¿La solución al hambre está bajo nuestros pies?

El investigador Rapoport ya identificó 160 malezas comestibles.



Aproximadamente de cada cinco pasos que uno da en zonas rurales, en tres se están pisando plantas comestibles. Se trata de malezas que invaden bosques, jardines y terrenos baldíos y que, de ser aprovechadas, podrían aliviar en parte el problema del hambre en el planeta.

Así lo señala el doctor Eduardo Rapoport, director de un proyecto de investigación sobre el valor nutricional de las malezas que se realiza en la Patagonia, en el marco del laboratorio Ecotono, dependiente de la Universidad Nacional del Comahue.

Treinta y ocho países, ante todo del continente africano, están afectados por el hambre. Un total de 840 millones de personas sufren desnutrición, 36 millones mueren de hambre, mientras que cada segundo, un niño menor de diez años pierde la vida como consecuencia de la falta de alimentación, indican cifras de las Naciones Unidas.

“La comida está, nosotros lo sabemos”, dijo Rapoport, dando cuenta de más de 14 años de investigación, a lo largo de los cuales ha logrado identificar 160 malezas comestibles.

“Hay cinco grados de agresividad de las malezas, siendo la número cinco la más agresiva. De las malezas número uno, el 30 por ciento es comestible. En las malezas número dos, el porcentaje sube al 40 por ciento y va ascendiendo hasta llegar al 90 por ciento en el caso del grado cinco”, explicó.

Para Rapoport, el hecho de que cuanta mayor agresividad, mayor probabilidad exista de que sean comestibles, está relacionado con que se trata de “malezas que acompañaron al hombr desde el paleolítico, cuando era nómada”.

“Los nómadas llegan a un sitio, instalan sus toldos, se instalan en cavernas o hacen sus chozas. Los hombres se dedican a la caza y las mujeres y los niños a recolectar. Al traer al campamento las plantas, les sacan las semillas, las hojas y caen semillas al suelo”, explica.

Y agrega: “Esas semillas por selección artificial se van adaptando al pisoteo del ser humano. Cuando esa gente sale y va a otros sitios, y después de un ciclo que puede durar años, retorna, se encuentra con que ahí crecieron las malezas que habían comido. Nuestra hipótesis es que muchas de estas malezas agresivas han seguido al ser humano”.

Cuando se trata de malezas, las plantas que se cortan, vuelven a crecer por sí solas y se pueden recoger hasta tres cosechas por año. “Teniendo en cuenta este nivel de aprovechamiento del suelo, en lugar de combatirlas (lo cual significa verdaderamente un problema) hay que comérselas”, planteó.

La propuesta choca con los hábitos de alimentación. “La mayoría de la gente no las consume porque tiene miedo de intoxicarse”, explica el científico.

En la misma línea se manifestó el relator especial de las Naciones Unidas para la Alimentación, Jean Ziegler, en e informe anual “Derecho Humano – Alimentación” que presentó a fines de marzo en Ginebra. “Es tiempo de que se comprenda que el hambre no es un destino”, sino (en parte) el resultado del comportamiento humano”, afirmó.

Por ello, la clave del proyecto de Ecotono radica ahora en el área de la enseñanza. En Chubut se realizó recientemente un plan piloto, para instruir al personal docente sobre las malezas comestibles contenidas en cuatro manuales que fueron publicados por Ecotono.

“Las maestras sencillamente no podían creer que alrededor de sus escuelas estaba lleno de alimento gratis, que no hay que cultivar, no hay que regar, no hay que fertilizar, no hay que sembrar, sino que simplemente crece sólo”, relató Rapoport.

En Bariloche, donde está ubicado Ecotono, y en otras ciudades de la Patagonia, algunos restaurantes comenzaron ya a ofrecer platos basados en malezas que abundan en la zona: canelones de queridilla (Quenopodiun album) o quinoa blanca (Chonopodium album), tallos pelados de cardo (Cardus acanthoides), sándwiches o ensaladas con trébol (Trifolium repens), brotes de caña colihue saltados en manteca. La lista va en aumento.

Tan sólo a modo de ejemplo, la quinoa blanca tiene cuatro veces más vitamina C que el tomate, el doble de vitamina A que la espinaca y tres veces más calcio que la leche. Otra de las malezas comestibles, el diente de león (Taraxacum officinale), es seis veces más rico en nutrientes que la lechuga.

Los datos son asombrosos. “En promedio hay 1.300 kilos de malezas comestibles por hectárea y en algunas zonas estimamos que podría haber hasta 7.000 kilos por hectárea”, señaló Rapoport, aclarando que se hizo un relevamiento paralelo en zonas templadas, que arrojó un resultado similar.

“Esto es absurdo. Si hay hambre, es raro que no se haga nada. A UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) le dijimos que está lleno de comida para los chicos y no les interesó”, denunció. (DPA)


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