La reforma política y el señor Blumberg

Por Fabián Gustavo Gatti (*)

Redacción

Por Redacción

Entre los temas de agenda permanente de la sociedad argentina, además de la inseguridad, la reactivación económica o la falta de trabajo, aparece la necesidad de producir una profunda «reforma política».

El entrecomillado obedece a la razón de que no para todos significa lo mismo, pero sí todos parecen estar obligados a hablar de lo mismo, con lo que en realidad la cuestión deja de ser un asunto pendiente de tratamiento urgente para convertirse en tema sobre el que es de estilo opinar.

Los argentinos, en los últimos 50 años, hemos visto desmoronarse frente a nosotros no sólo instituciones, economías, planes, sueños y esperanzas, sino también aquello que nos es primordial para comunicarnos y entendernos: la palabra. Como dice la investigadora catalana Eulalia Lledó: «La lengua, además de expresar la realidad, la estructura, condiciona y limita el pensamiento, la imaginación y el desarrollo social y cultural».

En el caso concreto de la reforma política, casi todos decimos las mismas cosas pero no todos lo hacemos por iguales motivos y, más aún, no todos quieren que lo que están proponiendo efectivamente se lleve adelante.

Este es el primer obstáculo serio que deberá superar la reforma que se está planteando, sobre todo cuando la decisión definitiva de cambiar o no depende de las mayorías del poder constituido, y no vemos convicción en ese ámbito.

Ahora bien, una forma de superar obstáculos es pasar por arriba de ellos integrando otras perspectivas al análisis. En este caso propongo salir del marco de la dinámica impresa por los sectores políticos dominantes y orientar el camino por lo que produce en este campo la propia ciudadanía.

El gran movimiento social generado alrededor de la persona del señor Blumberg está obligando a muchos dirigentes políticos a prestar atención a las preocupaciones de la comunidad, sobre todo en materia de inseguridad. Sin embargo, corre serios riesgos de diluirse en el tiempo si las decisiones no se toman con celeridad y enfrenta el peligro de que la gente, ante la desilusión del primer fracaso, se vuelva a casa.

En este caso la propuesta es clara: combatir la inseguridad, el reclamo está correctamente direccionado: a las autoridades políticas, y la metodología revela un cuerpo social profundamente democrático que pacíficamente reclama por aquello que paga con sus impuestos.

En el tema que nos ocupa, la reforma política, no podemos olvidar que a fines del 2001, ante el fracaso estrepitoso de una dirigencia que terminó llevando al país a una de las crisis más severas de su historia, la gente también se movilizó masivamente exigiendo cambios, desde el poder se alzaron voces que hasta sonaron convincentes proponiendo el diálogo y las reformas políticas, pero el tiempo, resorte que estos viejos dirigentes siempre han usado en su favor, terminó inclinando la balanza del lado del statu quo y nada, absolutamente nada cambió. Y lo que es peor, la gente con todo el mal humor y la indignación regresó a su casa.

En todo este tiempo en el que desde la responsabilidad institucional que tenemos hemos participado en foros, alcanzado propuestas y concurrido a cantidad de debates sobre la reforma política, hemos profundizado sobre los instrumentos que la posibilitan y las razones que la hacen necesaria.

Sin embargo en esta oportunidad es nuestro interés hacer hincapié en quiénes indispensablemente, al igual que el señor Blumberg, deben sin descanso reclamar y participar en procura de un cambio que nos garantice el fin de las listas sábana, la transparencia de los actos de gobierno, el control de gestión a cargo de personas independientes del poder a controlar, una Justicia en lo criminal ágil y comprometida en la lucha contra el delito común y la corrupción.

La participación del «ciudadano» -palabra recuperada en su más auténtico sentido por Blumberg- en las mesas de debate de estos temas, en las comisiones legislativas y en el momento de las decisiones, es imprescindible para evitar que la cuestión se diluya nuevamente en el tiempo y especialmente para impedir que el anonimato y la intimidad de los pactos a puertas cerradas extiendan por muchos años más el imperio de una dirigencia poco afecta al cambio.

Pertenecemos a una generación a la que nuestros padres aconsejaron el desapego a la política, cuando no directamente el desprecio. Lamentablemente esta conducta la reiteramos con nuestros propios hijos. Las razones de estas actitudes no son motivo de esta reflexión y seguramente ameritan otras líneas. Sin embargo vemos en el quiebre generacional desde los setenta a la fecha, que impidió la incorporación fluida de nuevas ideas y vientos de renovación política, una cuota importante del fundamento de tanto fracaso.

La democracia en una Nación sólo puede renovarse por sí misma, es más, necesita de ello.

Por otra parte la política es la herramienta más noble con la que contamos para mejorarla y el compromiso participativo en la cosa pública es lo que nos garantiza trascendencia, nos aleja del mero interés individual para confundirnos en el reclamo o en el dolor colectivo. La realización personal no es posible en una sociedad desintegrada como la que hoy sufrimos.

Nos parece primordial la presencia de la gente para conseguir una reforma política exitosa, aunque como cuestión estratégica de nuestra democracia creemos imprescindible la incorporación de las nuevas generaciones a la gestión del bien común.

Esa solidaridad de millones de «ciudadanos» con el dolor del señor Blumberg, desinteresada, honesta, auténtica -que no deja de expresar la angustia de tantos que están pasando por lo mismo- es el mejor activo que los argentinos tenemos para ser y estar mejor.

La política es una herramienta social demasiado importante para dejarla únicamente en manos de los políticos. Por lo tanto la reforma política debe ser asumida como una responsabilidad común.

(*) Legislador de Encuentro de

los Rionegrinos


Entre los temas de agenda permanente de la sociedad argentina, además de la inseguridad, la reactivación económica o la falta de trabajo, aparece la necesidad de producir una profunda "reforma política".

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