La resistida evaluación académica

Redacción

Por Redacción

Editorial

La advertencia del Departamento de Servicio Social de la UNC sobre un posible cierre de la carrera que se dicta en Roca y Neuquén frente a la ausencia de concursos, brinda una buena oportunidad para indagar acerca de la magnitud del compromiso existente por una cultura de la evaluación.

Los directivos suministran un dato extremo que habla de una realidad grotesca: hay un solo profesor titular regular y cinco profesores adjuntos dentro de un plantel de 42 docentes para 600 alumnos.

Servicio Social integra el universo de carreras con matrículas decrecientes.

Al mismo tiempo, se advierte un proceso de envejecimiento de la planta docente histórica, de modo que las cátedras de profesores titulares que llegan a su etapa jubilatoria quedan en manos de quienes hace añares han rendido para cargos iniciales, pero nunca más revalidaron sus méritos.

Hubo también situaciones que difícilmente alguna vez admitan sincerarse, como ausencias temporarias de docentes que obligaron a una o más sustituciones en cátedras que, por añadidura, eran frecuentadas por contados alumnos. Rara vez esos relevos interinos dejaban luego la universidad una vez regresado el docente original.

Necesidades laborales, presiones políticas, pero sobre todo, el freno a los concursos docentes alientan por lo general el engrosamiento de una planta ajena a los requerimientos de actualización académica y –en el plano presupuestario– a los siempre escasos recursos existentes.

La universidad requiere de una franca introspección. Evaluar cuánto de comodidad y populismo hubo en la configuración de planteles docentes que no superan el amateurismo.

Debe recordarse –como germen de este anómalo cuadro– que la UNC implementó hace más de una década una reforma que suprimió los concursos periódicos de oposición y antecedentes, en un contexto en el que imperaba el temor a quedarse sin empleo, y su sustitución por un sistema de “carrera docente” que dotara de cierta estabilidad a los planteles.

Previamente, tales concursos públicos cada cuatro años estimulaban la actualización ineludible para una actividad académica que se precie.

La eliminación de los concursos no puede producir otra cosa que achatamiento de la calidad ante la ausencia de movilidad académica.

En el ámbito de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, dos ordenanzas dictadas en 2011 y 2012 intentaron mitigar esta sinrazón pero, así y todo, los concursos brillaron por su ausencia.

Sin embargo, habría que preguntarse por qué razón se debe esperar que todo sea resuelto en las cumbres de los órganos de decisión de la universidad. Los estatutos de los propios departamentos académicos dotan de buenas herramientas para impulsar estos y otros cambios.

Una determinación orgánica en ese sentido requiere del decidido acompañamiento de las autoridades de la facultad y de la universidad toda. Pero –insistimos– esto sólo será posible en un ámbito donde las pasiones ideológicas cedan ante la voluntad de robustecer una cultura de la evaluación.

La pregunta que habría que hacerse es si hay verdadera vocación para cruzar los umbrales actuales con miras a la calidad y excelencia que toda actividad académica debe procurar, además de la pertinencia. De lo contrario, la victimización aparecerá como la opción más cómoda, pero inevitablemente conduce a la autoprecarización.

El afán de bregar para que las instituciones revaliden los conocimientos de quienes están frente al aula (y no sólo de los estudiantes) debería tener, en realidad, aspiraciones más elevadas.

Tan importante como los concursos es el apego –sin renuencias– al sistema de acreditación que establece la Coneau, a fin de evaluar si los contenidos de una carrera son rigurosos y si hay eficacia en la pedagogía. La obligatoriedad de este sistema de certificación de la calidad, obligatorio para carreras de grado y de posgrado siempre ha tenido una tenaz resistencia en la UNC desde el 2004.

Sin concursos ni acreditaciones, ingredientes esenciales de la cultura de la evaluación para una mejora continua de la calidad académica, la universidad deberá resignarse a la degradación.


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