco en cuestiones coyunturales, en la puja gobierno-sindicato y no en el alumno que será el principal beneficiado o damnificado, es síntoma inocultable de miopía.

Desde los discursos y con una mueca impostada, se recordará a aquellos que creyeron seriamente en un sistema republicano. Sin atajos, ni decretos.

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Que se ponga el foco en cuestiones coyunturales, en la puja gobierno-sindicato y no en el alumno que será el principal beneficiado o damnificado, es síntoma inocultable de miopía.
Desde los discursos y con una mueca impostada, se recordará a aquellos que creyeron seriamente en un sistema republicano. Sin atajos, ni decretos.

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