LA SEMANA EN VIEDMA: Conductas



La ciudad estuvo de estreno. A los desaguisados de fines de la década del ´90 con el estacionamiento medido y pago que significaba un costoso acarreo en grúa para los automovilistas, se comenzó a remedar en el sistema aunque en forma atenuada respecto de las consecuencias para los infractores.

Las autoridades evaluaron como positivo el resultado de la primera semana de aplicación del servicio en la zona céntrica que fue concesionado a una entidad sin fines de lucro, en este caso, la Mutual Vivir.

El análisis gubernamental es que se logró descongestionar esa zona y que los automovilistas pueden elegir sin problemas un espacio para dejar sus rodados en afán de desarrollar trámites o compras.

Se estima que hubo reacciones positivas con la cantidad de abonos mensuales y que se logró una cobertura del 70 por ciento de los 5.000 lugares disponibles que se le asignó al concesionario.

Los primeros cinco días fueron utilizados para concientizar a la gente de las nuevas disposiciones.

Sólo se verificaron algunos inconvenientes como la falta de personal que expende los tickets. Apenas unas pocas quejas como para tenerlas en cuenta por ahora.

En este caso, el silencio no es salud cuando a veces se usa para comunicar una actitud de rechazo. Las respuestas de los automovilistas fueron además en ese sentido. Un botón de muestra es que las calles circundantes a la zona de inclusión se llenaron de vehículos cuyos propietarios rehusaron pagar seis pesos diarios.

Nadie formalizó su enojo por escrito. Sin embargo, algunos frentistas ya no se resignan a vivir estrechamente en las bajadas de sus garajes o tener que haber resignado de un estacionamiento cómodo justo a su puerta.

Con el transcurrir de los días, las autoridades formalizaron un paso más: la imposición de multas, que van entre los 150 y 300 pesos.

Algunos propietarios de vehículos -con la típica imagen de la viveza criolla- creyeron que cierto relajo en el cobro de multa seguiría eternamente. Los inspectores ya están sobrecargados de trabajo. Las lapiceras y las actas de infracción comenzaron a agotarse en poco tiempo. “Les cuesta echar la mano al bolsillo”, confió un inspector que se pasó un día entero estudiando todos los artilugios habidos y por haber de los propietarios, en pugna subrepticia para que sus rodados se estacionen cerca del sector de trabajo sin que nadie se dé cuenta.

El municipio sólo accedió a los mecanismos flexibles por pocos días. Quizá debiera haber otorgado más tiempo por una estricta razón de realidad burocrática.

Por caso, un total de 936 infracciones se realizaron en el tercer trimestre del año, de acuerdo al informe del Juzgado Municipal de Faltas de esta ciudad.

Nuevamente estacionar mal fue la principal infracción cometida por los viedmenses. 259 actas fueron realizadas por hacerlo en lugar prohibido, un centenar por hacerlo en doble fila y otros 22, estacionaron sobre rampas para discapacitados. El segundo rubro que requirió mayor cantidad de actuaciones fue el secuestro de vehículos. En el trimestre, 92 automóviles y motos fueron retenidos por causas graves, lo cual implica un porcentaje similar al período anterior.

Además, se hicieron 73 infracciones por falta de seguro, 67 por falta de carnet de conductor, 51 por falta de casco y 59 por carecer de la documentación del vehículo. Como se ve, el trabajo cereció en ese Poder. Crece constantemente desde que se profundizaron las sanciones y con el mismo personal. Ya se habla de abarrotamiento paulatino.

No se trata de provocar una desaceleración en el interés de una política de Estado, pero habrá que ir midiendo el apetito para que el margen de las conductas lleguen a un punto intermedio y así los mecanismos sancionatorios tengan la suficiente dosificación.

 

Enrique Camino

rnredaccionviedma@yahoo.com.ar


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