La salida del laberinto del default
Hasta hace poco más de tres meses parecía casi imposible un rápido acuerdo con los holdouts, y mucho más que buena parte de los legisladores del Frente para Victoria votaran a favor de la ley que permitirá poner fin al default parcial de la deuda para reabrir el acceso al crédito externo. Por virtud y/o necesidad, tanto el gobierno de Mauricio Macri como la oposición lograron escapar por arriba del intrincado laberinto que el kirchnerismo había diseñado en este terreno, a costa de dejar en marcha un taxi que en menos de dos años costó 3.000 millones de dólares extra por intereses punitorios. La escapatoria fue doble: Macri demostró que puede negociar políticamente con la oposición y sancionar leyes clave sin mayoría propia en el Congreso y los gobernadores del PJ, que podían dejar atrás la consigna “patria o buitres”, ante la evidencia de que la resistencia testimonial planteada por el cristinismo era claramente funcional a esos fondos que hacen de la especulación su principal negocio. El verticalismo se transformó en horizontalidad y el dogmatismo en pragmatismo. La labor del senador rionegrino Miguel Pichetto fue decisiva para aglutinar los votos de la bancada del FpV y para que la ley fuera finalmente sancionada por la Cámara Alta por 54 votos a favor y 16 en contra. “He recuperado la capacidad de pensar y de decir lo que realmente pienso. Ya no estoy atado por las obligaciones de ser gobierno y oficialismo”, fue la frase que expresó en el Congreso y repitió en varios reportajes tras la maratónica sesión del miércoles último, antes de ser tildado de “ingrato” por el diputado Máximo Kirchner. No sólo eso: también sostuvo que Néstor Kirchner hubiera aprobado la nueva ley para cerrar el capítulo de 14 años de default. El consenso entre oficialismo y la oposición surgió de dos realidades. Una, que tanto Nación como muchas provincias están necesitadas de fondos frescos y la posibilidad de conseguir financiamiento externo a tasas más bajas permitirá atenuar ajustes fiscales pendientes, o bien encarar obras de infraestructura que mejoren el empleo y la competitividad de la producción. Otra, que no salir del default sería muchísimo más caro que hacerlo de la manera propuesta por el gobierno, con una quita cercana a 30% de intereses y el pago en efectivo de 12.500 millones de dólares, previa colocación de deuda externa para cubrir esa cifra. La única incógnita que subsiste tras la promulgación de esta ley Ómnibus (que deroga las leyes Cerrojo y de Pago Soberano) es si se llegará a tiempo para cumplir con el pago antes del 14 de abril. Esta fecha tope fue acordada en el juzgado de Thomas Griesa en Nueva York entre el gobierno y los fondos más duros que aceptaron la oferta argentina. Pero ante varios recursos de amparo de otros acreedores, la Cámara de Apelaciones de NY fijó el 13 de abril –un día antes– para pronunciarse sobre el levantamiento de las medidas cautelares dispuestas por el juez, que desde junio del 2014 impiden cobrar a los bonistas que aceptaron los canjes de deuda del 2005 y 2010. De todos modos, está previsto que ese plazo podrá prorrogarse de común acuerdo. Por lo pronto, la nueva ley le permite al gobierno argentino cumplir con la parte prometida en la oferta. Aunque el fallo de Griesa era claramente injusto para la Argentina y los bonistas, quedó firme en todas las instancias judiciales de la jurisdicción que había elegido el propio kirchnerismo. No había a quién recurrir. La declaración de la ONU para promover un régimen que bloquee el accionar de los “buitres” tiene un carácter declarativo más que efectivo; no contó con el apoyo de los países centrales, ni tampoco podría aplicarse de forma retroactiva. Por lo demás, casi todos los países que reestructuraron deudas soberanas en los últimos años incluyeron cláusulas para evitar este tipo de reclamos minoritarios. El economista heterodoxo Carlos Leyba (quien formó parte, por la Democracia Cristiana, del equipo económico de Juan Domingo Perón en 1973/74) sostuvo en un reciente artículo periodístico que, de haber ganado las elecciones, Daniel Scioli hubiera hecho lo mismo que Macri, ya que sus asesores económicos habían elaborado una propuesta similar. Vale la pena repasar además otros argumentos de Leyba, porque se apartan de muchos enfoques convencionales: • “Votar negativamente la propuesta hubiera sido votar por seguir en default por lo menos en los próximos cuatro años. No salir del default tiene costos”. •“El primero es la continuidad de la cautelar que impide pagar a los bonistas, lo que hace muy probable la aceleración de la deuda canjeada. Un desastre”. •“El segundo costo es que el taxi de la deuda con sentencia es carísimo; aquella que espera tener sentencia puede serlo y todo acrecentará el stock de deuda haciendo que la financiación para la Argentina se encarezca aún más”. •“El tercero es que, dado el déficit fiscal, comercial externo y de expansión monetaria obligada –que esta gestión trata de compensar con la tasa de interés–, la economía, de seguir en default, acrecentará sus desequilibrios. Salir del default tampoco resuelve los desequilibrios, pero no los acrecienta, lo que no es lo mismo”. •“El arreglo es caro, incompleto, pero puede sacarnos del default. La situación posterior será mejor que la actual y mucho mejor de la que podríamos atravesar si no intentamos salir del default”. Aun así, el economista advierte que desde 1976 la Argentina estructuró una “economía para la deuda”, en la cual el ingreso de capitales externos financió la sustitución de producción nacional por importada; la deuda fue refinanciada con más deuda y alimentó la fuga de capitales hasta el 2002, sin materializarse en inversiones. Y añade que luego del default y la devaluación, “en la era K los ingresos de la soja sumaron otros 100.000 millones de dólares al capital fugado, mientras continuó la ausencia de inversiones, la economía se primarizó, el PBI industrial por habitante del 2014 es igual al de 1974 y la pobreza está estancada en el 30% de la población. Y para salir del default y de los desequilibrios fiscales y monetarios nos dicen que nos volveremos a endeudar”. “Esa economía aún no fue reestructurada”, afirma, por lo cual recomienda diseñar una estrategia propia de desarrollo nacional. La advertencia de Leyba es válida ahora que la sanción de la ley que resuelve el conflicto con los holdouts permitirá reinsertar a la Argentina en el mundo de los flujos financieros, comerciales y de inversión externa. Una vez que quede atrás el capítulo del default, el sector externo de la economía tendrá más horizonte a mediano plazo. Pero sólo entonces comenzará otro partido. Por un lado, el financiamiento del enorme déficit fiscal con más deuda externa y menos emisión monetaria no excluye la necesidad de reducirlo a través del tiempo. De lo contrario, el mayor endeudamiento podrá convertirse en una bola de nieve como ocurrió en el pasado. Por otro, la deuda es un instrumento y no un fin en sí mismo, depende para qué se la utilice. Y el mejor destino sería en reformas estructurales y obras de infraestructura que les mejoren la vida a las actuales y futuras generaciones. También aquí el Congreso deberá tener de ahora en adelante un rol protagónico.
Néstor Scibona nestorscibona@gmail.com Especial para “Río Negro”
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