LA SEMANA EN SAN MARTIN: El señor del fusil



Permítame el lector una historia, surgida de algún fogón insomne. De aquí o de allá. Pero a buen seguro que de no muy lejos. Dicen que es puro cuento, pero suelen decir lo mismo de la verdad.

Había una vez un señor que dominaba sus tierras con chaqueta y bandolera.

Oteaba el horizonte, fusil en mano, en medio de sus patagónicos y cordilleranos feudos. Era famoso pero innombrado, la más de las veces por temor.

Este señor solía correr a pescadores, a cazadores y a cualquiera que, desorientado o no, se metiera en sus vastos campos orillando un río.

Incluso, dicen, solía hostigar a quienes desde una ruta se detenían cerca de las alambradas, sólo a aliviar aguas. En verdad, no era muy distinto de algunos otros terratenientes patagónicos o de sus administradores, que alambran hasta las fotos que sacan de lejos los turistas. No en vano hay por estos lares una organización que reivindica el libre acceso a los ríos.

Pero este señor, además, sabía hacer migas con el poder. Dicen los lenguaraces que a su campo iban jueces de cortes, políticos de talla y magnates con chofer. Dicen que pescaban y cazaban a panza llena, y le dejaban en guarda hasta las armas, de tanta confianza que le tenían.

Pero un día, el señor cayó en desgracia. Bueno, casi. Porque para estos señores, la vida es ante todo un adverbio de cantidad. Dicen que dos pescadores (¿o eran cazadores?) se perdieron en sus tierras y no tuvieron mejor idea que dejarse encontrar. Se imagina el lector el mal rato. Al final, lograron salir del campo, llevando a cuestas el recuerdo de un cañón apuntándoles al rostro. Pero en vez de poner los pies en polvorosa, fueron a los tribunales y presentaron una denuncia por maltrato y coacción.

No era la primera vez, debe decirse, que el señor de nuestra imaginaria historia era denunciado. Pero hasta allí, siempre había salido indemne e investido de una cierta aureola heroica por defender su propiedad, que es como defender la patria, según creen algunos.

Sólo que esta vez un juez decidió que era buena idea buscar el arma, descripta por los denunciantes con asombrosa precisión. Si el arma que supuestamente les encañonó estaba entre las pertenencias del señor, entonces habría un indicio para presumir algo de verdad en el relato.

Y el juez llamó a la policía para que allanara la casa del señor, algo infrecuente en estas tierras de soledades viriles y ríos rumorosos.

Los policías se encontraron con un arsenal; con armas sin papeles y hasta sin número. Ante tal cuadro, el magistrado dio también intervención a la justicia federal y siguió con sus asuntos, con otras causas abiertas y con ésta entre tantas. Pasaron el tiempo y los testigos.

Resultó que el señor -por intermedio de sus letrados- acusó a los servidores públicos de haber hecho mal aquel procedimiento y, lo que es peor, de haberle “plantado” las dudosas armas.

El cuento dice que, al final, los investigadores podrían terminar siendo investigados. Y estaría muy bien todo el rigor contra ellos, si en verdad hicieron tropelías. Pero el cuento también dice como el refrán: “a cada chancho le llega su San Martín”.

Hay cuentos que, por más que se empeñen, no encuentran un final feliz.

 

Fernando Bravo

rionegro@smandes.com.ar


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